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En Venecia conservan abejas sin aguijón que producen miel con perfiles de sabor propios

Un campesino de ese municipio creó un meliponario para trabajar con abejas nativas, que son menos defensivas que las abejas comerciales. Esta es la historia de unos animales vitales para la vida en el planeta.

  • Juan Pablo Villa es el fundador de El Zángano, un meliponario en Venecia, Antioquia. FOTO manuel saldarriaga
    Juan Pablo Villa es el fundador de El Zángano, un meliponario en Venecia, Antioquia. FOTO manuel saldarriaga
  • El interior de una caja tecnificada muestra la forma en que las abejas construyen el interior de las colmenas. FOTO manuel saldarriaga
    El interior de una caja tecnificada muestra la forma en que las abejas construyen el interior de las colmenas. FOTO manuel saldarriaga
09 de octubre de 2026
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Antes de visitar las colmenas y de probar las distintas mieles, Juan Pablo Villa Herrera dice que en ese patio de la Hacienda La Amalia (Venecia) se grabó una de las escenas de Bajo el cielo antioqueño, la película pionera del cine colombiano y, para algunos, síntesis de la idiosincrasia antioqueña de finales del siglo XIX y principios del XX. Propenso a las bromas, Juan Pablo dice que antes de la entrevista debemos probar el café. Desaparece unos minutos, dejándonos en un edificio de dos pisos, sin paredes, donde se almacenaba el café de la hacienda. Vuelve con un balde blanco, lo abre y de este sale el zumbido de las abejas.

Nos da a probar pedazos del panal. Justo en ese momento, incluso antes de presionar el botón de grabar, recibimos la primera revelación de la mañana. Nos dice que las abejas no atacan a las personas por un impulso agresivo sino porque sienten que la colmena está en peligro. Y sí: del balde salen algunas abejas, indiferentes a nuestra presencia. Juan Pablo toma un trozo de panal, lo pone sobre un método de preparación de café y cuenta una historia que involucra a un borracho de pueblo en la creación de esta forma particular de endulzar el café. Juan Pablo es rápido, tiene la facilidad de palabra de los guías turísticos.

Apenas comienza la entrevista, Juan Pablo cuenta que, salvo un breve periodo en Medellín, siempre ha vivido en Venecia. “Al otro lado de esa montaña –señala una ladera boscosa– está la finca de su padre”. Dice que tiene 32 años y que se formó en la meliponicultura viendo videos de YouTube.

—¿Meliponi qué? ¿Qué es eso?

—Meliponicultura. Quienes trabajamos con abejas nativas nos llamamos meliponicultores. Los que trabajan con abejas Apis mellifera se llaman apicultores.

Hagamos una pausa. Muy probablemente cuando usted escucha la palabra abeja se le viene a la mente la imagen de la Apis mellifera. Y no es su culpa. Casi todas las referencias literarias y pop sobre las abejas remiten a esta especie. Por ejemplo, en el segundo párrafo de La vida de las abejas, el escritor belga Maurice Maeterlinck, Nobel de Literatura en 1911, aclara que su trabajo no será una monografía al uso de Apis mellifera sino un conjunto de observaciones de esos animalitos que conoce y ama. Seamos mediáticos. ¿Recuerda a la abeja Maya, la protagonista de una serie televisiva de los ochenta? Adivinó: Maya es Apis mellifera. Podríamos seguir la lista, pero creo que el punto quedó demostrado.

¿Por qué ocurre esto? El zootecnista Anderson Bustamante Penagos, profesor de cátedra de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Antioquia, expondrá en una entrevista posterior a la visita a Juan Pablo un argumento de peso, literal. La Apis mellifera es la abeja más productiva del mundo, al menos a nivel comercial. Una colmena de esta especie produce en condiciones óptimas un promedio de 30 kilos de miel al año mientras una colmena de abejas nativas hace con suerte entre una libra y un kilo de miel en el mismo tiempo. Además de este factor de productividad, la Apis mellifera tiene aguijón mientras que las abejas agrupadas en la familia de las Meliponini (las nativas, para ser más coloquial) carecen de él.

Volvamos a la Hacienda La Amalia, a la entrevista con Juan Pablo. Él cuenta que entre 2012 y 2013 comenzó a trabajar con abejas angelitas (nativas). Su crianza en el campo lo familiarizó con esta especie, que los abuelos de la zona tenían en la parte de atrás de la finca y cuya miel tiene fama de combatir las enfermedades de los ojos. No obstante, fue en 2019 cuando creó el Zángano, un negocio verde dedicado a la conservación de 19 especies de abejas nativas, tanto aquellas que viven en comunidad como las que son solitarias. Aquí otra aclaración: no todas las abejas hacen colmenas. Por el contrario, según cálculos de los expertos, el 90% de las abejas en el mundo no crean colmenas ni tienen reina ni almacenan miel.

—¿Por qué escogiste el nombre de Zángano para tu negocio? Uno lo asocia con los vagos...

—En la vida cotidiana uno cree que un zángano es un vago. En los pueblos lo comparamos con la persona que no trabaja, que se levanta tarde, que no tiene un proyecto de vida. Pero, cuando me metí en este mundo, me di cuenta que el zángano tiene un valor muy importante. Por ejemplo, en las abejas Apis mellifera, el zángano transmite entre el 80% y el 90% de la genética cuando fecunda a la reina. Entonces, si tenemos los mejores zánganos, tenemos mejores colmenas.

—Y por qué decidiste trabajar con las abejas nativas?

—Cuando hablo de esto uso una palabra que muchas personas no han escuchado: la palabra serendipia. Se trata de un hallazgo afortunado que te cambia la vida, aunque no lo estés buscando. A mí me pasó algo similar. Yo he sido un campesino emprendedor. Trabajé con muchas cosas: con los bonsái, en un vivero, intenté en el tema de tostar café. Pero una vez llegué a unos videos de unas abejas, pero abejas sin aguijón.

—¿Y cuándo supiste que ahí había una opción de negocio?

—Esto para mí era un hobby. Empecé a tener abejas, incluso vecinos tenían abejas y se las empecé a comprar. Me di cuenta que la miel de estas abejas tiene unos atributos especiales, medicinales.

Hablemos de la miel. El diccionario de la Academia de la Lengua Española la define como una “sustancia viscosa, amarillenta y muy dulce, que producen las abejas transformando en su estómago el néctar de las flores, y devolviéndolo por la boca para llenar con él los panales y que sirva de alimento a las crías”. En estricto sentido semántico y químico, la miel depende del néctar de las flores que las abejas recolecten. El profesor Anderson Bustamante Penagos explicará que el aroma, el color y el sabor de cualquier miel están determinados por las flores que visitan las abejas. En consecuencia, la miel de una Apis mellifera será distinta a la de una Angelita o cualquier otra nativa (hay una que tiene el nombre popular de Boca de sapo). ¿Por qué? Por pura física: al ser más pequeñas, las abejas nativas pueden libar en flores más pequeñas, inaccesibles para la Apis mellifera.

El interior de una caja tecnificada muestra la forma en que las abejas construyen el interior de las colmenas. FOTO manuel saldarriaga
El interior de una caja tecnificada muestra la forma en que las abejas construyen el interior de las colmenas. FOTO manuel saldarriaga

La historia del consumo de la miel es más larga que el cristianismo. Algunos investigadores se remonta a ocho mil años atrás, al menos eso se intuye de ciertas pinturas de la edad de piedra. El tiempo pasó y la miel estuvo presente en la dieta de varios pueblos a lo largo y ancho del mundo. “Los antiguos egipcios, asirios, chinos, griegos y romanos empleaban la miel para tratar heridas y enfermedades intestinales”, escribe el profesor Tahereh Eteraf-Oskouei.

Las medicinas ayurvédica (una tradición india con más de cinco mil años de antigüedad) y egipcia recomendaban el consumo cotidiano de miel. Tan es así que los médicos del país de los faraones la incluían en más de quinientas recetas. Los griegos no se quedaron atrás. “Hipócrates, el gran científico griego, prescribió una dieta simple, favoreciendo la miel administrada como oxímel (vinagre y miel) para el dolor, hidromel (agua y miel) para la sed, y una mezcla de miel, agua y diversas sustancias medicinales para las fiebres agudas. También utilizó la miel para la calvicie, la anticoncepción, la cicatrización de heridas, la acción laxante, la tos y el dolor de garganta, las enfermedades oculares, la antisepsia tópica, la prevención y el tratamiento de cicatrices”, se lee en el estudio de Eteraf-Oskouei.

Investigaciones recientes demuestran que los antiguos no estaban equivocados en su creencia en el poder de la miel. Sigamos con el artículo del profesor Tahereh Eteraf-Oskouei. En un pasaje dice: “El descubrimiento más notable fue la actividad antibacteriana de la miel, mencionada en numerosos estudios. La miel natural exhibe actividad bactericida contra muchos organismos, incluyendo Salmonella, Shigella , Escherichia coli , Helicobacter pylori, etc. En un modelo inflamatorio de colitis, la miel fue tan efectiva como el tratamiento con prednisolona. La investigación también ha indicado que la miel puede poseer actividad antiinflamatoria y estimular respuestas inmunitarias dentro de una herida“.

Regresemos a la entrevista con Juan Pablo. En un momento, él se hace detrás de una barra y pone en su superficie varios frascos pequeños con tipos diferentes de miel. La mayoría de los citadinos hemos paladeado la producida por Apis mellifera; otros pocos, con raíces campesinas, conocen la hecha por las Angelitas. Juan Pablo dice que si las condiciones de flora cambian a su alrededor una colmena puede crear una miel distinta entre un año y el otro. A renglón seguido destapa un frasco, nos pasa unos palillos y dice que humedezcamos la punta. Lo hacemos y comienza el viaje de sabores por las flores. Esa experiencia sensorial la reviviré después, leyendo a saltos el libro de Maeterlinck, En un pasaje pintoresco, habla del destino de la reina de la colmena y su vínculo con la miel. Es un trozo de prosa que se degusta: “Es curioso ver que tantas cosas, tantos órganos, tantas ideas, tantos deseos, tantos hábitos, todo un destino, se hallan así en suspenso, no en una simiente —esto sería el milagro ordinario de la planta, del animal y del hombre—, sino en una sustancia extraña e inerte: en una gota de miel”.

Juan Pablo dice que las abejas son el termómetro de la naturaleza. Si están ausentes de un ecosistema, las cosas no están bien. También dice que son una de las especies más importantes de la naturaleza. “Son las encargadas por excelencia de la polinización y cada especie visita tipos de flores específicos”, dice. Pongámoslo en palabras sencillas: si las abejas desaparecen, muchas de las flores y los frutos actuales desaparecerían, al menos en su estado silvestre. El profesor Anderson Bustamante Penagos le dará cifras a la catástrofe. “Alrededor del 70% de las plantas que consumimos los seres humanos requieren de un proceso de polinización entomófila (donde los insectos llevan el polen de la flor masculina a la femenina para generar el fruto). No se acabaría la comida porque hay muchas plantas que se reproducen de otras maneras, pero sí gran parte de la de los alimentos desaparecería. Entonces estaríamos sufriendo una falta en la soberanía alimentaria”, dirá.

—¿Y por qué están en peligro las abejas?

—La gente todavía usa agroquímicos y pesticidas que se quedan en las flores y envenenan a las abejas–, dice Juan Pablo.

A la misma pregunta, el profesor Anderson Bustamante Penagos responderá.

—Varios químicos de alta toxicidad para polinizadores que ya han sido prohibidos en Europa continúan comercializándose y aplicándose en Colombia. Falta voluntad para mejorar la legislación.

Los expertos estiman que en Colombia hay alrededor de 500 especies de abejas nativas, distribuidas en diferentes partes del país. El profesor Anderson Bustamante Penagos aclarará que no hay estudios precisos sobre la cantidad de las especies en suelo antioqueño.

Tal vez conviene cerrar esta historia con el vistazo que le damos a una de las abejas nativas del meliponario El zángano, de Venecia. Por unos cuantos segundos, Juan Pablo abre una caja tecnificada (una estructura modular para trabajar con abejas) y nos muestra una abeja solitaria, que produce poca miel. A simple vista parece un trozo de luz verde que vibra, que deslumbra. Ahí está, sola, puesta por fuera de la industria de los alimentos. Soberana. Quizá todos los animales deberían compartir su destino, incluso aquellos sobre los que descansa nuestra alimentación. No están en el mundo para engordarnos. Están aquí por las mismas razones que explican nuestra existencia: azar y tiempo. Nada más. Nada menos.

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