Un Chrevrolet 1954, café y blanco, tipo bola, sirve a Pedro García de local comercial. Lo estaciona todos los días, desde las seis, en una esquina de La Bayadera para vender herramientas.
Es su local, sí, porque no lo usa para otra cosa. El vientre redondeado de ese armatoste no sabe lo que es estar vacío y descansado desde hace dieciocho años.
Así, atestado de mercancía, lo deja guardado en las noches en un parqueadero cercano y se va a su casa, en Robledo, en transporte público como cualquier parroquiano que careciera de auto. Y tiene razón: sería mucho el tiempo que gastaría en desocupar ese viejo auto.
Pedro García es un paisa cuyo segundo apellido debe ser Negocio. Apodado Pichirilo, este manizaleño salió de su ciudad natal cuando era un mocoso de ocho años, en busca de aventuras y plata.
Llegó primero a Cali, donde se ganó la vida en revuelterías y mercados, hasta que alcanzó a tener su propia carnicería. Fue muy próspero. Pero uno a veces, aunque le esté yendo bien, trata de cambiar el estilo de vida, usted sabe, a pesar de que con esto se vaya el negocio, con tal de dejar los vicios.
"En esa época yo estaba muy entregado al trago". Un carnicero se toma el primer chorro a las cuatro de la mañana, para contrarrestar los fríos de la cava y ahí, songo sorongo, sigue todo el día a media caña. Once años estuvo en La Sultana del Valle.
Vender mercancía en los pueblos se constituyó en otra etapa de su vida. No lo había hecho nunca, pero como de bobo no tiene un pelo y es dueño de un arranque que se le nota con solo hablar, pensó que no podía resultar tan difícil eso de las correrías por la Costa, los Llanos y el Sur, cargado de ropa unas veces o de ollas de aluminio y platos de loza en otras ocasiones.
No tardó en conseguirse un carro. No éste; otro.
"Llevo 35 años con estos carros". De los dieciocho que lleva en La Bayadera, los primeros doce los pasó dando vueltas en el pichirilo. No se estacionaba en parte alguna. Tenía un altoparlante que amplificaba su voz grabada en un casete, anunciando herramientas nuevas y de segunda: alicates, destornilladores, raches, pinzas, cortafríos, hombresolos, llaves de todas las dimensiones, martillos...
Pero un día pensó que era mejor quedarse quieto. Por una parte, la gente lo ubicaría más fácil. Por otra, no gastaría más ese gasolinazo tan horrible.
"Hey, Pichirilo, que cuánto da por esta llave de fuerza. Está nuevecita", le inquiere un hombre, entregándole un estuche de cuero, del cual el vendedor saca la herramienta. "Cuánto está pidiendo, diga a ver...", respondió Pedro. "Cuarenta lucas". "¡Cuarenta lucas! Diga que le doy veinte o, mejor, que venga para que negociemos". Y dejó el elemento entre los suyos, como si diera por hecho que se concretaría el trato.
Desde niño, Pichirilo está acostumbrado a madrugar. Se levanta a las tres o tres y media de la mañana, monta tintico y espera que los demás de la casa se levanten. Son cuatro guerreros, tan negociantes, que si él se descuida lo venden y enciman esa gorra de visera que le protege su rostro.
Su esposa, María Ernestina, una mujer que ahora "trabaja bueno" en su puesto de ropa en el Bazar de San Antonio, en comparación de antes, cuando tenía una chaza a la intemperie.
Sus dos hijos, Fernando Alberto, quien maneja una niñera, uno de esos tractocamiones que transporta autos en su remolque, y John Edison, que se amañó un tiempo como soldado profesional y luego de siete años se salió de ese trabajo tan duro, combatiendo guerrilla en Caquetá y Putumayo, y desde hace dos años consiguió un Ford 55 para comprar fresa a campesinos de Oriente y revenderla en Medellín o, como hace por estos días, comprar refrescos cuando les falta ocho días para su vencimiento y rematarlos sin demora.
Llueve. Pedro corre a tapar la mercancía con un plástico, el cual es un complemento a la carpa que mantiene instalada en la parte trasera del Chevrolet. Él, en tanto, corre a sentarse en un local cercano.
Los mecánicos le tienen tanta confianza a García, que le piden herramienta prestada, a cambio de lo cual le dan quinientos, mil pesos, cuando terminan el trabajo.
Hace seis meses, le compró a un amigo otra bola, un Ford 56, por un millón de pesos, la cual él le había vendido hacía dos años por siete millones. "Esa bola fue de la Policía". La surtió de ollas y encargó a un hombre para que se fuera en ella a vender los trastos a Tierralta, Córdoba.
"Ah, es que la plata está hecha, sólo hay que salir por ella".
Pico y Placa Medellín
viernes
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2 y 8