¿Quién va a hacer la oposición política -reflexiva y constructiva- en la administración Santos?
A los del Partido Verde, con toda su armazón jerárquica, no les vemos garra ni ganas de interpretar este protagonismo, fundamental en las democracias actuantes y operantes. Son más académicos que activistas.
Carecen de la malicia necesaria para atender las maniobras y juegos de la política colombiana. Por lo general, han practicado su papel en la controversia, con un maniqueísmo propio de las religiones fundamentalistas. No lo vemos en este papel de proponer -planteando otras opciones- o de combatir con decisión y arrojo medidas discutibles del gobierno que hace cuatro días comenzó.
El Polo está dividido. El germen del anapismo lo ha debilitado. Los descendientes del populismo rojista tienen una gran influencia en este partido, empujados desde la Alcaldía de la capital del país.
No se han podido desprender de los rezagos de la Anapo, que si bien en 1970 estuvo al borde del poder presidencial, en dos años se derrumbó su caudal electoral, debido a la rapacidad de sus actores, a la agresividad canibalesca de sus dirigentes y a la desaparición de su caudillo de la escena política.
Hoy, el Polo cuenta en su estructura ideológica con figuras que tienen una concepción socialista de la economía y otros, los usufructuarios de canonjías y contratos, se aferran a los principios del populismo. Así, resquebrajado, será difícil, por no decir imposible, que se pueda constituir en oposición, en alternativa real de poder.
Un gobierno sin oposición no funciona adecuadamente en una democracia.
Desaparece la fiscalización que es el muro de contención para que no se desborde la corrupción a través de la impunidad. Una democracia sin oposición, tiene la tendencia y la tentación a convertirse en autocracia. Toda democracia necesita, no solo de la oposición política, sino que la reclama como organismo fundamental para ejercer sus funciones a plenitud.
No sabemos hasta cuándo va a durar la Unión Nacional.
Ojalá perdure en el tiempo. Esa congregación de partidos y matices ha sido, a través de la historia política colombiana, si no efímera, sí de relativa duración.
Máxime cuando no se mueve esencialmente por tesis de desarrollo nacional, de filosofía de Estado, sino oxigenada por cuotas burocráticas que se dan a manos llenas para sostener la gobernabilidad. Riesgo de transitoriedad que se corre cuando hay temperamentos explosivos, difíciles de sosegar, que podrían plantear crisis más ligero de lo que se supone.
Hay elementos tan ariscos en esta sociedad política que a su lado, algunas explosiones de Uribe Vélez serían del tamaño de las que pudo tener alguna vez Teresa de Calcuta.
Le deseamos lo mejor al gobierno Santos. El país sensato lo desea y lo demanda. Tiene retos económicos, internacionales y sociales inaplazables. Hay mucho por conquistar y por solidificar.
Pero requiere para estructurar sus ofrecimientos de campaña y su acción de gobierno, de una oposición pensante, actuante y civilizada. Que vigile y contribuya para darle sentido a la democracia.
A ese sistema que se inspira en gobiernos fuertes y justos y en donde el unanimismo, impuesto a través de una coalición única, de un partido único y de un pensamiento único, se quede tan solo como forzosa herencia de los estados autocráticos, llámense fascismo o marxismo.
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