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Las bases de la formación sacerdotal

  • Carmen Elena Villa Betancourt | Carmen Elena Villa Betancourt
    Carmen Elena Villa Betancourt | Carmen Elena Villa Betancourt
12 de abril de 2010
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El columnista Ernesto Ochoa, en su artículo publicado el sábado pasado en este diario, titulada "El escándalo de los curas", asegura de manera sensata que frente al tema de los abusos sexuales de parte de algunos sacerdotes "no puede taparse el sol con las manos", a pesar de que muchos medios quieran aprovechar esta vergonzosa ocasión en su campaña de desprestigio contra la Iglesia católica.

Su artículo me dejó pensando sobre la necesidad de que la Iglesia se haga un serio examen de conciencia a raíz de esta dolorosa situación. Por eso hoy quiero referirme a un texto publicado en octubre de 2008 por la Congregación para la Educación Católica en el Vaticano.

Se titula "Orientaciones para el uso de las competencias de la psicología en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio".

El documento, bastante actual, fue fruto de un trabajo de años, en el que estuvieron involucrados expertos en el tema de la formación sacerdotal. Resalta la importancia de que los obispos y formadores puedan orientar a los aspirantes al sacerdocio en una sólida madurez psicológica y afectiva, así como en una rica vida espiritual que les permita afrontar las exigencias propias de esta vocación.

Asegura que quien aspira a ser sacerdote, además de encarnar siempre las virtudes morales y teologales, debe tener un "sólido equilibrio humano y psíquico, particularmente en el plano afectivo", lo que le permitirá "estar predispuesto de manera adecuada a una donación de sí verdaderamente libre en la relación con los fieles, según la vida celibataria".

Señala también las cualidades psicológicas que deben caracterizar a todo sacerdote: "el sentido positivo y estable de la propia identidad viril y la capacidad de relacionarse en forma madura con otras personas o grupos de personas", así como "un sólido sentido de pertenencia, fundamento de la futura comunión con el presbiterio y de una responsable colaboración con el ministerio del Obispo".

La vocación al sacerdocio, dice el documento, debe ser discernida, entendida y asumida "en un clima de fe, oración, de meditación de la Palabra de Dios, del estudio de la teología y de la vida comunitaria".

El texto destaca el papel preponderante del formador de los seminaristas, quien debe ser "un buen conocedor de la persona humana, sus ritmos de crecimiento, sus potencialidades y debilidades y de su modo de vivir la relación con Dios". Indica también que es deber de los formadores conocer con precisión "la personalidad, las disposiciones y la diversidad de los probables tipos de heridas, valorando su naturaleza e intensidad". Y advierte los peligros que acarrea la poca transparencia en la dirección espiritual, que puede llevar a que el candidato minimice o niegue "las propias debilidades, temiendo a la posibilidad de no ser entendidos y, por este motivo, no ser aceptados".

Así como un matrimonio necesita bases sólidas para poder ser estable y mantenerse firme a pesar de las dificultades, la vivencia de la vocación sacerdotal también requiere una sólida formación humana y espiritual. Una mayor difusión y aplicación de este documento puede dar muchos frutos a mediano y largo plazo en la formación de nuevos sacerdotes y religiosos.

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