El año pasado, Enrique Iglesias, secretario general de la Cumbre Iberoamericana, pidió una reforma del proceso iniciado en 1991 en Guadalajara, México. Instó a la "modernización" para que las prioridades de las reuniones correspondan a los problemas reales que enfrentan los países que conforman la "familia iberoamericana".
Sin embargo, la cumbre número 23 que se celebró en Panamá el 18 de octubre (y última de Iglesias como secretario general) dejó claro que la "familia" se estaba volviendo cada vez menos unida y menos comprometida con objetivos comunes. Aunque no se habían logrado muchas cosas concretas en las cumbres anteriores, al menos los jefes de Estado participantes habían aparecido, con cierto nivel de entusiasmo.
De hecho, los titulares de los periódicos destacaron esa vergonzosa participación en la cumbre. Sólo la mitad de los jefes de Estado latinoamericanos estaban allí. Entre los ausentes estuvieron los líderes de la mayoría de los países más poderosos de América del Sur, entre ellos la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff; el de Venezuela, Nicolás Maduro; de Chile, Sebastián Piñera, y de Argentina, Cristina de Kirchner. También estuvo ausente por primera vez el rey Juan Carlos de España, que todavía se estaba recuperando de una cirugía de cadera.
Incluso Raúl Castro, de Cuba, no asistió. Cuando se inició la Cumbre fue uno de los pocos foros que incorporó a Cuba, aislada por el embargo de EE. UU., en la "familia" regional. Hoy, sin embargo, Cuba no sólo participa regularmente en otras reuniones regionales sino que hasta preside la recién formada Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños o Celac.
Parte del problema es que la proliferación de nuevas agrupaciones regionales y cumbres -no sólo la de Celac, sino también Unasur, el Alba, y otros- ha generado una comprensible fatiga. Muchos líderes, enfocados en consideraciones pragmáticas y en mantener el apoyo político en casa, ven poco beneficioso en asistir a tantas cumbres.
El ritmo acelerado de la globalización también ha complicado el proceso de las cumbres. Con una América Latina con una mayor autonomía y confianza en el escenario global -y los profundos problemas económicos de España y Portugal- la idea original detrás de la Cumbre Iberoamericana está agotada.
La canciller colombiana, María Ángela Holguín, señaló que al igual que España había dado una mano a América Latina hace dos décadas, cuando estaba saliendo de una crisis económica, la región está preparada para hacer lo mismo hoy. Pero el reequilibrio y la redefinición de las relaciones entre las naciones europeas y sus antiguas colonias no ha sido fácil.
Incluso dentro de América Latina -y pese a la expansión de las organizaciones regionales- los países van cada vez más en diferentes direcciones y por caminos separados. El reto no es sólo encontrar un terreno común entre América Latina, España y Portugal, sino crear agendas compartidas dentro de una región fragmentada.
Por supuesto, tal vez el mayor cambio en los últimos años ha sido el creciente papel y presencia en América Latina, de Asia, -particularmente China- no parte de la "familia" iberoamericana. Llama la atención que uno de los resultados más productivos de la cumbre de Panamá fue la reunión de los presidentes de la Alianza del Pacífico, un bloque orientado hacia el comercio con los mercados asiáticos.
La Cumbre Iberoamericana continuará, pero con algunos cambios. Después de 2014, por ejemplo, las reuniones se celebrarán cada dos años en lugar de anualmente. Está por verse, sin embargo, si la renovación necesaria será posible
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