Después de tanto analizar la situación que vive Medellín, de haber propuesto y ensayado muchas soluciones, volvemos a darnos cuenta de que nada de lo que se ha dicho y hecho alivia el duro panorama de violencia.
Y la razón es, quizás, sencilla, pero difícil de aceptar: no hay compromiso de todos. Y todos, somos todos. La Autoridad y la comunidad. Vivimos en una sociedad inactiva, inadvertida, metida en una burbuja, a la que poco o nada le interesa el problema de violencia mientras no afecte su círculo más íntimo. Nos está matando eso de que "si no es conmigo, no me importa".
Las comunidades barriales en la ciudad, en la mayoría de los casos, conocen al delincuente. Saben dónde vive, de quién es hijo. Muchos lo vieron nacer, crecer y surgir dentro de los grupos ilegales y ahora conviven con él.
Esa situación, la de conocer al criminal, que debería ser una fortaleza en la lucha contra la delincuencia, se ha convertido en su escudo protector, pues a esa misma comunidad le da miedo denunciarlo, en algunos casos; pero en otros, lo protege y le alcahuetea sus fechorías.
La gente puede ver que el delincuente (muchas veces su vecino) extorsiona, consume o vende alucinógenos, asesina y amenaza, porta armas, dispara en muchas ocasiones para crear terror, pero a nadie eso le importa, porque no es con él ni con su familia. Si al menos tuviésemos un poco de compromiso y pensáramos en el bienestar de todos, buscaríamos la forma de denunciar sin temor. Eso obligaría, de paso, un mayor compromiso de las instituciones del Estado, de su justicia, y lograríamos muchos más resultados en la lucha contra la delincuencia.
Esa confianza que necesita la ciudadanía para acercarse a sus instituciones demanda también el compromiso férreo y total de las autoridades, que deben desempeñar sus funciones con sentido de pertenencia y probidad, con amor por lo que hacen y con el objetivo claro de restablecer la paz que necesita nuestra sociedad.
Los miembros de la Fuerza Pública y de los órganos de justicia también hacen parte de esa sociedad y, por ende, de la solución. De lo contrario, terminarán haciendo parte del conflicto.
De esa mutua colaboración se desprende en buena medida la posibilidad de resolver el problema. A una ciudadanía que es capaz de denunciar los vejámenes de los delincuentes, desenmascararlos y llevarlos ante la ley, hay que responderle con contundencia y eficacia, con transparencia y rapidez. Sólo así se logra la armonía y el éxito en el funcionamiento del Estado Social de Derecho, clave para la aplicación de justicia.
Aquí juegan un papel vital los padres de familia y los maestros. Son ellos los que deben educar a sus hijos en principios y valores. Familias que con el ejemplo y la disciplina eviten tener que ver crecer a sus hijos en el delito y convivir con los delincuentes. Escuelas para el conocimiento y el desarrollo personal. Por ahí comienza la solución.
* Alumno del Cidenal.
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