Desde su origen en el siglo 19, los ejércitos nacionales han tenido una organización, un equipamiento y un entrenamiento para su misión fundamental: la defensa del territorio en donde se asienta la nación en general, el país en particular y el gobierno de turno en específico. La "Patria", que llaman algunos. La Policía tiene una génesis diferente y se debe a otra organización, equipamiento y tarea básica: mantener el orden interno. Claro que políticos ambiciosos, inmorales o estúpidos -¿suena redundante?- coludidos con los jefes militares y policiales respectivos, han utilizado los ejércitos para conquistar territorios y esclavizar pueblos y han usado la policía para someter y victimizar a sus conciudadanos.
En América Latina, los ejércitos nacionales han servido para expulsar conquistadores, decidir fronteras, sostener dinastías tiránicas, derrocar gobiernos democráticos, hacer progresar países, para defender los intereses económicos de potencias explotadoras y para combatir guerrillas comunistas, entre otros cometidos.
Hoy en día, los ejércitos de la región se mueven entre tres tendencias. Una: convertirse en el brazo armado del régimen en el poder: "Patria, socialismo o muerte", grita el requetearmado ejercito vecino. Nicaragua, Bolivia y Ecuador van por la misma senda autoritaria. Otra: argumentando un desborde delincuencial, gobiernos como los de México, Brasil, Guatemala, El Salvador, Honduras, Colombia, emplean los militares para lidiar con asaltantes callejeros y narcotraficantes, "policivizándolos" y cargándolos con el desprestigio institucional que esto conlleva. Y la tercera: frente a ejércitos altamente motivados, mejor organizados, más eficaces y eficientes que cualquier partido político, las estructuras policiales se presenten más flexibles y prácticas para los intereses políticos del momento. De ahí que desde los 60 las guardias nacionales, una mezcla de soldados y policías, se vean más convenientes para algunos gobiernos. Lo anterior, sin mencionar aquellos Estados que consideran el ejército un gasto innecesario.
En Colombia ¿Estamos policivizando nuestro Ejército?
Hay indicios: el sobredimensionamiento oportunista de la figura de un exjefe policial, el proyecto de un superministerio de la Seguridad, las probables negociaciones habaneras sobre reducción del pie de fuerza, los foros internacionales para aclimatar actividades agrícolas de los militares en el tal postconflicto, el despliegue de unidades militares para combatir el narcotráfico y el empleo de soldados para controlar la protesta social. Con todo, es nuestro Ejército una de las instituciones colombianas más confiables a pesar de las gravísimas fallas de algunos de sus miembros y de los ataques malévolos de algunos políticos y jueces. Sigue siendo un cuerpo con disciplina y valor, que continúa derramando su sangre para contener la amenaza narcoterrorista de los estalinismos fariano y eleno.
Los soldados y los policías no tienen labores contrapuestas sino complementarias. Pero confundir sus roles es muy riesgoso, para ambas instituciones y para los ciudadanos.
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