La mejor prueba de que el amor de una madre es eterno la da en su testimonio Lía Isabel Restrepo, una señora a la que hace 25 años se le desapareció su hijo Luis Orlando Colorado y aún hoy lo sigue esperando, como si apenas hubiera pasado un día.
La tristeza a esta mujer se le asoma a todo instante en su rostro, pues aunque tiene otros tres hijos que ya parecen resignados a la pérdida de Luis, ella piensa que algún día él va a tocar la puerta de su casa, en el barrio La Francia, y la va a abrazar.
En el momento cuando el muchacho salió de la casa tenía 24 años y el pasado 3 de octubre debió cumplir los 49.
Lía Isabel recuerda que su hijito -el segundo de su camada- prestó servicio militar, pero cuando salió se la pasó un año en la casa sin que le saliera un trabajo.
Cualquier día, aburrido, decidió irse, según ella, a buscar horizontes.
"Ni siquiera se despidió, mandó decir con un vecino que se iba pa' la Costa", relata Lía Isabel.
Pasaron dos años y ella no volvió a saber nada del muchacho, hasta que un día llegó un mensajero con una carta, "era de mi hijo, decía que no me preocupara, que él estaba bien", pero no precisó el lugar.
El que llevó la "boletica", como le dice ella, no dio señas de nada, dijo que él la había enviado desde Cúcuta. Lía Isabel le contestó, pero la contra respuesta nunca llegó a su residencia.
Por informaciones que ella obtuvo, se dio cuenta de que Luis había viajado con un vecino amigo, pero al tiempo éste regresó y días después fue asesinado.
"Nunca me quiso decir nada de mi hijo", afirma con melancolía esta adolorida madre.
Obtener datos de lo que le pudo haber pasado a su hijo es para ella ya casi imposible, pues como nunca puso denuncia por desaparición, no hay proceso abierto.
"Como él dijo que estaba bien yo me relajé, en la carta que le contesté le dije que volviera, que me iba a morir sin él".
Pero al no haber respuesta, Lía no sabe si la carta llegó o no a las manos de Luis.
Hoy, cuando la nostalgia la está invadiendo, esta noble mujer acude a este medio para tratar de que alguien le dé razón de lo que pudo pasar con él.
"No tengo más a quién acudir", sostiene.
Y precisa que en su casa tiene un altar en el que todos los días le ruega a Dios por su hijo, porque esté bien y porque regrese a casa, que es la misma en la que vivían cuando él se fue a "aventuriar" a la Costa, un viaje que resultó sin retorno y que sumió a Lía Isabel en la absoluta depresión.
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