Una imagen perturbadora está dando la vuelta al mundo: muestra a un mercenario africano con una mina antipersonal atada al pecho mientras un militar lo amenaza, lo usa como carnada y al mismo tiempo le grita palabras racistas.
Este caso ha generado un profundo desconsuelo debido a una violación de los derechos humanos contra Francis Ndung’u Ndarua, de 35 años, un africano proveniente de Kenia que llegó a Rusia hace siete meses mediante engaños sobre mejores oportunidades para él y su familia.
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Francis fue contactado por reclutadores luego de haberles pagado 620 dólares por un empleo civil bien remunerado, como ingeniero eléctrico e incluso como ayudante de construcción en Rusia. Le garantizaron vivienda, altos salarios e incluso la ciudadanía, pero una vez llegó al país le quitaron el pasaporte y lo enviaron a la guerra en Ucrania con poco entrenamiento militar.
Su madre, Anne Ndarua, denunció a CNN la situación en la que se encuentra Francis, de quien se desconoce si continúa en Ucrania o si está muerto. Solo sabe que no ha podido contactarlo desde octubre, y que lo último que recibió fue un video de este joven siendo ultrajado por otra persona. “Es tan traumatizante”, declaró la mujer en medio de su llanto y desconsuelo.
“Hago un llamamiento a los gobiernos de Kenia y Rusia para que colaboren y traigan a esos niños a casa. Les mintieron sobre trabajos reales y ahora están en guerra y sus vidas corren peligro”, pidió Anne Ndarua a los gobiernos de Kenia y Rusia.
La madre del keniano aseguró que su hijo solo recibió tres semanas de entrenamiento militar antes de ser enviado a la guerra. Además, indicó que no es la única persona en esta situación: centenares de jóvenes africanos son engañados a través de chats en aplicaciones de mensajería, donde les prometen visas, vuelos, contratos militares y una mejor calidad de vida.
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A los gobiernos de Botsuana, Uganda, Sudáfrica y Kenia han llegado los resultados de esta coyuntura de los mercenarios, quienes denuncian falta de pagos y las garantías prometidas de contratación de US$ 13.000, salarios mensuales de hasta US$ 3.500 y la ciudadanía rusa al finalizar su servicio.
“Mientras estábamos en el frente, un soldado ruso me obligó a entregarle mi tarjeta bancaria y mi PIN a punta de pistola”, dijo a CNN un combatiente africano bajo condición de anonimato. Más tarde, el hombre comprobó que le habían retirado de su cuenta alrededor de US$ 15.000 de su bonificación, dejándola completamente vacía.
El medio citado logró acceder a uno de estos contratos ofrecidos a los africanos, en el que se observa la letra pequeña que impone al militar obligaciones de estricta lealtad, participación en combates y despliegues en el extranjero. Sin embargo, para poder acceder a un empleo civil, se les condiciona a cumplir cinco años de servicio armado, sin incluir el tiempo dedicado a la educación militar.
Patrick Kwoba, de 39 años, recordó el momento en que se encontraba herido en medio de un combate y para solicitar primeros auxilios le indicó a un compañero ruso el código “3 estrellas”, pero en lugar de ayudarlo, el soldado lo persiguió y comenzó a dispararle.
“Mientras te hayas unido al ejército ruso, escapas o mueres. No hay forma de que vayas a Rusia y regreses con vida. Porque si terminas tu contrato, esta gente te obliga a quedarte allí. No pueden liberarte”, confesó.
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