Las 200 preguntas sobre el Bicentenario de la Independencia hechas por estudiantes de bachillerato de todas las regiones pueden marcar una suerte de giro copernicano en la enseñanza de la historia patria. Es probable que dos o tres generaciones más adelante los maestros y los alumnos comprendan que todas las guerras y todos los conflictos políticos han diezmado el país, han envenenado el alma nacional, pero no han destruido lo fundamental. ¿Por qué no?
Entre las 200 cuestiones (de más de 16.000), escogidas por una comisión de historiadores a instancias del Ministerio de Educación, puede haber algunas ingenuas y simplonas (apenas como para conocer la Patria Boba), pero muestran un despertar de la curiosidad inquisitiva de muchísimos jóvenes y motivan un oportuno replanteamiento de las líneas temáticas de la historia que ha de enseñarse.
Tal vez si las hazañas guerreras muchas veces poetizadas hasta la cursilería y la ficción inverosímil ("?Permite Dios poderoso que yo plante esta bandera, donde se mece altanera la del español odioso?") se presentaran en prosa llana y en sus reales proporciones, si el ejemplo hermenéutico de los historiadores perspicaces e independientes primara sobre los escritos de amanuenses obedientes a gamonales y jerarcas militares y políticos, captaríamos el verdadero sentido de la historia como ciencia que nos hace posible aprender del tesoro inmenso de los errores para comprender el presente a partir del conocimiento del pasado, avanzar en paz hacia la convivencia, ganar en cultura y civilización y atinar en la reflexión sobre de dónde venimos y para dónde vamos.
Pese a las circunstancias adversas y a la casi irresistible tentación belicosa, por los años y los territorios colombianos ha discurrido gente proyectiva, dotada de ánimo futurista y voluntad emprendedora, gente por lo regular anónima, que mediante su trabajo silencioso y constructivo ha impedido la destrucción por las confrontaciones fratricidas y por el culto sumiso al caudillismo sectario y a los queridos viejos odios.
Hay otra historia detrás de las semblanzas de próceres, héroes y mártires. Nunca dejarán de ser atrayentes los protagonistas y los acontecimientos estelares. Pero la historicidad de los seres humanos comunes y discretos y de los hechos sociales anecdóticos y cotidianos estaba o está por enseñarse.
La historia sin grandes protagonistas, sin sabios ni estadistas, sin escritores ni artistas e incluso sin héroes, la historia sin hombres y mujeres representativos, hasta sin guerras, sería un monótono y engañoso cuento de hadas. Pero sin ciudadanos, sin episodios triviales y minisucesos de la vida diaria, sin curiosidades ni datos insólitos, no dejaría de ser la misma secuencia lejana y ajena que hemos venido aprendiendo desde la infancia, la infancia nuestra y la de esta nación. Una historia sin gente, es una gente sin historia.
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