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NI URIBISTAS NI SANTISTAS: COLOMBIANOS

  • HUMBERTO MONTERO | HUMBERTO MONTERO
    HUMBERTO MONTERO | HUMBERTO MONTERO
02 de abril de 2012
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Cuando todo va aparentemente bien, los políticos suelen cometer un frecuente error: desollarse vivos unos a otros por el simple placer que les provoca esparcir los restos en los entresijos del poder. Pasa en todas partes y es consustancial a nuestra estirpe. Un instinto primitivo que nos impide disfrutar con plenitud de lo poco o mucho que tenemos, un deseo autodestructivo que nos incapacita para saborear el presente y preparar con la necesaria cautela el futuro más inmediato. No es un estigma sino más bien un rasgo que, con mesura, nos incita a revolvernos incluso en los momentos de más intensa placidez y nos impide apoltronarnos para avanzar en una eterna espiral de destrucción creadora. Esta inclinación está, sin embargo, superdesarrollada entre la clase política, a la que cabe recordar que está a nuestro servicio y no al de los más bajos sentidos.

Yo no vengo a dar lecciones. Sólo quiero recordar que no hace tanto en España disfrutábamos de una prosperidad desconocida. Con unos indicadores económicos que nos acercaban a pasos agigantados a Francia, la vecina rica, este pedazo de tierra se convirtió en El Dorado de muchos y ejemplo por seguir para el mundo desarrollado. Mientras los medios financieros más reputados dedicaban portadas al "milagro español", nuestros políticos comenzaron a mirar hacia el pasado y a desempolvar viejas rencillas. Pensaron que la maquinaria económica funcionaba sola y se dedicaron a sus agotadoras batallitas. Su estúpido engreimiento y nuestra indolencia, que nos impidió mandarles a todos al "carajo", han hipotecado presente y futuro durante unos años. Aún somos un país grande, una potencia, pero con unos Presupuestos Generales del Estado similares a los de 2004. Un retroceso que nunca debió producirse y cuyos principales culpables son los políticos. Es decir, todos nosotros. Porque nuestro deber ciudadano no concluye al depositar una papeleta en una urna.

Por eso, observo con preocupación la persistente "guerra" que se libra en Colombia entre quienes prefieren revisar el pasado -por muy reciente que este sea- con aires revanchistas e inventar afrentas que a nadie importan en lugar de concluir, por ejemplo y de una vez por todas, una autopista que recorra toda la franja caribeña. Y leo con inquietud la "propuesta política para retomar el rumbo" de don Luis Carlos Restrepo , a quien sugiero encarecidamente que deje de hacer daño a la imagen exterior de su propia patria, pues un país sin garantías judiciales es un país a todas luces muy poco fiable, y regrese a casa a afrontar con la cabeza alta cuantos procesos le echen en cara.

A estas alturas, creo que a muy pocos colombianos les importan estas escaramuzas entre "uribistas" y "santistas", que alguno habrá. El país, señores, está ocupado en aprovechar al máximo la expansión económica y preocupado por un futuro incierto. Colombia -señor Santos, señor Uribe- se afana en prosperar y está cansada de reproches. Aunque comparar al presidente con Pastrana (Andrés) está tan fuera de lugar que no merece la pena ni siquiera comentarlo, las 13 páginas que don Luis Carlos -a quien reitero mi anterior consejo- dedica a castigar al Gobierno evidencian una ruptura abrupta entre el oficialismo y el "uribismo" que sólo se puede explicar por el "canibalismo" político de dos facciones afines.

De esta disputa sólo Colombia sale perjudicada. Por eso, les exhorto una vez más -señor Presidente, señor expresidente- a que pongan fin a esta grotesca riña con un encuentro público en Nariño, una comida y un abrazo. Y aquí paz y después gloria. No vaya a ser que con tanto barullo se nos olvide gobernar. Si fue posible con Chávez, cómo no entre ustedes. No olviden, además, que ninguno de sus votantes pasados o futuros nació "uribista" ni "santista". Nacieron colombianos.

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