La Navidad dejó de ser una época de amor, paz, alegría y unión familiar en Venezuela. Esto dio paso a un periodo en el que la tristeza, la desolación, el estrés producido por las largas filas y el desequilibrio familiar, inundan cada rincón: desde las grandes urbes hasta los más modestos hogares.
Las imponentes decoraciones que se levantaban en centros comerciales, calles y avenidas del país vecino, alusivas a la temporada donde se festeja el nacimiento del Niño Jesús y las fiestas de fin de año, desaparecieron en medio de comercios vacíos, calles oscuras y repletas de basura y extensas filas de carros para surtir combustible.
El espíritu navideño fue arropado por la inflación, el desabastecimiento de alimentos, gasolina, gas doméstico, la inseguridad y el éxodo masivo de venezolanos ante la grave crisis económica, política y social que atraviesa el país.
Al cierre de noviembre de 2018, el informe publicado por la Asamblea Nacional (AN) da cuenta de que la inflación se elevó a 144,2%, ubicando el índice anualizado en 1.299.724%. Logrando, de esta manera, aniquilar en los venezolanos la esperanza de llevar las tradiciones alimenticias, un vestuario nuevo, regalos y juguetes a sus hogares.
De acuerdo con investigaciones realizadas por Anitza Freites, miembro del Instituto de investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab), 1 millón 130 mil hogares venezolanos tienen familiares migrantes, lo que lleva a padres y madres a vivir una soledad impuesta que hace difícil sobrellevar las fiestas.
“Veo muy triste la Navidad porque parte de la familia no está. Mis dos hijos, cuatro nietos y dos bisnietos se fueron a Ecuador, ya no estamos los que siempre nos reuníamos (...) eso es doloroso, tengo que pasar la Navidad sin ellos, sola”, comentó Flor Alba Molina, venezolana de 74 años.
“Los gobernantes son los responsables, principalmente Maduro, porque aquí no hay trabajo, la plata no alcanza y por eso la gente se va. Si a uno le alcanza para comprar comida, no tiene para lo demás. Ellos (los gobernantes) son los culpables, no quieren hacer nada por resolver y cada día hunden más el país”.
Ni comida, ni juguetes
La alegría de la Navidad se acabó para Helena Vargas, madre de dos hijos quienes a principios de 2018, decidieron agarrar sus maletas y cruzar la frontera hasta llegar a Chile.
“Ya no hay esa alegría de hacer las hallacas (plato típico navideño en Venezuela). Este año tampoco se adornó la casa, apenas puse el nacimiento por respeto al Niño Dios. Tener la familia lejos es muy duro”, dijo Helena.
La madre venezolana se quejó de no poder comprar para la cena navideña ni siquiera un pan de jamón, pues los costos van entre 3.000 a 3.500 bolívares, (12.000 y 14.000 pesos), precio no accesibles a su bolsillo que apenas logra reunir 4800 bolívares al mes (sueldo mínimo).
La acostumbrada hallaca no estará presente en muchas mesas venezolanas por los altos costos que reportan sus ingredientes. Tampoco el apetecible pernil de cerdo prometido por el gobierno a quienes poseen el carné de la patria.
Cora Rosales dijo que esta Navidad es la más triste que recuerda porque en las calles venezolanas “hay poquita gente y todo está muy solo. Ni parecido al año pasado, todo es triste porque los jóvenes se fueron, aquí quedamos solamente los viejos”. Confesó que tuvo que decidir entre comprar medicinas o hallacas.
Solidaridad
La crisis ha despertado el espíritu de solidaridad entre los hermanos venezolanos y distintas agrupaciones se han dedicado a atender por los días de Navidad a las familias vulnerables, las que se encuentran en situación de calle o en refugios, dispuestos por el gobierno en donde el hambre y las enfermedades están a la orden del día.
Con un plato de comida navideña, tortas y dulces, llegó la agrupación “Si hay Esperanzas” al refugio “Alba” del fronterizo estado Táchira, donde conviven más de 25 personas, entre adultos y niños.
“Hoy más de 15 niños cerca del mediodía no habían probado un plato de alimento, gracias a la solidaridad de los hermanos Manrique, de la organización ‘Si Hay Esperanza’, nuestros niños pudieron comer pan, hallacas, tortas, dulces. Además de disfrutar de un rato de esparcimiento. Nuestra situación es crítica y la mayoría de los niños están enfermos”, dijo Karina Rosales, habitante del refugio.
Más que llevar comida, lo que se hace es dar un mensaje de esperanza, optimismo y que los venezolanos sepan que aún hay futuro en el país. “Esa es la misión que hay en medio de una depresión social que ha cambiado a gris el panorama de los venezolanos”, dijo Leonardo Manrique, integrante de la jornada social.