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“En Medellín, las obras tienen que pegarlas con un relato social”: Sergio Fajardo

Fajardo estuvo en la celebración de los 20 años de Medellín Como Vamos, programa que nació cuando él era alcalde la ciudad. En esta charla habla de cómo se dio la transformación de la ciudad tras la década más violenta de su historia, de cómo él aprendió a hacer política en redes sociales y de su posición frente al gobierno de Abelardo de la Espriella.

  • Sergio Fajardo prometió que no se volverá a lanzar como candidato a ningún puesto, sin embargo no se quiere alejar de la política. FOTO Julio César Herrera.
    Sergio Fajardo prometió que no se volverá a lanzar como candidato a ningún puesto, sin embargo no se quiere alejar de la política. FOTO Julio César Herrera.
Luz María Sierra

Directora de EL COLOMBIANO.

hace 2 horas
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Sergio Fajardo obtuvo más de un millón de votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales pasadas, luego de ese palazo, le llovieron invitaciones para unirse a la izquierda y a la derecha, pero él hizo oídos sordos.

Ha dicho que no volverá a las urnas, pero no se quiere alejar de la política; el exalcalde y exgobernador de Antioquia habla sobre la transformación de la ciudad desde la década más violenta de su historia, los aprendizajes de su reciente campaña y su mirada sobre la coyuntura política del país.

Medellín Cómo Vamos, esa organización que mide y le dice a los alcaldes en qué van bien y en qué no, cumple veinte años. ¿Por qué nace justo en su administración, entre 2004 y 2007?

“El dato que más me impresiona es el de los homicidios. En 1991, Medellín tuvo 375 homicidios por cada 100.000 habitantes; hoy tiene alrededor de 10.

Para dimensionarlo: el promedio de América Latina, la región más violenta del mundo, es de 17 por cada 100.000 habitantes. Dicho de otra manera, por cada persona que sería asesinada hoy, en esa época había 37. En un solo día podían morir cerca de 30 personas asesinadas en esta ciudad. Vivimos la barbarie”.

¿Cuál fue la fórmula, si en Colombia las soluciones han sido casi siempre la guerra o los diálogos de paz?

“Aquí pasaron muchas cosas. En el gobierno de César Gaviria hubo una Consejería para Medellín en cabeza de María Emma Mejía, en 1990, que fue capaz de ir a los territorios a entender qué pasaba en ellos.

Empezaron a fortalecerse organizaciones sociales y culturales en los barrios, y esos jóvenes que antes solo veían en televisión a los sicarios de los combos de Pablo Escobar empezaron a ver otras imágenes: grupos de jóvenes dedicados al deporte y a la cultura que también empezaron a salir en televisión.

Alrededor de eso se dio una interacción muy potente: el empresariado antioqueño, desde Proantioquia y liderado por Nicanor Restrepo Santamaría, se comprometió a fondo con la ciudad, y esos empresarios, en lugar de irse para Miami, se quedaron aquí jugándosela por Medellín”.

¿Y siente que el empresariado antioqueño sigue tan comprometido con la ciudad como en esa época?

“Yo creo que es otro mundo, y el mundo va cambiando. Uno los sigue viendo participar, en Proantioquia, en Empresarios por la Educación, y eso está bien. Pero no nos podemos quedar diciendo que hace treinta o cuarenta años esto era mejor: ese era otro Medellín, con otra crisis.

El reto es que uno actúa, transforma la ciudad y sigue cambiando, no se queda toda la vida recordando cómo era de bueno antes. Como los arrieros, uno sigue para adelante; esa ha sido mi filosofía. Pero de esa gran crisis y de ese compromiso empresarial liderado por Nicanor Restrepo nació después, en términos políticos, nuestro movimiento.

De ahí surgió Compromiso Ciudadano, el movimiento cívico que construimos el 5 de noviembre, juntando organizaciones sociales, ONG, el mundo académico y algunas personas del empresariado, para recoger las voces que no se expresaban en la ciudad.

Nos enfrentamos a los políticos tradicionales —Luis Pérez no hacía parte de nuestro proyecto— y les ganamos caminando cada metro cuadrado de la ciudad, sin repartir un solo volante al principio. Eso cambió la mirada de Medellín”.

Esa transformación se nota hoy en la Comuna 13, convertida en el sitio turístico más visitado, o en la Fiesta del Libro, que también cumple veinte años.

“Construimos el Parque Explora, que es un espacio para encontrarnos, porque la violencia separa y el miedo no permite comunicarse. Al frente estaba el Jardín Botánico, al que no entraba nadie; le tumbamos el muro y lo revivimos, y le devolvimos la vida a un jardín que existe desde 1910.

Al lado construimos la Carabobo, una calle emblemática, y cerquita está la Universidad de Antioquia, la mayor riqueza social que ha construido Antioquia en toda su historia.

Ahí mismo está el Planetario, y donde había un parqueadero al lado del Parque de los Deseos hicimos la Casa de la Música; más adelante, el Centro Cultural de Moravia, con el Buen Comienzo y el colegio Francisco Miranda al lado, y sigue Aranjuez, con el Museo Pedro Nel Gómez y lo que hoy es Ruta N.

Todo ese corredor lo pusimos al servicio de la gente: elegante, cuidado, pero con un contenido social tremendo detrás. Y sacamos la Fiesta del Libro a la calle, en un sitio al que antes no llegaba nadie —recuerdo que antes había una feria del libro insípida en el Palacio de las Exposiciones, mientras Guadalajara, Buenos Aires y Bogotá tenían ferias mucho más concurridas—. Todo eso se hizo con un concepto: convocar a lo público, lo privado, las universidades y las organizaciones sociales para transformar”.

Pero esa misma infraestructura se puede deteriorar rápido, como pasó en Moravia durante la administración de Daniel Quintero, cuando los combos empezaron a tomarse esas zonas.

“Así es la vida, y quienes gobiernan tienen la responsabilidad de cuidarlo. Nosotros trabajamos sobre el concepto de construir sobre lo construido.

El Parque Explora y el Jardín Botánico siguen funcionando porque les dejamos un esquema de gobierno donde todos aportaban; eso evitó que se destruyeran, aunque en Moravia y en el Morro sí se hizo un daño grande en la administración pasada.

En 2007 teníamos un ochenta y cinco por ciento de confianza ciudadana; hoy no hemos vuelto a ese nivel, entre otras razones porque las redes sociales rompen la cercanía que antes se construía caminando barrio por barrio”.

Antes de las redes, ustedes hicieron política a la vieja usanza, caminando la ciudad. ¿Cómo era esa forma de hacer campaña frente a la política tradicional?

“Le voy a contar un ejemplo que va a estar en mi libro. En esa época hicimos política a pie, caminando, repartiendo volantes; en Medellín nunca se había repartido un volante, y en la playa con la Avenida Oriental yo repartí quién sabe cuántos. La primera encuesta nos dio cero por ciento.

Cero. Y así nos caminamos esta ciudad de lado a lado. La política tradicional funcionaba distinto: en cada barrio había un líder, el de la Junta de Acción Comunal, que tenía registradas doscientas personas que sabía que le iban a votar, y les hacía reunioncitas con sillas Rimax y refrigerios; llegaba el candidato, el líder lo presentaba, aplaudían al doctor, decía dos o tres cosas y se iba. Ese candidato ya sabía que tenía esos votos asegurados, sin dar nada más.

Yo me preguntaba: ¿cómo hago para que esa señora que está ahí sentada vote por mí, si no le voy a dar nada? La fórmula que descubrimos fue pasar por su barrio, entregarle un volante —algo tan raro en ese momento que la gente se sorprendía—, y volver.

La primera vez lo ve a uno y le parece simpático; a la quinta vez, cuando ya hemos hablado con un grupo de jóvenes del sector y nos conocen, ahí decide votar por uno. Esa es la clave: cuando llegaron las redes sociales pensé que esa cercanía —mirar a los ojos, dar la mano— era imposible de replicar, porque yo hablo distinto, pienso como matemático”.

¿Qué aprendió entonces de las redes sociales en esta última campaña presidencial?

“Muchísimo. Estoy escribiendo un libro sobre liderazgo público y política que recoge veintisiete años de este recorrido, con todo lo aprendido en los altos y los bajos.

Entendí que el problema no son las redes, sino que nosotros tenemos que aprender a hablar de otra manera; esos jóvenes hablan distinto, y yo me puedo quedar quejándome de eso o aprender. Con un grupo de jóvenes aprendí a hacer TikTok, tendencias y reels, y la gente empezó a decir: este señor habla distinto, me está hablando de otra manera. Ahí le abren a uno la puerta, igual que antes se la abrían al quinto volante”.

Y de ahí salió el millón trescientos mil votos.

“Fue la campaña más dura de mi vida, sin plata y con ataques de todos lados. Yo no hago política gritando o insultando para volverme viral; creo en la decencia y el respeto, aunque lo más difícil es cuando la gente le dice a uno: quisiera que usted ganara, pero como no va a ganar, voy a votar por otro.

Ese miedo y esa rabia son el motor del voto útil en la primera vuelta. Nosotros sacamos un millón de votos donde nadie esperaba que los sacáramos”.

¿Cree que es posible hacer política decente en el ecosistema de redes sociales que tenemos hoy? La realidad ha demostrado que no necesariamente hay espacio para quienes no gritan ni manejan ese juego.

“Sí es posible. Hay que persistir e insistir, y hay que mantenerse sin asustarse, porque todos los que gritan son como los bullies de los colegios: el que gritaba, el que se burlaba de los otros, el que maltrataba.

No hay que asustarse con esos, hay que insistir. El reto es que la sociedad todavía tiene que aprender mucho sobre cómo entender las redes sociales, y nuestro reto es no quedarnos quejándonos de ellas, sino entender que ahí también se puede hacer buena política y llegar a un mundo que hoy no aparece por ninguna parte —empezando por la palabra “jóvenes”, que casi no se menciona en la discusión pública de este país”.

Esta semana circuló un video suyo sobre unas declaraciones del presidente Abelardo de la Espriella. ¿Qué quería mostrar con eso?

“Cuando Iván Cepeda vino a Medellín en campaña y habló en el Parque San Antonio de narcotraficantes y paramilitares, o cuando le dieron la palabra a criminales frente a la Alpujarra, eso me dolió en el alma.

Y cuando el presidente electo De la Espriella nombró a Medellín como capital mundial del narcotráfico y la criminalidad, también me pareció que no podía ser.

Medellín ha avanzado mucho y todavía le falta, pero el mundo criminal está en todo el país, no se puede definir la ciudad por eso. Hay que enfrentar la ilegalidad, la minería ilegal, la extorsión, el lavado de dinero, pero de ahí a que el propio presidente diga que esta es la capital del crimen hay una diferencia.

Y estoy convencido de que la paz total que intentó este gobierno fue un caos total: la criminalidad se multiplicó y se diversificó”.

¿Se ve usted en un rol de crítico permanente de este gobierno?

“Digo las cosas que no me parecen correctas, como que los ministros no puedan hablar libremente en un gobierno que concentra la información: eso le hace daño a la transparencia y a la democracia.

Ya dije que no volveré a ser candidato dentro de cuatro años. Quiero dedicarme a formar nuevas generaciones, seguir como profesor de liderazgo público en el Tec de Monterrey, y ayudar a que otras personas puedan participar en política, abriendo convocatorias para quienes quieran ser candidatos a la Alcaldía o a la Gobernación.

Hay que romper con la idea de que el país se reduce a De la Espriella y a Petro; y para muestra, ahí están las propias peleas dentro del uribismo, con un senador como Enrique Gómez diciendo que Álvaro Uribe es socialista. Eso es problema de ellos; nosotros lo que tenemos que hacer es otra política, donde cada quien respete al diferente”.

¿Va a participar en las elecciones regionales del año entrante con algún candidato a la Alcaldía o a la Gobernación?

“Lo que quiero es que abramos el espectro para que mucha gente pueda participar. Me sueño que hagamos una convocatoria abierta: quien quiera ser candidato a la Alcaldía o al Concejo se inscribe, hacemos discusiones públicas sobre cuál sería el programa para la ciudad, si conoce cada rincón de Medellín, qué propone.

No se trata de mirar a quién le damos un aval, sino de construir una identidad común y dejar que gente nueva participe. Es la lucha de todos estos años: hacer una política distinta, donde no nos dé pena la palabra ética ni la palabra decencia”.

Con toda su experiencia, ¿qué cree que le sigue faltando a la ciudad?

“Una política social que integre a esta ciudad, que sigue siendo muy desigual”.

Pero ha habido avances: Medellín es hoy la ciudad con menos desempleo del país.

“No estoy en desacuerdo con eso, pero hay unas raíces que no se pueden perder de vista: cuántos jóvenes se están saliendo de estudiar, cuántos tienen en la ilegalidad su única oportunidad.

Antes esa violencia era casi exclusivamente de hombres; hoy hay que pensar también en lo que les pasa a las mujeres jóvenes, en fenómenos como el turismo sexual o las webcams. Y a eso se suma una migración altísima que llega todos los días a la ciudad y que también necesita oportunidades.

Ningún joven de Medellín, muchacho o muchacha, debería tener en la ilegalidad su camino para construirse una vida. Eso pasó antes y la ciudad explotó; no podemos permitir que vuelva a explotar. Por eso a Medellín la llamamos ‘la más educada’: no porque lo fuera, sino porque veníamos de ser la más violenta del planeta, y esa palabra sirvió para inspirarnos.

Necesitamos que la Universidad de Antioquia, la Universidad Nacional, el ITM y las universidades privadas trabajen juntas, que se encuentren los jóvenes de la zona nororiental con los de otros sectores de la ciudad. La educación es donde nos vamos a encontrar”.

Sobre la propuesta actual de abrir los muros de la Universidad de Antioquia, y la advertencia del presidente de meter la policía si hay actos criminales: ¿cómo era ese entorno cuando usted era alcalde?

“Esos grupos ya existían. Yo apoyo la idea de tumbar los muros; llevamos años pensándolo en Medellín. Mi papá fue uno de los arquitectos de la Universidad de Antioquia y también del edificio Coltejer, así que tengo cierto corazón de arquitecto. Lo que hace falta es que la ciudad y la universidad sigan propiciando puntos de encuentro.

El gobierno pasado fue fatal en ese sentido, y espero que este gobierno muestre con pruebas la corrupción que hubo, no por lo que se dice sino por lo que se puede demostrar.

Pero quiero insistir en algo: hay universidades tremendas en esta ciudad —la Bolivariana, que cumple noventa años, la Escuela de Ingeniería, el CES—, pero mientras no se junten, mientras un joven de la zona nororiental que estudia en la Universidad de Antioquia no se encuentre con uno que estudia en EAFIT, seguimos perdiendo la oportunidad de tejer esta ciudad”.

¿Y en materia educativa? Los resultados de las pruebas PISA muestran que Colombia, aunque cayó menos que otros países de la OCDE, ya partía de una base más baja.

“El problema no es que falte gente inteligente, ni siquiera la ideología de turno del ministerio: es que la educación en Colombia nunca ha sido un proyecto de Estado sostenido en el tiempo, más allá del gobernante de turno.

Ha habido planes decenales de educación desde que María Emma Mejía fue ministra, pero seguimos sin continuidad; si hubiéramos sostenido esos planes durante treinta años, hoy tendríamos otro país. Medellín y Antioquia tienen que construir ese plan de manera articulada entre el municipio, la Gobernación y el Área Metropolitana, y sostenerlo más allá de quién gobierne.

Y ese proyecto no puede pensarse solo desde Medellín: cuando yo fui gobernador, Envigado era la capital de los números porque le iba mejor en matemáticas, y hay que pensar la educación junto con Bello, con el Valle de San Nicolás, con el Suroeste, con el Occidente. Esta subregión ya es enorme; hay que trabajarla de la mano con la Gobernación”.

Recuerdo que hace años, cuando yo trabajaba en la revista Semana, Alonso Salazar, siendo alcalde, mostraba un portafolio con todas las obras que había hecho y decía que le sobraba plata, mientras a la administración anterior, con el triple de presupuesto, no le alcanzaba.

“Le voy a contar algo que escuché hace poco: la entrevista con el actual secretario de Hacienda de Medellín, Orlando Uribe, sobre el “platal” que tiene hoy la ciudad.

Yo escucho todas las entrevistas completas, y él habló de esa cantidad de recursos, mucho más en términos actualizados de lo que tuvimos nosotros. Medellín puede hacer muchísimas cosas con esa plata, y me parece muy bien que no se roben un peso; eso es fundamental. Pero las obras hay que pegarlas con un relato social: no basta con parques y edificios, así se necesiten, si esta ciudad no logra un relato que la una desde el sur del Valle de Aburrá hasta el norte.

Esta ciudad ya es enorme, y ese es justamente el reto de hoy: que la infraestructura no quede suelta, sino conectada con la transformación social que todavía está pendiente”.

Medellín es oficialmente un distrito de ciencia y tecnología. ¿Cree que ya lo es en los hechos?

“A mí todavía me cuesta trabajo decir “distrito de ciencia y tecnología” sin preguntarme dónde está pasando eso realmente. Aquí lo que sobra es gente inteligente; ese no es el problema.

El problema es que ese potencial no se está viendo materializado como debería, y para mí ese es un gran reto pendiente de esta ciudad. Por eso insisto tanto en que se recomponga el tejido social: nunca se nos puede olvidar lo que pasó, no para vivir instalados en la historia, sino para entender que el salto grande fue cuando esta ciudad fue capaz de verse a sí misma de frente”.

Para cerrar, ¿en qué anda ahora el profesor Fajardo?

“Volviendo a ser profesor de tiempo completo, que es lo que en realidad escogí ser en la vida. Voy a seguir hablando de liderazgo público, y esta semana hice un podcast con jóvenes al que asistieron cuarenta mil personas, sin que yo sea candidato a nada.

Vamos a hablar de inteligencia artificial, salud mental, empleo y convivencia. Ese es el camino que quiero seguir: insistir en que se puede hacer política de otra manera, sin miedo y sin gritar”.

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