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El revolucionario no fue embalsamado, como la mayoría de líderes comunistas. Analistas no creen que su muerte lleve a una transición en Cuba.
Cuando en el 2000 la Universidad de La Florida le pidió a un grupo de estudiantes que imaginaran el lugar donde el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, sería enterrado, los jóvenes, entre americanos y exiliados de la isla, pensaron en una avenida inmensa de La Habana por la que pasaría el féretro, envuelto en una urna de cristal y rodeado de hileras de seguidores y líderes de medio mundo. Luego, imaginaron un mausoleo monumental donde el comandante pasaría a la eternidad, con emotivos discursos de sus allegados y transmisión en vivo.
Así lo recuerda el cubanólogo Emilio Ichikagua, para quien la idea de una muerte mítica se fue desmoronando desde el 31 de julio de 2006, fecha en que Castro delegó provisionalmente su cargo a su hermano Raúl, mientras se recuperaba de una cirugía intestinal.
“Ese día, Castro murió para muchos. Los programas de humor de Miami dejaron de imitarlo, ya no fue más la persona del momento, y aunque no hay duda de que está en la historia de Cuba, su apellido...