Tres perros bravos custodian la colección de esculturas de Rodrigo Arenas Betancourt, en la vieja casa de Caldas en que vivía el artista. Pero nada ahuyenta a los piratas que sacan partido del renombre del fredonita.
Ellos no tienen que saltar la verja ni internarse a hurtadillas por los corredores colmados de piezas monumentales de metal o piedra. Bolívares, moldes de yeso en los que vaciaron las cabezas de la Clínica Las Américas, caballos, figuras humanas...
Los timadores, en su mayoría, son antiguos trabajadores del artista en su extinto taller de fundición. Algunos de ellos quedaron con moldes de piezas o fracciones de éstas y han ido reproduciendo las figuras para la venta.
"Una vez vino un hombre con una réplica de Lanceros del Pantano de Vargas, para su restauración. Se le había caído un caballito -cuenta María Elena Quintero, viuda y heredera del legado del artista, así como directora de la Fundación Rodrigo Arenas Betancourt-. Había pagado $1'500.000 por él . Le dije que no la repararíamos, pues esa no era una reproducción autorizada. Le conté que hacía pocos días yo había cambiado una autorizada de la misma por una finca de $70'000.000".
Suelen llamarla para contarle que hay Arenas en prenderías. Va a constatarlo y se encuentra con copias piratas por las que piden entre 600.000 y un millón de pesos, con papeles cuya firma también es un fraude.
Contrario a esos canes de largos colmillos, las leyes colombianas no tienen dientes para castigar delitos de arte, robos y falsificaciones.
Pero este paraíso de los delincuentes del patrimonio cultural, tal vez deje de serlo. El Ministerio de Cultura propuso una ley para endurecer el castigo a los timadores, pero falta que sea aprobada en el Congreso. Además, hace unos cinco años, la Policía Nacional creó el Grupo de Investigaciones de Delitos contra el Patrimonio Cultural, que además de arte contemporáneo incluye bienes arqueológicos, arte colonial y sacro.
Pero según la teniente Érika Diana Correa, encargada del mismo, todavía no están unificadas las acciones. Si una víctima formula la denuncia en la Unidad de Reacción Inmediata, URI, de la Fiscalía, el caso no es conocido por su Grupo.
Copiar, reproducir, falsificar
En el mundo del arte hay una anécdota que muchos cuentan. Un pintor reconocido, alumno de Alejandro Obregón, era gran copista de éste. Un día se apareció ante un prestigioso empresario y le dijo que su maestro le había regalado un cuadro suyo para que lo vendiera y con esa plata se financiara un viaje al exterior, a estudiar. El empresario lo compró, lo colgó en la sala de una finca junto al mar e invitó al artista de origen español para que viera el último cuadro de su autoría que había adquirido. Cuando Obregón lo vio exclamó que no lo había pintado, pero como estaba tan bien hecho, lo firmaría. Así, su firma añadió un eslabón de falsedad a esa pieza que ya era falsa.
Alejandro Obregón es uno de los colombianos más copiados y falsificados. Y esto porque, según los galeristas Sergio Arango, de galería Duque & Arango, y Valentín Ramos Álvarez, de Julietta Álvarez, así como el curador Álvaro Medina, de Bogotá, es relativamente fácil de copiar. Medina explica que tiene pincelada rápida que se superpone a la vista. Además, porque este artista dejó más de 4.000 obras, así que resulta difícil para una persona mantener en su memoria el registro de todas ellas.
Los falsificadores, por lo general, no falsifican una obra precisa, sino que hacen otra distinta con el estilo, la temática y el lenguaje pictórico de un artista, lo cual se explica con la anécdota de Obregón.
Óscar Roldán, curador del Museo de Arte Moderno de Medellín, aclara conceptos. Dice que la copia es un ejercicio legal y legítimo, porque en ella no hay suplantación del autor. Firma quien la hace y al respaldo escribe: homenajeo estudio. La falsificación es la que intenta engañar al observador: es igual en todo, incluso en medidas. Y el falsificador pone la firma del suplantado.
La reproducción no autorizada, modalidad de la que son víctimas los herederos de Arenas, es editar grabados o modelar esculturas por fuera del límite establecido por el artista para cada serie.
Mercado
El mercado de falsos es fuerte en Medellín y el país. No mucho si se compara con Italia, país de más tráfico de imposturas y de robos de arte del mundo, en el que bandas de tráfico de arte están vinculadas con mafias de armas y de narcóticos y es frecuente que unas y otras cambien cuadros de célebres artistas por kilos de cocaína o por armas. Es una forma de lavar dinero. Sin embargo, en nuestro medio es un comercio creciente.
Según la teniente Correa, los dos cuadros que se atribuían a Rubens, de Luis Hernando Gómez Bustamante, alias Rasguño, ahora en extinción de dominio -y que a la postre resultaron falsos, según análisis del Museo Nacional- y otras 455 obras decomisadas a narcotraficantes -de las cuales apenas 47 son auténticas-, dan indicios de que aquí también las bandas de tráfico de arte tienen vínculos con las de narcotráfico.
Actualmente "no hay ninguna denuncia activa por estos delitos", dijo la teniente.
María Elena Quintero, quien denunció y demandó penalmente a decenas de personas "porque los ladrones parecían brotar de la tierra", ya no tiene ninguna vigente "porque me cansé de hacerlo. Eso es un delito sin sanción: una vez detuvieron a integrantes de una fundición de Belén Altavista, que fundían Arenas piratas, pero los soltaron a los tres días".
De modo que en arte, quien quiera que no lo tumben, que compre un perro. O tres. O que busque asesoría de los sabuesos en el tema.
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