Había una vez un país sin derechos para las mujeres que querían ser madres. Porque aunque tenían salvaguardadas sobre el papel todas sus atribuciones laborales en el caso de quedar embarazadas, nadie las contrataba si se encontraban en edad de procrear. En ese país, las mujeres debían renunciar a traer niños al mundo para prosperar profesionalmente y competir así en igualdad de condiciones con los hombres. Puesto que ningún varón se atrevía a abandonar temporalmente el empleo para ocuparse de la crianza de sus hijos en beneficio de su pareja por miedo a perder para siempre su trabajo, el respeto de sus compañeros y su propia hombría, las jóvenes comenzaron a dejar de parir.
Primero fueron las ejecutivas y profesionales, cuyos ritmos extenuantes hacían imposible mantener no solo una familia sino una relación medianamente estable. Luego la enfermedad se extendió hasta los cuadros medios y finalmente a las profesiones peor remuneradas. Todas ellas –directivas, cajeras de un supermercado, maestras, azafatas, abogadas o peluqueras– comenzaron a agregar en sus currículos los informes médicos que demostraban fehacientemente la ligadura de trompas practicadas en sus úteros. Ni siquiera las empresarias querían bombas hormonales a punto de reventar en cuanto se rozaran con un varón. Las cuentas no les salían. Meses y meses de baja por maternidad que debían suplirse con el sobrecosto salarial añadido. Y tras su reincorporación, años de blindaje que impedían echarlas a pesar de que faltaran constantemente al trabajo por culpa de los resfriados, colitis, varicelas y paperas varias de sus vástagos. El egoísmo se había apoderado de un país donde nadie pensaba nada más que en el dinero. Hombres y mujeres eran simples máquinas de producir. Esta es una idea que quiero soltar aquí: "prefiero una mujer de más de 45 o de menos de 25, porque como se quede embarazada, nos encontramos con el problema", advertía de vez en cuando Mónica Oriol, la presidenta del Círculo de Empresarios. "El sacrificio para llegar a un puesto directivo tiene un precio: o te casas con un funcionario o tienes un marido al que le encantan los niños", le gustaba añadir con sorna marinera. Ella era así, directa y sincera. Decía lo que pensaba la mayoría de empresarios. Como cuando criticó la obligación de pagar un salario mínimo. "Te obliga a pagar un sueldo a jóvenes aunque no valgan nada. Hay que darles un dinero que no producen", denunció tan campante.
Un par de años después, cuando se generalizó la esterilización de las mujeres entre 25 y 45 años, la gente comenzó a darse cuenta de que no había casi niños en las calles. Primero llamaron la atención las matronas, luego los vendedores de pañales, cremitas, sonajeros y sillas de bebé. La población se asustó y los políticos se dieron cuenta que, de seguir así, nadie podría pagar sus pensiones. Habría que recurrir a mano de obra de afuera. Gentes de otras culturas donde las mujeres se quedarían procreando mientras los hombres, sin formación, ocupaban los trabajos más ínfimos. ¿Pero qué pasaría con los empleos que requerían más cualificación? El país disponía de miles y miles de mujeres con formación universitaria (realizada en centros públicos mayoritariamente), varios idiomas y maestrías pagadas con mucho esfuerzo. Pocas querían renunciar a la posibilidad de ser madres, pero seguían viéndose obligadas. Por muchas campañas que hicieron los gobiernos y todas las ayudas a la contratación de mujeres fértiles, nada cambió. La presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica Oriol, se salió con la suya y los parques infantiles fueron reconvertidos en geriátricos. Nadie volaba ya cometas ni jugaba al escondite y dejaron de escucharse las risas y los llantos de los críos. Sin niños, desapareció la ilusión y el país entero cayó en la depresión perpetua. Como en la Metrópolis de Fritz Lang, la vida entera se mecanizó.
Esto no es un cuento. Mónica Oriol existe y vive en España, uno de los países con menor índice de fecundidad del mundo, 1,27 hijos de promedio por mujer. Pero ella no es la única que piensa así. Hay muchos y ustedes los conocen. Son un peligro.
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