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27 de febrero de 2013
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Se conmemoran los dolorosos 25 años de la muerte trágica de mi amigo y jefe J. Emilio Valderrama.

Amigo como el que más. Se decía de él que era tan fiel que no sólo llevaba a sus amigos al cementerio sino que era capaz de enterrarse con ellos.

Lo conocí siendo yo todavía estudiante. Nos reuníamos un grupo de 12 jóvenes conservadores en el antiguo Club de Ejecutivos para hablar de política conservadora.

Era hora de entrar a hacer la política y que no nos la hicieran otros. Era hora de que llegara gente nueva al partido.

Había que entrar al directorio para el manejo de la política. Octavio Arismendi también hacía parte de ese grupo de gente nueva preocupada por el manejo del país y por las tesis conservadoras. Los otros integrantes de ese grupo, no me atrevo a enumerarlos por mi mala memoria, no quiero dejar a nadie por fuera.

Era un verdadero dirigente. Un jefe indiscutible. Tanto que pronto surgieron grandes enemigos para atajar a quien les podía hacer alguna sombra.

Miembro de una familia sencilla y humilde. Era de Toledo, en el norte antioqueño. Se vino para Medellín y aquí mostró su liderazgo.

Tanto que Fernando Gómez Martínez, mi padre, cuando se retiró de EL COLOMBIANO para desempeñar el cargo de Ministro de Relaciones Extranjeras, ofrecido por el presidente Valencia, entre las distintas recomendaciones que me hizo para este diario terminó con esta: "Y en política, es a quien trabaja. Aquí en Antioquia hay un joven muy trabajador, dedica las 24 horas del día a hacer política conservadora, se llama J. Emilio Valderrama. Ayúdele".

Él no sabía de mi amistad con Jota, pero esa frase me afianzó en lo que yo pensaba de mi jefe.

Le debo mucho de lo que soy a J. Emilio. Un caso por la malquerencia de los líderes políticos y otro por benevolencia del líder y por el amor al partido.

El primer caso: cuando estábamos haciendo la unión, después de la dura división de 1972 en Antioquia, al configurar la lista del partido para el Senado, nos dieron un cupo para uno solo de los nuestros.

El señalado era, sin ninguna duda, J. Emilio, pero los odios no lo permitían. Me dieron ese cupo a mí.

El caso de desprendimiento fue cuando se presentó la primera elección popular para los alcaldes. El ofrecimiento fue para Jota, quien era el jefe indiscutible del partido. Presidente del directorio Nacional Conservador.

No aceptó el ofrecimiento por tener el compromiso con su partido de sacar 450 alcaldes conservadores en Colombia. Me señaló, entonces, para que yo asumiera esa candidatura. Amabilidad conmigo y compromiso con el partido.

En plena campaña para las alcaldías, pereció en el absurdo accidente en Granada. Fue tan intensa esa campaña y tan grande su compromiso, que después de muerto sacó 450 alcaldes en el país. Entre ellos el alcalde de Bogotá, caso irrepetible, y el alcalde de Medellín.

Ese era el jefe sencillo pero grandioso. Ese era el líder tan perseguido pero tan noble. Ese era J. Emilio Valderrama.

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