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Matar y morirse

  • Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
    Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
31 de mayo de 2011
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El poeta argentino Antonio Porchia lo dice en diez palabras: "Tú crees que me matas. Yo creo que te suicidas". Un espejo macabro mira al asesino. Es desde esa cara reflejada, como este percibe el verdadero peso de su acto. Escupe hacia arriba y la saliva moja su cara victimaria.

Nadie mata un cuerpo ajeno. Ese ser que se desgonza agujereado viste carnes inseparables de la humanidad del que dispara. Una misma sustancia recorre el brazo verdugo y la mano que flaquea. Por eso el que mata se mata a sí mismo y portará su propia muerte hasta cuando esta tenga consumación en el tiempo.

Entre tanto el homicida creerá que está a salvo, que el frío de la cárcel le lava su agonía. No advierte que sobre sus ojos permanecen los últimos ojos del acribillado, pero sobre su espalda es íntegro el organismo de este el que lastra sus vértebras cervicales y lumbares.

Aquella imagen del pescador que lleva a rastra en sus hombros el enorme bacalao capturado, es la del cuchillero condenado de por vida a llevar una muerte de por muerte. El asesino compra otra muerte y la añade a la propia. Cada víctima acrecienta esta contabilidad sombría.

Cuando llegue su turno indelegable, morirá de varias muertes luego de agonizar de muchos odios. Entonces comprenderá que sus disparos y punzadas han sido autoinmolaciones postergadas, defunciones que han ido perforando su anatomía colectiva, sus vísceras plurales.

¡Ah! pobres justicieros que matan y se matan en una única ocurrencia indivisible. Ordenan o ejecutan el exterminio, da lo mismo, sin percatarse de que están levantando el arma hacia la sien donde reside su íntima capacidad de juicio.

Es que los vivos forman un círculo comunicante, se sostienen unos a otros como espigas que se doblan pero no se quiebran porque hay muchas en el campo. Igual los muertos. Una solidaridad póstuma amalgama de alguna manera a quienes mantienen un ojo en lo incógnito y otro en el barro donde crecieron sus angustias y dichas.

Fundir en idéntico trance a un vivo y a un muerto, por la vía de la violencia, es un arbitrio que supera las potestades de los hombres.

De ahí que cuando un autor intelectual designa y un sicario dispara, se alteran a la vez los órdenes terrestres y los albedríos supremos.

Razón tiene Porchia, no hay homicidio sin suicidio. Matar y morir son episodios inseparables.

No muere la víctima, se van los dos.

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