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30 de julio de 2013
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Puede usted escoger: Riohacha, Itagüí, Envigado, Sincelejo o Popayán. Entre un día cualquiera a una de estas ciudades, tres de las cuales son capitales de departamento y dos están conurbanadas con la segunda metrópoli del país. Toque alarmas, haga poner en fila niños, viejos, madres, hombres, todos a los parques. ¡Dispare, tumbe a uno por uno…

Las cinco coinciden en algo: tiene cada una 220 mil habitantes, poco más, poco menos. De modo que la orden es no dejar respiro en aquellos cascarones de casas, edificios, calles íngrimas. Íntegros sus ciudadanos han de yacer desangrados, a quien intente esconderse o correr se le aplicará tortura. Los cadáveres, preñados de piedras, irán al río, a fosas u hornos crematorios.

Popayán será ciudad blanca, con blanco de cementerio. De Envigado quedará la duda sobre vigas que dieron origen al nombre. En Riohacha reinará la sal del mar. Y así, según la urbe designada.

Ahora bien, si usted opta por contabilidad alterna, señalaría a Quibdó, Malambo, Facatativá, Yopal o Piedecuesta, localidades con algo más de 110 mil pobladores. En este caso habría que duplicar la dosis de balas. Acabar con la gente de una de ellas, volver a llenar las casas con recién llegados, y repetir aniquilación idéntica.

Si elige villas menores, en las que habría que multiplicar por tres la operación, eche suertes entre Arauca, Aguachica, Sabanalarga, Jamundí, Rionegro o Mosquera. Igual: disparar, reemplazar habitantes, disparar, de nuevo reponer moradores, disparar. Nótese que en las tres alternativas hay capitales de departamento, que de ser seleccionadas serían borradas de gente una, dos o tres veces.

¿Qué diferencia hay entre extender este martirio de 220 mil almas a lo largo de 54 años, e imaginarlo instantáneo, sumario, como de golpe de guillotina colectivo? El efecto es la elocuencia. Los muertos de la guerra de Colombia, por ser tragedia gota a gota, anestesiaron a los sobrevivientes que somos todos. Son paisaje.

En cambio, cada persona que visite cualesquiera de las 16 ciudades anotadas, repartidas a lo largo de toda la llaga nacional, se estremecería al darle cara propia y multitudinaria al desastre. Todos recordarían las cifras de Armero, ese aplastamiento contundente, esos desesperados que huyen acelerando porque la avalancha les pica el talón.

Muchedumbres segadas, calcios carbonizados, descomunal perforación en el organismo nacional, esta es la historia hoy hecha oficial.

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