Sería absurdo que la vida fuera tan injusta como para que todo lo bueno estuviera reservado para la juventud y lo malo para la vejez. En las culturas más evolucionadas los ancianos son las personas más veneradas y hasta hace poco también en la nuestra. Pero hoy, a menudo, la ancianidad es menospreciada y con frecuencia a los viejos se les considera un estorbo.
Sin embargo, a pesar de las pérdidas que acompañan la vejez, las ganancias son mayores. Los viejos son la reserva de afecto y bondad de la sociedad, además de que en ellos se reúne lo mejor de las etapas más trascendentes de la vida: la grandeza de la vejez y la pureza de la niñez. Los ancianos, como los niños, son más auténticos y más capaces de amar incondicionalmente, y a la vez tienen la sabiduría que les dejaron las experiencias vividas.
El futuro no es algo a lo que estamos condenados sino que es el producto de lo que vamos construyendo. Pobres de nosotros, las generaciones de la posguerra y subsiguientes, si no le devolvemos a la tercera edad el respeto que se merece y recuperamos para los ancianos la devoción que les debemos. Y pobres también si no cultivamos lo que hemos ganado gracias a los años vividos: la incondicionalidad, la benevolencia y la generosidad propias de quienes envejecen con dignidad.
Estamos dejando de disfrutar las maravillas de la ancianidad engañados por las banalidades de una cultura que considera la belleza física y en el poderío económico como lo verdaderamente importante. Sin embargo, las virtudes que deben florecer en la ancianidad son las que hacen posible que vivamos plenos y dichosos. Por eso, es urgente cambiar la actitud de las nuevas generaciones ante la vejez, enseñándole a los niños a reverenciar a sus abuelos, a admirar su benevolencia, a valorar su plenitud y a aprender de su sabiduría.
Tenemos que devolverle a la tercera edad la categoría de “edad de oro” a la que todos aspiremos llegar. Las personas no envejecemos cuando se nos marchita la piel, sino cuando se nos marchita el alma. Y en la vejez es cuando el alma florece y alcanza su plenitud, cuando la belleza interior de los mayores sirve para iluminar el camino de quienes les siguen en su trayectoria por el mundo.
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