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HISTÓRICO
LINA
  • LINA |
    LINA |
Por ANA CRISTINA RESTREPO J. | Publicado el 15 de octubre de 2013

Mi amiga Lina podría ser su vecina, la que se sienta a su lado en el bus o lee una revista en el supermercado.

Tal vez usted la pueda reconocer por su belleza… así la suya no sea la hermosura atrevida que arrebata miradas. Es algo superior.

Estando en la universidad, en un aburridísimo curso para alumnos de todas las carreras, Lina se sentó cerca de un estudiante de medicina, un hincha del Nacional con cara de muchachito, y se enamoraron.

Los conocí hace once años, cuando fui la profesora de su hija. Mi recuerdo más remoto es el cuadro de Lina bailando con sus dos hijos menores en el parqueadero del colegio: "Cuando el reloj marca la una, los esqueletos salen de sus tumbas". Su marido, todavía con cara de niño, se dedicó a facilitar la procreación en parejas con dificultades de fertilidad, mientras ella, habituada a correr en tacones (a veces con un pie fracturado), abandonó su carrera de diseñadora para organizar grandes eventos.

Mi amiga es de las que nunca le saca el cuerpo al gimnasio. Su gran ‘pecado’ ha sido esperar (con disimulo) la salida de los pasteles de arequipe recién horneados de la repostería de La Visitación.

Hace unas cuantas semanas, Lina compartió en las redes sociales una foto titulada "Nuevo look": había renunciado a su pelo largo y juvenil; parecía haber tomado la senda habitual de algunas mujeres cuando cumplimos cuarenta. Días después, llegó otra imagen, "Mi peluquero": un plano medio de su esposo rasurándole la cabeza. En la fotografía siguiente, sin título, mi amiga estaba con los labios rojos, la sonrisa amplia. Calva. Intacta la chispa en su mirada.

Lina tiene cáncer de mama (¡cómo quisiera que esta columna fuera sólo un artilugio argumentativo…). Mientras el médico pronunciaba la noticia devastadora, ella escuchaba: "Tienes una nueva oportunidad, has vuelto a nacer".

Podría vestirme color de rosa el 19 de octubre o lucir el broche con el lazo cruzado, pero el instinto de supervivencia me obliga a trascender lo simbólico: 1) cada mes, practico un autoexamen (desde la adolescencia); 2) cada año, acudo al ginecólogo (desde los 30 años); 3) por mi historia familiar, me realizo una mamografía anual (desde los 40).

Las colombianas entre 50 y 69 años tienen derecho a una mamografía gratuita cada dos años.

El cáncer de mama es la principal causa de muerte de mujeres en el mundo y la tercera en Colombia: se calcula que de 7.000 diagnósticos anuales, 2.000 tienen un desenlace fatal. Tenemos derecho a exigir un tratamiento oportuno; en caso contrario, debemos pedir un formulario de ley, acudir a la Superintendencia de Salud, ir a atención al usuario de las IPS y EPS, interponer una tutela. Hay que tomárselo muy a pecho: ¡La detección temprana del cáncer de seno salva…

Mi amiga Lina podría ser su vecina, la que se sienta a su lado en el bus… o su mamá, su esposa, su hija. Usted. O yo.