El Imperio Francés regresó, pero esta vez en lugar de venir a ustedes, tendrán que llegar a él.
Yves Jego, el alcalde de un pueblo pequeño del sureste de París, hizo el anuncio oficial de sus planes para el Bivouac de Montereau, mejor conocido como Napoleonlandia –un parque de diversiones que conmemora la historia de Francia haciendo énfasis sobre los logros del emperador, y que le hará competencia a Euro Disney.
Las atracciones incluirán la campaña egipcia que ayudó a impulsar la carrera de Napoleón y la brutal batalla de Berezina en las afueras de Moscú que ayudó a acabarla. La recreación de la toma de La Bastilla, el comienzo de una revolución que, dependiendo de su punto de vista, Napoleón o la guió o la condenó, podría ser el equivalente del Mundo Hechicero de “Harry Potter”, de Universal Studios en Orlando.
Contra el fondo de una campaña presidencial desalentadora, una economía anémica y una creciente división social, y ni hablar del segundo centenario de Berezina esta primavera, una palabra que en francés es sinónimo de desastre, ahora parece un momento extraño para anunciar el regreso del imperio. Pero los franceses parecen tener la esperanza de que dicho parque tal vez despierte no sólo a la economía local sino también un sentido nacional de tener un propósito.
El precedente histórico de Napoleonlandia sugiere que sólo uno de estos propósitos se justifica. Durante la Exposición Mundial de 1889, un evento organizado para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa, los franceses también miraron hacia el pasado para crear las atracciones de un parque. La exposición incluyó una réplica de La Bastilla, así como atracciones más modernas como la Galería de las Máquinas y la nueva Torre Eiffel.
Era apenas apropiado, muchos críticos advirtieron que el altísimo esqueleto de hierro interferiría con la belleza de la vista urbana, que la feria incitaría a una controversia violenta: la revolución en sí, incluso cien años después, inspira tanto odio como amor.
Hoy, el debate sobre la revolución es un asunto de los historiadores; en 1889 lo fue para los ciudadanos. Para aquellos de la izquierda, la revolución le había dado al mundo una nación basada en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad; para aquellos de la derecha, le había dado al mundo una nación bañada por la sangre derramada por la guillotina. Cuando abrió la exposición, los conservadores vieron al gentío como los desechos de una sociedad desatados por la revolución. Aterrado por la “vasta felicidad bestial” de las masas visitantes, el crítico Edmond de Goncourt se estremeció al pensar en el futuro democrático de Francia.
Pero fue mucho más que el recuerdo de Robes Pierre lo que irritó el fin de siglo francés. La nación fue el escenario de un choque de civilizaciones entre la religión de la república, el secularismo, y una religión militante revelada, no Islam en ese entonces, sino Catolicismo, un Catolicismo que era tan hostil a los valores del republicanismo como lo era para los de la modernidad.
En ese entonces Francia también estaba acosada en cuanto al lugar que ocupaba en Europa, atrapado entre una Alemania políticamente unificada y económicamente resurgente afirmando su poder, y una tímida Gran Bretaña que se mantenía distante frente al continente. No debemos olvidar a los movimientos derechistas extremos en Francia que entregaron demagogia popular e ideologías racistas y antisemíticas. En cuanto a política, las quejas eran idénticas a las de hoy. “Estamos empezando a imitar a los Estados
Unidos”, se lamentó un crítico, “dejándole la política a la gente poco estimada y quienes terminarán siendo un toque despreciados”.
Apropiadamente, un bonapartista ofreció ese comentario.
A fin de cuentas, la exposición fue un gran éxito, logística y económicamente. Pero a pesar de sus maravillas mecánicas, pudo hacer poco más que disimular las divisiones sociales e ideológicas de la nación. Después del evento, Francia se vio enredada en incontables casos de corrupción y rumores de intentos de golpes de Estado, luego se vio envuelto en el la madre de todos los asuntos, el Asunto Dreyfus, antes de finalmente entrar de lleno en una guerra mundial.
Era demasiado esperar una recreación de La Bastilla, mucho menos una montaña rusa enredándose por entre sus torres, para curar los profundos males de la nación. Hoy, lo mejor que podemos esperar con Napoleonlandia es, como lo han dicho Jego y quienes lo apoyan, es crear miles de empleos.
Esto ayuda también a enmarcar el debate en cuanto a si un parque dedicado al legado de Napoleón es de buen gusto o no. Los medios franceses e internacionales han hecho y deshecho con la noticia. La figura de Napoleón es profundamente divisiva y, como mínimo, es desagradable tener un parque temático basado en su megalomaniaca persecución del imperio y los grandes costos que esta representó para el mundo.
Pero como nos lo recuerda 1889, el entretenimiento inevitablemente le lleva ventaja a la historia y a la ideología. Mientras Francia ha evadido el tema de Napoleón hasta ahora, por lo menos cuando se trata de construir museos o darle su nombre a la plaza de un pueblo, Jego tal vez tenga razón en insistir que el nombre es una “marca global”. Charles Napoleón Bonaparte lo dijo con mayor franqueza aún: Napoleón es un “producto que vende”.
Si esto resulta ser cierto, será apenas adecuado que el hombre que le dio no sólo gloria a Francia, sino también su banco central, le ayude a recuperar su calificación triple-A.
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