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HISTÓRICO
No todo está perdido
Santiago Silva Jaramillo | Publicado el 22 de septiembre de 2011
En las últimas semanas se han publicado en diferentes periódicos por lo menos una docena de artículos y columnas de opinión dedicadas a analizar el tema de nuestra perversidad como sociedad. Se habla de la "cultura mafiosa", de la desvergüenza nacional, de la cultura de la ilegalidad y del facilismo moral. Según estos expertos y creadores de opinión pública, nuestra sociedad se encuentra atravesada por una corrupción natural de la que no puede escapar y que determina su desastroso porvenir.

Existe una satisfacción extraña en estas denuncias. Por un lado, es la realización de aquel que es capaz de señalar los problemas con la superioridad propia de los profetas; es conocer la razón del "porqué estamos como estamos" y gritarla desde un pedestal con pretenciosa suficiencia. Pero también se sustenta en el hobby nacional de autoflagelarnos con las implicaciones de nuestra realidad como sociedad.

Ahora bien, no estoy diciendo que no haya problemas en el país ni que estos no representen desafíos enormes para nuestra sociedad. Tampoco sostengo que el diagnóstico que muchos analistas hacen sobre las razones de nuestras dificultades no sea cierto.

Lo que digo es que, más allá del ejercicio necesario, y a veces hasta satisfactorio, de señalar nuestros defectos, convencernos de que la naturaleza de la sociedad colombiana, y por tanto de muchos o la mayoría de quienes la conformamos, está infectada por una incurable enfermedad de intolerancia, violencia e ignorancia no es muy útil. Pero tampoco, y esta es mi mayor preocupación, del todo cierto.

Porque la verdad es que no todo está tan mal, más aún, no todo lo que representa nuestra sociedad o en lo que se embarca nuestro país está perdido. Lo que quiero hacer es un llamado, intentando no caer en sensiblerías o patrioterismos, a mantener la esperanza en nuestro potencial para ser mejores y además, para convencernos de que, con todo, somos buenos.

De igual forma, no me gusta la tendencia colombiana al pesimismo porque nos permite dedicarnos a otro de nuestros pasatiempos favoritos: la resignación. Porque afirmar que nuestra sociedad se encuentra destinada a la maldad es negarle cualquier margen para mejorar; suspenderle la posibilidad de creer en ella misma. Pues ¿cómo luchar contra fuerzas tan poderosas como la "cultura mafiosa"? Mejor acostumbrarse a vivir con ella que combatirla, pensarán muchos.

A los colombianos siempre nos ha gustado la compañía odiosa del pesimismo. Sabemos muy bien cómo dejarnos llevar por el cinismo en cuanto a nuestro propio país, nuestro futuro y nosotros mismos. Según esto, el mundo y nuestra naturaleza perversa se han confabulado para mantenernos en la situación desesperada en la que supuestamente estamos.

Pero insisto, no todo está perdido y mantener la esperanza en las posibilidades de nuestro futuro no es un ejercicio de puras ilusiones. Al fin de cuentas, lo hemos hecho en incontables ocasiones, y después de todo, aquí estamos. Hemos prevalecido porque, a diferencia de lo que algunos quieren hacernos creer, no somos tan malos.