El embrujo de la Lolita, demonio de la inmadurez que Vladimir Nabokov, un aristócrata ruso experto en mariposas, glorificó en su voluptuosidad y poder seductor, tiene como todos nosotros un destino ramplón de ser biológico, condenada a crecer.
La exaltación de la nínfula, categoría enigmática de lo femenino, fue hecha de modo ejemplar por Baltasar Klossowski, conde de Rolla, alias Balthus. Este pintor escandalizó a los fariseos de mediados del siglo xx con sus retratos de mujercitas en botón, mientras Europa se precipitaba en la barbarie. Niñas perezosas de largas piernas, desgarbadas, mirándose al espejo, los hombros desnudos, llenos de tedio, con una sensualidad que recuerda la eternidad del Mal y la posibilidad del paraíso. Su Therese, de 1938, tiene la fuerza y la insolencia del personaje de Nabokov. Pero una pintura no puede dar noticia de la sagrada metamorfosis de la pupa en niña, la niña en hembra, y la hembra en bruja. La pintura capta inflexiones de lo real. En cambio el tiempo es la materia de la ficción literaria.
En Lolita, Humbert Humbert recuerda una ramerita francesa en quien intuyó la nínfula que habría sido. Y la última visión que ofrece de su Dolores es la de la mujer unida a un hombre vulgar, embarazada, y conforme con su suerte. La ninfa, quiere decir Nabokov, es el principio de una catástrofe.
Lolita es un libro platónico. Subliminal. No por exhibir galas de ambiguo, en lo cual es siempre magistral aunque hable de ajedrez, Nabokov hace que el editor inventado de su obra, doctor en filosofía John Ray Jr., advierta que ésta contiene una lección moral, un anuncio para que las generaciones porvenir sean mejores en un mundo más seguro. Pero lo que quiere expresar es que la Lolita, metáfora de la belleza, es amarga y efímera. Y puede conducir a un adulto desprevenido por un camino escabroso para enfrentarlo más que con los fantasmas de la moral con los del Tiempo.
Algunos yerran al definir la Lolita por la edad. La edad tiene importancia capital, pero es preciso que esconda, como los frutos más apetecibles, un gusano. Humbert Humbert, máscara del autor ruso, un monógamo que dedicó todos sus libros a Vera, considera que ha de estar al borde de los catorce años, -playas espejeantes, rocas rosadas rodeadas de un mar vasto y brumoso-. Pero también ha de haber, dice, más que una cantidad determinada de días, para lograr la esencia de la lolitud, en esa estación cuando las hembras humanas no son aún adolescentes pero ya dejaron de ser niñas. La malignidad precoz de la mujer completa, en perfecta inconciencia, define a la Lolita. Ah: y un mohín. Y quizás las uñas sucias en la mano derecha. Dice.
El fotógrafo David Hamilton realizó estudios encantadores sobre esa edad que llamó de la inocencia como si fuera inofensiva.
Mucho antes, el reverendo Charles Dogson, matemático y poeta, más conocido como Lewis Carrol, también consiguió, con una cámara más primitiva, confundir los límites entre la perversión y la inocencia. Son tan célebres como sus libros fantásticos, sus fotografías de Alicia Lidell, y sus hermanas y sus amiguitas, a quienes hechizaba con historias de países maravillosos, para contemplarlas mejor, como hacía el personaje de Nabokov en los parques donde patinaban, fingiendo leer un libro trémulo.
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