A punto de terminarse las ferias taurinas en Colombia, pido permiso a los lectores para alternar en la confrontación existente entre los aficionados a la fiesta brava y los detractores de las corridas. El tema taurino, que desde el punto de vista literario y estético es noble y pastueño, se vuelve bronco si se desbordan los fanatismos. Me abro, pues, de capa y doy comienzo a una faena de la que espero no salir corneado.
Primer tercio. Una larga experiencia de aficionado a los toros y los muchos o pocos pergaminos que -cortada hace un tiempo la coleta- pueda mostrar como cronista taurino por años (primero en El Mundo y luego en EL COLOMBIANO), me llevan a concluir que no conduce a ninguna parte la esgrima entre los amantes de la tauromaquia y los opositores de la misma. Nunca he encontrado argumentos válidos para convencer a alguien de que vaya a una corrida o le gusten los toros, si no le nace, o no le interesa, o desconoce, o le repugna lo que ocurre en una plaza de toros.
De otra parte, aunque entiendo y respeto los puntos de vista de los antitaurinos, tampoco he visto que su proselitismo y su bien intencionado apostolado en defensa de los animales hayan hecho mella, en mí y en un gran número de aficionados, para desistir o renegar de la fiesta brava. Con el riesgo de que un diálogo de sordos lleve a que a la postre rompan lanzas los intolerantes de uno y otro lado.
Segundo tercio. A pesar de los desencantos que deja el mundo taurino, que tampoco es el cielo o el paraíso, como muchos predican, no soy -lo confieso- un renegado de los toros. Entiendo a quien, por las razones que sean, se ha convertido a la causa antitaurina y se da golpes de pecho por haber gritado olés en los tendidos, o haberse vestido de luces o, como tantos lo hemos hecho, haber capeado vaquillas en algún tentadero. Acepto que estén arrepentidos, pero hay que tener cuidado de no caer en el fundamentalismo y la intolerancia de que suelen hacer gala los conversos. Los renegados, en cualquier causa, ideología o religión, están siempre a un paso del fanatismo. El arrepentimiento, que lleva a rechazar el pecado, no puede llevar a odiar e insultar al pecador.
Tercer tercio. La oposición a la fiesta de los toros es tan vieja como la fiesta misma. Una fiesta que es apasionante, apasionada y pasional. Y, por ende, muy española. Mi hipótesis es que en toda esta pelea entre los defensores del toreo y quienes lo anatematizan y quieren proscribir, hay una recóndita y tal vez no muy consciente pugna entre la aceptación o el rechazo a la herencia española que, para bien o para mal, llevamos en la sangre. Se da también en la misma península ibérica, donde muchos han repudiado la fiesta brava por considerarla un símbolo del histórico desprecio que el resto de Europa ha mantenido hacia España y quisieran borrar del mapa -a la fiesta brava, quiero decir- para sentirse más europeos, para ser menos norte de África y más sur del viejo continente.
Y ahora el volapié. Para mí tengo, lo repito, que la campaña antitaurina, aunque se ponga otros antifaces, es en el fondo un rechazo a la herencia española y, como tal, es un síntoma más del proceso de pérdida de identidad a que nos estamos viendo sometidos con la globalización. Como lo dije en una columna anterior, un pueblo dominado pierde su identidad si deja que los invasores le borren el idioma, la religión, las instituciones, la cosmogonía. También sus costumbres y tradiciones. Hasta sus fiestas. Y olé.
Puntillazo. Ni virulencia irracional ni susceptibilidad enfermiza. Tolerancia y respeto mutuos. Es la faena del pluralismo.
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