Pocos pensaban en Venezuela, incluidos los más fervientes opositores, que a Leopoldo López lo fuera a liberar el régimen chavista el pasado jueves. La perpetuación de su drama era una certeza subconsciente, un mal presagio en el aire húmedo alrededor del Tribunal Supremo de Justicia en Caracas, donde los ataques a la ciudadanía por parte de grupos chavistas con rocas y palos hacían presagiar un golpe similar por parte de la jueza Susana Barreiros.
Tras 19 meses en una celda de dos metros cuadrados, López tuvo que escuchar cómo la justicia de su país —calificada reiteradamente como “de bolsillo” para el chavismo—, lo condenaba a 13 años en prisión por supuestos delitos de “instigación pública, daños a la propiedad en grado de determinador, incendio...