Podría malpensarse que las Farc -y seguramente lo sustentarán en alguno de sus comunicados con olor a pólvora- alcanzaron "éxitos militares" con sus dos ataques de la semana pasada en Nariño y Arauca, en los que asesinaron a casi una veintena de uniformados de la fuerza pública.
Pero su uso de técnicas terroristas, sus emboscadas alevosas (sin riesgos para los delincuentes) y la matanza de humildes y leales servidores del Estado de Derecho ya no alcanzan la más mínima aceptación popular. La ciudadanía tiene cada vez más claro, como acaba de pasar con la ETA en España, que la única manera de obtener legitimidad política y revolucionaria en estos tiempos radica en la capacidad de negociar y de prescindir del uso de las armas. Unas armas tan brutalmente empeñadas en matar a soldados y policías y en destruir la seguridad que alberga esperanzas de democracia y de progreso.
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