"¿Dónde tengo que decir que soy puta?", le preguntó María a esa clienta que le compraba un tinto espantasueños antes de iniciar esa ruta del trasnocho que parte de la acera con destino a la cama.
La palabra 'gratis' la sedujo tanto que decidió romper su hoja de vida y negar que el café fue siempre su materia prima. La oportunidad de estudiar contabilidad, confección o belleza, sin ningún costo y con pasajes y refrigerios incluidos, solo era para prostitutas. Y como para vendedores ambulantes no hay auxilios parecidos, le tocó mentir para cumplir con el perfil.
Cuando llegó a la entrevista de selección ya había una larga fila de mujeres y travestis. 'Cuánto cobrás vos', '¿Dónde putiás?, '¿Cómo te fue anoche?', le preguntaban varias para entrenar la farsa. Calzaba tacones, le subió un tono al labial rojo, le bajó centímetros al escote, repasó el nombre completo de su clienta, por si le pedían referencias laborales, y practicó entre dientes la nueva historia de su pasado.
-¿A qué te dedicas? -le preguntó la funcionaria.
-Yo trabajo los fines de semana... soy prostituta -respondió María con una mezcla de risa, nervios y vergüenza.
-¿Hace cuánto?
-Desde los 15.
-¿En dónde?
-Voy a las terminales y salgo para un pueblo diferente.
-¿Y cómo te va?
-Pues no hay mucha consistencia. A veces bien, a veces mal... lo bueno es que como los fines de semana los dedico al trabajo, en semana puedo estar con mis hijos.
-¿Cómo se enteró de la convocatoria?
-Por medio de una colega.
-¿Por qué es prostituta?
-Tenía que levantar a la familia de alguna manera.
-¿Por qué quieres hacer parte de este programa?
-Porque siempre he querido ser peluquera, aprender a motilar, planchar, tinturar, pero no tengo plata pa' estudiar -concluyó María con la única verdad del interrogatorio.
-¡Bienvenida!
¿Víctimas?
La parroquia estaba al tope, no de feligreses sino de presuntas víctimas. "Alcen la mano los desplazados de la violencia", pidió el coordinador de ayudas humanitarias de una ONG. Cuando todos quedaron con los brazos arriba como felices ganadores de un bingo, el padre Luis se rascó la cabeza para disimular esa sensación de complicidad. Sabía que más de la mitad de los asistentes eran farsantes.
"¡Qué alcahuetería!, en el barrio hay gente disfrutando de beneficios que no le corresponden -exclama el sacerdote- ¿así quién trabaja si les dan todo?, se aprovechan de la coyuntura para colarse y de los funcionarios que siempre presumen de su buena fe".
Por apropiarse del semblante y de las historias lúgubres de los desplazados legítimos que salían de paso por el casco urbano de Argelia, doña Rosa recibe un subsidio trimestral que suele superar el millón de pesos.
Utilizó su original acento campesino, la mala fama del pueblo, la omnipresencia de los actores ilegales armados y de sus dotes histriónicos para emprender el tour voluntario del desplazado forzado.
Puso la denuncia, hizo la ronda en las organizaciones estatales, dictó el derecho de petición y pagó por la redacción de una tutela. Para evitar las sospechas, el requisito es mantener la mentira y no contarle a nadie que de vez en cuando vuelve a su pueblo de paseo. Los desplazados de verdad no salen de vacaciones y menos a su tierra.
Fanny también comía callada hasta que un día se desmayó. Juan la contrató en su restaurante porque la conocía de antes y en el pasado compartieron los atardeceres grisáceos de Quibdó.
La llevó al hospital, mostró su cédula, la secretaria digitó los números y apareció en el sistema como víctima de desplazamiento forzado. "¿Desplazada?, ¿desde cuándo?", se cuestionó con un gesto de pena ajena. Cuando recuperó la conciencia, trató de perturbársela recordándole que fueron inquilinos y que emigraron del Chocó por empleo.
"Fanny, este color se tiene que llevar con altura. No con complejo de súbdito. Demuestra finura -le dijo- eso es ser oportunista. Un muérgano más de este país, otro parásito que se inventa un cuento que no es cierto. Ese dinero se lo estás quitando a alguien que sí carga con esa zozobra, a la que sí le duele la memoria -continuó Juan- no es que ser desplazado sea feo, pero uno tiene que ser agradecido con la vida", remató Juan.
"Aquí llegan personas y nos cuentan historias que nos hacen sacar toallas para secarnos las lágrimas. 'Qué artista, eso no se lo inventa ni David Murcia', les digo antes de echarlos cuando compruebo que todo es falso", recuerda Teresita Gaviria, directora de la Asociación Madres de la Candelaria.
"Incluso nos han ofrecido plata para que certifiquemos que tienen un hijo desaparecido. A mí lo que más me asusta es el problema de desconfianza que hemos generado a nivel nacional e internacional. ¿Quiénes estamos en el medio recibiendo las pedradas? las víctimas reales".
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