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SOBRE TANTOS FINES DEL MUNDO

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21 de diciembre de 2012
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Estación Armaggedón (nombre que aparece en Apocalipsis 16, 16), queda quizá en alguno de esos puntos milenaristas o escatológicos que ciertos grupos de crédulos cada tanto dan por ciertos para ver cómo la tierra vuela en pedazos y así, entonces, se acabe el mundo para los hombres y las mujeres. Porque lo cierto es que así el sol estalle y barra con el sistema solar (como pasa con las novas), el universo no llegará a su fin ni las bacterias que lo habitan se acabarán. Y si bien los seguidores de la destrucción (en este caso de la Cuenta Larga de los mayas), que al no entender lo que nos pasa quieren que todo se desbarate y por eso ayer (21-12-12) se prepararon para desaparecer o sobrevivir entre los escombros a la espera de extraterrestres amigos, quedaron, como dicen las señoras, con los crespos hechos o mirando hacia el páramo, la realidad es que la tierra sigue girando (bien que mal) y con ella todos los daños que le hemos hecho y los que nos hemos propiciado entre nosotros.

Esta idea de un fin del mundo, tan aprovechada por los caricaturistas y los predicadores oportunistas occidentales, tuvo su origen en la bíblica batalla de Meggido (en la llanura de Esdrelón) y en el valle de Josafat donde se asistiría al juicio final. Pero con los días, debido a la sobrepoblación y a la confusión propia de tanta gente junta, al final esperado se le anexaron extraterrestres, búnkeres para sobrevivientes escogidos, guerras bacteriológicas, movimientos fanáticos musulmanes, arcas tecnologizadas, mantrams para no sentir nada y hasta seguros que respondan por todo aquello que se dañe. Todo un elogio a la locura, al mejor estilo e intención de Desiderio Erasmo de Rotterdam. Solo faltan visas a los lugares más privilegiados del más allá, que exigirán hablar inglés y donar buenos fajos de dólares.

Es claro que buena parte de la especie humana tendrá un final (en especial los 10 millones de habitantes de Los Ángeles, según el escritor burlón Dustin Thomason ) y ya hemos hecho demasiado para que el hábitat sea invivible, tanto en términos de daños a la naturaleza como a la economía y la educación. Cada vez más ignorantes, cada vez más codiciosos, cada vez más asustados, la mayoría de los hombres y mujeres del planeta se dirigen al vacío. Y caerán muchos, pero no es claro ni cuándo ni dónde. De momento algunos caen en manos de las brigadas anticorrupción, los grupos antiterroristas, los predicadores milenaristas, los partidarios de un D’s sin tierra y los behavioristas. Y el caos es claro, en especial la información, que se mantiene revuelta, miente y dice nada. Que es casi un fin.

Acotación: cuando el mundo se acabe, me avisan, dice un amigo que vive en un pólder de Holanda. Allí escribe notas sobre la llegada de iraníes intelectuales, se rige por un calendario chino y se ha dedicado a la comida belga, que si bien no es la más deliciosa, al menos no causa estreñimientos severos. Y ahí va.

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