Es muy difícil y contradictoria la situación de Noemí Sanín. Desde el Palacio de Nariño están demoliendo su candidatura presidencial.
Sin embargo ella insiste en presentarse como una fiel continuadora de la obra del gobierno del presidente Uribe. Nadie ha podido arrancarle una crítica al primer mandatario. Nadie ha podido establecer las diferencias con la actual coalición del gobierno.
Es el peor de los mundos. Defender la política de un gobierno que está empeñado en sacarla del medio con la creencia de que su decadencia en las encuestas o su adhesión a Juan Manuel Santos asegurará la permanencia del uribismo en el poder.
Hasta la semana pasada la estrategia se jugaba tras bambalinas. Sonsacando a figuras representativas del Partido Conservador para que se pasaran a las toldas de Santos y utilizando a Andrés Felipe Arias como cabeza para armar soterradamente una gran disidencia en el Partido Conservador.
Pero en los últimos días, con ocasión de la convención conservadora y del tremendo susto que se pegaron en las huestes del gobierno con el resultado de las encuestas y el ascenso imparable de Mockus y Fajardo, se destaparon las cartas. Y el presidente Uribe entró en escena y reunió a la bancada parlamentaria en el Palacio de Nariño para recomendar el agrupamiento del uribismo en torno a la candidatura de Santos.
De aquí en adelante las presiones serán abiertas y los llamados serán permanentes. En especial si Noemí se mantiene entre un 10 y un 20 por ciento en las encuestas y mucho más si la candidata empieza a tomar a Santos como blanco de sus críticas.
Es una lástima lo que está ocurriendo, porque Noemí juega un papel clave en la actual campaña política. Es la única mujer en la contienda. Llama la atención sobre la corrupción con especial vehemencia. Conoce como pocos las relaciones internacionales del país y puede aportar en un debate serio sobre las rectificaciones que es necesario hacer en este campo.
Pero el uribismo no le perdona que se hubiera apartado de la coalición de gobierno en la búsqueda de la segunda reelección. No le perdona el triunfo indiscutible sobre Andrés Felipe Arias y las denuncias que hizo sobre las actuaciones indebidas de este ex ministro de Agricultura.
La situación se exacerbó con la ratificación que hizo de las denuncias sobre Agro Ingreso Seguro. Tuve la oportunidad de presenciar un episodio muy revelador de la perturbación que causaron las acusaciones de Noemí en el sector conservador que comanda Andrés Felipe Arias y del carácter con el que encaró la polémica Noemí.
La emisora La Zeta de Bogotá organizó un debate con Noemí una mañana poco después de que el Registrador Nacional reconociera su triunfo en la consulta conservadora. Me invitaron junto a Ernesto Yamhure, seguidor de Arias, a participar en el debate. Yamhure insistió una y otra vez, con particular ardentía, en criticar las palabras que había utilizado Noemí en las denuncias contra Arias.
Al final, fuera de micrófonos, Yamhure le dijo que no entendía por qué no retiraba las acusaciones sobre Arias a sabiendas de que eso le garantizaba la completa unidad de los conservadores y Noemí Sanín le respondió que ella era una mujer de convicciones y no podía cambiar de posición sólo para echarle tierra a una controversia.
Me quedó una muy buena impresión de esta actitud. Una de las cosas más deleznables de los políticos colombianos es su falta de carácter. Su tendencia a transar a cualquier precio. Noemí no quiso declinar en esa oportunidad y en el debate del pasado domingo tuvo la entereza de denunciar las maniobras de Santos para desestabilizar su candidatura.
Quizás ha llegado la hora de que Noemí empiece a tomar distancia del uribismo. Allí no la quieren. Le irá mejor si no insiste tanto en defender la obra de Uribe y comienza a mostrar sus propias ideas y a denunciar la campaña del gobierno para sacarla de la contienda presidencial.
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