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La tragedia continúa

Hace 55 años, en Roncesvalles (Tolima) la recién creada Infantería de Marina recibió uno de los más duros golpes de manos de la guerrilla, para entonces conocida como los Chusmeros. Hoy, medio siglo después, muchos de nuestros soldados siguen siendo víctimas de la barbarie de los violentos. ¡Basta ya!

  • La tragedia continúa | Archivo Particular
    La tragedia continúa | Archivo Particular
09 de agosto de 2011
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La Infantería de Marina, en 1955, llevaba pocos años de haber sido creada. Para ese entonces yo era un infante raso activo. En 1956, la Infantería, por primera vez, decidió entrenar para combate a un grupo como de cien infantes, que luego seríamos enviados a Roncesvalles, Tolima, y a sus alrededores.

Una de las zonas de orden público más peligrosas del país. El nombre de nuestra compañía era Antares.

Durante nuestra permanencia en estas montañas, tuvimos varios enfrentamientos con el enemigo. Uno de los más fuertes y sangrientos enfrentamientos de combate tuvo lugar como a 50 kilómetros de Roncesvalles.

Nosotros éramos un pelotón de unos 30 hombres, con la misión de bloquearle al enemigo el paso a una ciudad cercana. Para nuestra sorpresa, el grupo guerrillero resultó ser mucho más numeroso que el inicialmente informado. Eran por lo menos 300 hombres, o más, contra nuestro pequeño grupo.

El fuerte combate dio comienzo temprano en la mañana, continuó sin parar hasta el atardecer, cuando casi habíamos disparado el último cartucho. Todos estábamos muy escasos de munición, además la noche se acercaba. Física y mentalmente estábamos bloqueados, fatigados.

En este punto crítico de tomar una decisión estratégica, nuestro comandante, el subteniente Nieto, dio la orden de retirada, pues el enemigo nos estaba cercando de tal forma que todos quedaríamos atrapados.

Al frente nuestro teníamos una montaña y a un lado un río. Sólo había una salida y pocos minutos para escapar con vida.

En este largo combate, recuerdo que perdimos como a 10 de los nuestros, por los que no pudimos hacer nada, pues nos encontrábamos en retirada desventajosa. No pudimos cargar con los cadáveres.

Nuestro enemigo, cobardemente, se aprovechó de nuestra desventaja y en nuestra presencia y a medida que nos retirábamos, empezó a cortarles las cabezas con machetes a nuestros muertos y a gritar toda clase de obscenidades.

Esto fue algo muy doloroso y humillante, un salvajismo. El enemigo no salió muy bien librado, pues informes de inteligencia dieron un reporte de 150 muertos y muchos heridos. En esa época, los hoy conocidos narcoguerrilleros se llamaban chusmeros.

Al día siguiente, con nuevos refuerzos, regresamos a la zona de combate a recoger a los nuestros caídos. Esta fue una tragedia dolorosa. No sabíamos a qué cuerpos pertenecían las cabezas de los decapitados.

Como no contábamos con apoyo aéreo ni carreteras ni comunicaciones, los cuerpos de nuestros héroes fueron envueltos en nuestros ponchos y luego amarrados en mulas, burros, caballos, en cualquier animal de transporte disponible para llevarlos hasta Ibagué (foto principal).

De esa fecha a este día han pasado 55 años. Con angustia pienso, y me da la penosa impresión, que muchos de mis compañeros y superiores ya han muerto.

No me arrepiento de haber servido y arriesgado mi vida peleando por la paz de nuestra bella Colombia.

Lo que sí me da dolor de alma, y mucha más tristeza y vergüenza de patria, es saber que ha pasado más de medio siglo después de mi participación activa en combates en los que arriesgué mi vida por la paz, el progreso y la futura generación.

La situación, actualmente, es más peligrosa.

Los violentos se han multiplicado por decenas y miles.

Muchos más inocentes y muchos de nuestros uniformados combatientes siguen perdiendo sus vidas, podría decir, en vano.

Ya es hora de terminar esta violenta pesadilla.

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