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"¡Más madera, es la guerra!"

  • Humberto Montero | Humberto Montero
    Humberto Montero | Humberto Montero
26 de julio de 2010
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Últimamente, no crean que no estoy pensando en contárselo a mi psicoanalista del bar de enfrente, ando preocupado con un sueño que me tiene azorado. De tanto escribir sobre él, a eso de las tres de la madrugada, se me aparece en sueños Chávez y ya no pego ojo hasta el amanecer. No piensen que, pese a la bronca que monta un día sí y otro también, el caudillo venezolano surge blandiendo la espada flamígera de Bolívar a lomos de un espectral rocín cual jinete del apocalípsis. En mi subconsciente, Chávez ha tomado la forma de Marx. Pero no teman, no del autor de El Capital y padre de la mayor barbaridad jamás teorizada, desterrada hasta por las Farc en sus millonarias transacciones cocaleras, sino del otro Marx, el genial Groucho.

Armado de puro y bigotón de pega, Chávez grita encaramado en la locomotora bolivariana aquello de "¡Más madera, es la guerra!" con la gorra roja calada hasta las cejas. No sé si recuerdan la genial escena de "Los hermanos Marx en el Oeste", pero por si acaso se la refresco: mientras Groucho conducía el tren, Harpo destrozaba vagones para alimentar la caldera y poder así avanzar a la caza de los malos de la película. Ustedes me dirán que mi sueño es propio de un enajenado y quizá tengan razón, pero no me negarán que le va que ni pintado a Chávez.

Ensimismado como anda en perseguir a sus enemigos inventados -básicamente Colombia y Estados Unidos; mañana, usted y yo-, el caudillo no repara en que está desmontando Venezuela sólo para echar más leña al fuego.

Y como se le están acabando los vagones, ya sólo le queda amenazar con la guerra a todo el que se le ponga por delante. Todo para que la locomotora bolivariana no se pare.

Este cuentito viene al caso porque -recientemente- he conversado con varios representantes de la oposición venezolana. El cuadro dantesco que me han dibujado convierte al caudillo en el huracán más devastador del planeta.

Según ellos, el país camina hacia el abismo no ya político sino económico. Me contaba el alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, que Venezuela importa ya el 80% de los alimentos que consume. En eso debe de consistir la tan cacareada cubanización, en destruir cualquier estructura productiva. La importación de comida no es en sí misma un ejemplo de nada, no hay más que citar a Japón, que lleva un siglo dependiendo de las cosechas ajenas, pero en un país rico en pastos como Venezuela es un despropósito que revela el caos en el que Chávez ha sumido al país.

Cada año procuro visitar Venezuela. Y cada año contemplo entristecido la penosa obra de la revolución bolivariana. Los cerros siguen llenos de favelas, las carreteras están abandonadas y en los comercios más modestos comienza a haber problemas de suministro. El innato cachondeo con el que nacen los venezolanos parece haberse vendido al peso y todo el mundo echa pestes contra el vecino.

Encabronado, un país en ruina convive con el cambio paralelo de su moneda y una economía informal que lo absorbe todo.

Les pondré un ejemplo real de cuándo un país se ha ido al garete. Cuando cambiando 40 euros en el mercado negro puedes pagar en bolívares una habitación de hotel que cuesta oficialmente 135 euros. Pero eso a Chávez se la trae al pairo.

Él sigue quemando madera. "Es la guerra", brama. Pero ya no le cree ni su padre.

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