Cuando se habla de egoísmo, se tiene que hablar, necesariamente de la presencia del otro, que no soy yo. Esta sociedad contemporánea conoce en la teoría la importancia de construir comunidad, aunque algunas prácticas promueven comportamientos que exaltan el individualismo. Aquellos extremos que intentan anular la persona individual o desconocer la importancia de la comunidad, olvidan que el ser humano, para construirse como persona, necesita de ambos: saberse especial, único, importante y entender que sin la presencia del otro, su vida no tiene sentido.
Peter Singer, filósofo australiano, asegura que el ser humano no es genéticamente egoísta -aunque algunas tendencias lo creen-, pues es capaz de comportamientos de solidaridad hacia su familia, amigos o comunidad. Asegura que es un comportamiento aprendido y del cual todos tendríamos las capacidades para practicarlo. Vuelve y juega el asunto de la educación y de la construcción cultural como una labor de todos.
Algunos refutarán diciendo que el egoísmo infantil permite comprobar que nacemos como seres egoístas. Pero el argumento se desbarata fácilmente diciendo que los niños -o cualquier adulto- son capaces de aprender y vivir el valor de la solidaridad. Si el egoísmo fuera información genética, eso sería completamente imposible.
Singer asegura que la evolución o cambio cultural puede extenderse por un grupo o una sociedad con gran rapidez y llegar a afectar la conducta en el lapso de una generación, mejorando sus oportunidades de supervivencia. Además, dice que ese cambio cultural puede ser consciente y dirigido. Eso nos da la esperanza de saber que a través de la educación desde la familia, la escuela y los contenidos mediáticos, tenemos la posibilidad de dirigir conscientemente los cambios que necesitamos para mejorar nuestra supervivencia.
El asunto, entonces, será ponernos de acuerdo sobre el rumbo que queremos darle a nuestro grupo social.
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