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HISTÓRICO
La alcaldesa que casi todo Medellín olvidó
  • La alcaldesa que casi todo Medellín olvidó | Donaldo Zuluaga | Después de ser alcaldesa fue concejal de Medellín. Luego, gerente de los Ferrocarriles Nacionales, cargo que nunca antes en el mundo desempeñó una mujer. Más adelante fue la primera notaria en la historia de Bogotá, durante 20 años.
    La alcaldesa que casi todo Medellín olvidó | Donaldo Zuluaga | Después de ser alcaldesa fue concejal de Medellín. Luego, gerente de los Ferrocarriles Nacionales, cargo que nunca antes en el mundo desempeñó una mujer. Más adelante fue la primera notaria en la historia de Bogotá, durante 20 años.
Carolina Calle Vallejo | Publicado el 30 de octubre de 2010

Medellín no era la Ciudad de la Eterna Primavera sino la del sofocante verano cuando una mujer cincuentona, de minifalda y escote, greñuda y mueca entró a la alcaldía, recitó su programa de gobierno y gritó con certeza: "¡Yo soy la alcaldesa!".

Antes de que la callaran y la sacaran a la fuerza, la verdadera alcaldesa salió de su despacho, sonrió y exhortó a los policías para que no le derrocaran la ilusión ni le dieran un golpe al estado de ánimo que proclamaba con tanta efusión. -Suéltenla que no nos está haciendo daño.

Era La Piragua, era la loca, era la famosa del parque Berrío que perseguía a los funcionarios para tocarles sus partes íntimas. Justo ese día cambió su repertorio de bromas y, en vez de agarrar las nalgas y echar piropos, alzó su voz con decoro y declamó un discurso jocoso inspirado en la primera mujer de la historia de Medellín que había llegado a la alcaldía: Sofía Medina de López Villa.

De bajo perfil
Según las sospechas de quienes hicieron parte de su gabinete, se presume que la ex alcaldesa nació a mediados de la década del 30, aunque no hay revista que lo cite, periódico que lo sostenga, página web que la mencione y el único libro que existe sobre su vida solo tiene nueve páginas y ni siquiera lo dice.

Entre septiembre de 1976 y julio de 1977, únicamente averiguaron que la alcaldesa era de Yolombó. Que era hija de la señora Resfa y del juez Elías. Que trabajó como jueza de Itagüí, concejala de Medellín, agente fiscal de Antioquia, representante a la Cámara y asesora jurídica del Ministerio de Obras Públicas. Y como dato curioso, revelaron que era casada, que tenía dos niños de 4 y 6 años y que su familia se quedó en Bogotá mientras ella administraba la segunda ciudad.

Nunca relataron que su delirio infantil eran los capataces sudorosos de las moliendas de panela que cantaban y blasfemaban en compañía del abuelo dicharachero en el nordeste antioqueño. Que su madre salía para misa y terminaba en el oratorio del Partido Conservador. Que gracias a las monjas aprendió a decir mentiras piadosas para quitárselas de encima cuando querían antojarla de convento.

Tampoco contaron que la primera cana de esa cabeza blanca salió a los trece años. Que el mayordomo la tildó de solterona a los 17. Que la familia la declaró chiflada por estudiar Derecho y que sus compañeros de la Universidad de Antioquia la consideraron como una buena tiradora de piedras cuando se armaban las trifulcas a finales de los años 50.

Jamás mencionaron que su debilidad era el Poderoso DIM. Que le coqueteaba hasta al agente que se subía en el atril a dirigir el tránsito. Que la aburrían el tiple y la guitarra y la desenamoraban las serenatas.

Ninguna vez informaron que desde el comienzo de su carrera política sufría de inesperados ataques de risa en público. Que en el Suroeste antioqueño la recordaban con gracia por la cara que hizo cuando, en vez de pasarle agua, en pleno discurso le pasaron un trago de whisky. Y que en el Norte, la apodaron "la señora enferma" porque siempre rechazaba el licor con la misma excusa: -Gracias, pero estoy tomando antibióticos-.

De primera mano
Uno de sus dos hijos, quien pidió reserva de su nombre, arrojó pistas sobre su edad. -Debe estar por los 75 años. Pero no me vas a echar al agua con mi mamá.

El que fuera su secretario de Gobierno asegura que era la mujer con el dedo más parado de la década del 70. -Como era tan pinchada y vanidosa tenía un vestido para cada ocasión- describe Guillermo Mejía Mejía, quien no olvida el calzado con que hizo el saque de honor en el clásico de la montaña durante su tercer día de gobierno.

Antes del cotejo, confesó públicamente que era hincha del rojo ante la prensa y la radio. Aunque la grama estaba encharcada, entró al terreno de juego. Después del saque los locutores narraron la hazaña de la alcaldesa para salir de la cancha. Sus tacones se sumergían en el pantano y, para no sacarla descalza ni cargada, su secretario se los desenterraba a cada paso.

Ese día perdió su equipo, al mes lo eliminó el verde al golearlo 6-0 y para rematar, justamente ese año, el Atlético Nacional resultó campeón del torneo.

¡Ole!
En enero del 77 cambió al Atanasio Girardot por La Macarena. Y aunque le advirtieron que una mujer nunca debía presidir una corrida porque le traía mala suerte al torero, Sofía desafió el agüero y fue la primera en la historia del país en hacerlo.

-Alcaldesa, hubo una llamada anónima- susurró con nervios el coronel de la Policía antes de iniciar la faena en medio del bullicio de un millar de taurinos. -Dijeron que hay una bomba en la plaza.

Sofía suspiró en el palco. Miró los pañuelitos que agitaba el público. Abrió los labios temblorosos. Y dio una orden entre dientes. -Registre todo y que nadie se dé cuenta que hay una emergencia- remató mientras fingía una sonrisa como si no sintiera esa estocada que comenzaba a punzarle el pecho.

Cumplía cuatro meses de mandato. No había permitido que la siguieran guardaespaldas a pesar de que el secuestro volaba, la insurgencia corría, el narcotráfico trotaba y el terrorismo ya gateaba. A veces caminaba sola al despacho y decenas de personas que la reconocían en la calle la escoltaban hasta la Plazuela Nutibara mientras le ponían conversa y hasta le pedían autógrafos.

Los fines de semana partía de viaje por las seis comunas para tomar nota de las necesidades de cada barrio. Desde entonces sus críticos liberales comenzaron a hablar del "kínder de la alcaldesa", porque todo el gabinete iba detrás de ella.

Sus principales detractoras fueron las esposas de sus secretarios cuando se inventó la "Operación p.m.", porque se robaba a sus maridos por las noches para patrullar la ciudad. Intensificó los operativos de seguridad, desmanteló las primeras "casitas de vicio" y llevó a muchos a estrenar la cárcel Bellavista que recién había abierto sus rejas.

-Sofía era incansable, insaciable e intensa -afirma el ex secretario de Gobierno a quien desde el día siguiente de su posesión, lo despertó un sábado a las 6 de la mañana y le dijo: "doctor Mejía, yo creo que ya es hora de que tomemos el control de la ciudad".

-No es por nada pero eso de trabajar, trabajar y trabajar no se lo inventó Uribe- replica Sofía.

¡Boom!
La Fiesta Brava empezó y los guardias caminaron apresurados a lo largo de las graderías inspeccionando y estorbándoles a los espectadores que comenzaban a gritar ¡Oleee!

Aquella incertidumbre hacía una molienda de nervios en su estómago mientras los aficionados comenzaban a notar que algo raro estaba sucediendo.

Medellín ya había salido de la protesta médica que obligó a las mujeres paisas a parir en las ambulancias del municipio. También de la huelga de los carros recolectores de basura que por una semana puso a toda la ciudad a taparse la nariz. Y llegó a un acuerdo con el gremio de maestros aunque cada vez que salían del despacho le dejaran de recuerdo un grafiti sobre la pared del M-19.

Ese mes de Feria Taurina era el cielo el que estaba en paro. Las nubes se habían perdido del panorama y no volvieron a llover desde el año pasado. A finales de enero se agotaba el agua de los embalses y el río Medellín ya había perdido su cauce. El racionamiento era de 8 horas diarias y los bomberos se quedaron sin con qué apagar incendios.

"¿Qué pasa? ¿Qué buscan?", preguntaban al ver que los policías miraban al suelo. Y antes de que cundiera el pánico y se armara una estampida, un agente miró a Sofía y al notar que, sudaba a cántaros y que su maquillaje se desvanecía, lo más coherente que inventó fue "se le perdió el abanico a la alcaldesa".

Los periodistas nunca se enteraron que la mayoría de sus canas salieron en ese momento hasta enterarse de la falsa alarma. Al otro día la prensa local simplemente tituló: "Primera mujer presidenta de la plaza fue la figura del día".

Por obra y gracia
En nueve meses de gobierno nunca fue titular de página entera en la prensa local. Cuando la nombró el gobernador, la muerte de Mao Tse Tung la redujo a una esquinita; y cuando él mismo le pidió la renuncia, explotó una mina de carbón y la peor tragedia minera de Amagá, la mandaron al otro costado.

Jamás posó ni le sonrió de frente al lente. Los fotógrafos siempre la retrataron de perfil, con la mirada en el piso, la boca abierta o de espaldas a la cámara aun cuando su gestión lograra gran parte del presupuesto para la realización de los XIII Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1978. Ni cuando firmara la escritura para la edificación de la Terminal de Transportes del Norte, la construcción de seis puentes sobre el río Medellín, el segundo plan de urbanismo que comprendía 43 parques ni mucho menos al promover la construcción del anfiteatro que para aquel entonces sería el más moderno de Suramérica.

¿Por qué pregunto por usted y casi nadie la recuerda?
-Vine a administrar la ciudad, no a hacer política. Medellín no se lo merecía. Yo no llamaba a los periodistas para que me vieran trabajar. Tampoco buscaba publicidad de obra. (...) en este país inauguran muchas obras sin acabar por el hecho de aparecer en una placa. El Pueblito Paisa ya estaba casi listo y yo pude haberlo inaugurado solo para que mi nombre saliera, pero no era mi estilo.

¿Medellín estaba preparada para tener una mujer alcaldesa?
-No. En esa época había cuadras haciendo fila para ser alcalde. Todos los señorones y señoritos esperaban su nombramiento. A muchos los timbró que me hubieran nombrado a mí. ¿Por qué estoy tan en el olvido? -retoma pensativa la ex alcaldesa- Tal vez no fue tan importante mi gestión para recordarla. No saqué la nota. Para mí fue importante en el sentido que fue muy grata y le dediqué toda la atención. La ausencia de mi familia se la entregué a Medellín.

Al día siguiente de dejar su cargo cuando Sofía comenzó a perderse en los recuerdos de una ciudad que la olvidó, este diario publicó la única carta que llegó de un lector cualquiera que lamentó su partida: "Es deplorable la renuncia que le hicieron presentar a la alcaldesa. Nadie puede decir que su administración no fue buena y prometedora. En doña Sofía había calor y entusiasmo. Demostró que como mujer podía hacer más que muchos hombres".