Elegancia se viene de elegante, adjetivo que en latín suena " elegans-elegantis ", participio del verbo " elígere ", que significa escoger, seleccionar y también, por supuesto, el verbo que conjugamos en Colombia el domingo pasado y nos aprestamos a volver a conjugar el 20 de junio: elegir.
En la moda, ser elegante es saber escoger, elegir y dejar de lado lo que no se acomoda a los gustos de uno, a su apariencia física, a su cuerpo, al resplandor que desprende su presencia en el mundo. Implica, por lo tanto, preferencia por la ropa o el estilo con el que me siento bien y escogí libremente.
En democracia es lo mismo: elegir es escoger, definirse por un candidato específico desechando a los otros. De hecho, " ex legere ", de donde viene " e-lígere ", expresa esa acción de arrancar, de rechazar algo o a alguien para decidirse por lo que consideramos mejor, por el que -hablando de candidatos- pensamos que es la mejor opción.
Este largo exordio para concluir que así como en la moda la elegancia es el resultado de una elección, en democracia las elecciones deber ser una forma de elegancia. Por ende, para medir la madurez de una democracia puede ser oportuno analizar la elegancia de una contienda electoral y las inelegancias que salen a flote durante una campaña. Y la que el domingo pasado emplazó para una segunda vuelta a los candidatos Juan Manuel Santos y Antanas Mockus, mostró inelegancias que esperamos no se repitan en las tensas semanas que se avecinan.
Pruebas al canto. La llamada propaganda negra fue esgrimida sin mayores escrúpulos por el candidato Santos, abriendo así un boquete al decoro que debe reinar en las campañas. De hecho, habida cuenta de la avasallante presencia de la Internet y las redes sociales, rápidamente se cayó en una esgrima de ofensas y referencias de mal gusto a los diversos candidatos, de lado y lado y de todos los lados. Fue una inelegancia electoral.
De otra parte, la manera inelegante, por no decir escandalosa, como el Presidente intervino y sigue interviniendo en favor del candidato oficial, es un mal precedente y una mala herencia que le queda a Colombia del régimen reeleccionista que, como van las cosas, lejos de llegar al ocaso parece querer mantenerse por interpuesto candidato con el triunfo del liberal-conservatismo de Uribe que ha enterrado a los partidos tradicionales. Moviéndose con astucia entre el santanderismo y la "santa desvergüenza", de que habla un autor espiritual del siglo XX, de gran influjo en las esferas del poder, el jefe del Estado se desdijo de su vocación democrática.
No sólo es necesario luchar por la seguridad democrática, como lo hizo con éxito en sus dos mandatos el presidente Uribe, o comprometerse con la legalidad democrática que propone Mockus, o apoyar la prosperidad democrática de que habla Santos, sino que se debe practicar, sin subterfugios ni trampas, la honestidad democrática, como podría denominarse el respeto por las normas vigentes y el apego a las instituciones. Aquí también hubo inelegancia electoral.
Las encuestas, por su parte, bordearon todo el tiempo la falta de elegancia durante esta primera etapa electoral, al querer (o sin querer queriendo), convertir cada encuesta en una primera vuelta anticipada. Es un error considerar proféticas las encuestas y taumatúrgicos los debates, dándoles un valor decisorio que no tienen ni éstos ni aquellas. Sólo el sufragio es la última palabra.
Finalmente, hay que decirlo, fue inelegante, una verdadera torpeza, el espectáculo dado por el Partido Verde y el candidato Mockus al final de la jornada comicial del domingo. La democracia no es trampa ni picardía, pero tampoco payasada. Ni la democracia es solamente votar, sino talante, elegancia, respeto. Que es lo que esperamos ver de aquí al 20 de junio. Lo dicho: elegancia viene de elegir. Y viceversa: elegir es elegancia.
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