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La científica colombiana que estudia la vida en los extremos del planeta

Se llama Laura Molares Moncayo y está dedicada a rastrear cómo las bacterias microscópicas sobreviven en glaciares, selvas tropicales y capas invisibles de la atmósfera.

  • Bandera de niños de colegio de Colombia en la Antártida, en colaboración con APECS Colombia. FOTO cortesía James Bradley y APECS
    Bandera de niños de colegio de Colombia en la Antártida, en colaboración con APECS Colombia. FOTO cortesía James Bradley y APECS
  • Laura Molares y James Bradley en la Antártida tomando muestras de aire. FOTO cortesía James Bradley
    Laura Molares y James Bradley en la Antártida tomando muestras de aire. FOTO cortesía James Bradley
  • Laura Molares sobre el glaciar Austre Brøggerbreen. FOTO cortesía James Bradley
    Laura Molares sobre el glaciar Austre Brøggerbreen. FOTO cortesía James Bradley
10 de enero de 2026
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Laura Molares Moncayo nació en una frontera que casi no se nota. Oficialmente, en Tabatinga, Brasil; en la práctica, en Leticia, Colombia, pues una línea imaginaria atraviesa ese punto del Amazonas donde el tránsito es cotidiano y la nacionalidad se vuelve un trámite administrativo más que una experiencia vivida.

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Sus padres se habían instalado allí por trabajo —su padre era un oceanógrafo físico vinculado a la Armada— y ese fue apenas el primer punto de una infancia marcada por el movimiento constante, así que en Bogotá, Tumaco, Bucaramanga vio una y otra vez casas que se armaban y se desarmaban con rapidez, geografías cambiantes.

De todos esos lugares, Cartagena terminó siendo el sitio donde más tiempo vivió y donde aprendió a reconocerse. Sin embargo, más que una ciudad, lo que le quedó de esos primeros años de vida fue una forma de crecer: haciendo preguntas. “Mis papás, en especial mi papá como buen científico, me preguntaban cosas como: ¿Qué es la arena?, o preguntas que no todo el mundo se hacía cuando era chiquito. Eso me lo inculcaron mucho: preguntar, analizar, ser crítica”, cuenta a través de una llamada telefónica de Medellín a Londres.

Con el tiempo, la biología se convirtió en su materia favorita, aunque todavía sin una dirección clara. El punto de quiebre llegó en el grado noveno, cuando un científico colombiano que trabajaba en la Nasa visitó su colegio para hablar de astrobiología. No presentó una carrera tradicional ni un camino reconocible. Mostró un video: una célula que se alejaba progresivamente hasta convertirse en flor, planeta, sistema solar, universo.

“Yo me acuerdo como si hubiera sido ayer”, dice. “Ese video, por primera vez, me contextualizó dónde estaba yo como humana. Y desde ahí no pude dejar de pensar en quiénes somos, dónde estamos, qué hay más allá. Fue como entender que todo era mucho más grande de lo que yo me había imaginado”.

Un tiempo después terminó sus estudios secundarios en Londres, luego de que su familia se trasladara otra vez por trabajo. De allí partió a Rotterdam (Holanda) para estudiar biología molecular y celular; luego a París, para una maestría en biología computacional y de sistemas; y finalmente regresó a Londres, donde hoy cursa un doctorado en geomicrobiología polar y está inmersa en un proyecto de amplia envergadura entre el Natural History Museum, Queen Mary University y Aix-Marseille Université.

Y aunque podría pensarse que cada decisión académica apuntaba a direcciones distintas, todo lo contrario, para ella fue una forma de acercarse, desde distintos ángulos, a la misma pregunta inicial: ¿Cómo las bacterias persisten bajo restricciones fisicoquímicas extremas y qué nos revela esto sobre los límites de la vida, tanto a lo largo de la historia del planeta Tierra como en otros planetas?

Los extremos

La astrobiología, aclara Laura, no es una disciplina única ni cerrada. Es un campo que se construye desde la biología, la geología, la astronomía o la matemática. Ella eligió la biología como base y cada proyecto que asumió estuvo orientado por esa inquietud sobre los límites de la vida.

En su tesis de pregrado, por ejemplo, trabajó con bacterias sometidas a radiación extrema, explorando cómo ciertos microorganismos resisten condiciones que, en apariencia, harían imposible la vida. El vínculo con Marte era inevitable: un planeta sin atmósfera protectora, expuesto a radiación ionizante constante.

La maestría la llevó a un terreno aún más abstracto. Modelos matemáticos, comunidades bacterianas teóricas y una luna de Saturno llamada Encélado, cubierta de hielo y con un océano bajo su superficie. Allí entendió uno de los límites estructurales de la astrobiología: no se puede hacer trabajo de campo en otros planetas.

“Ese es uno de los problemas más grandes”, dice. “Si quieres estudiar biología en otros planetas, no puedes ir allá. No hay plata, no hay tiempo, no hay forma. Entonces la respuesta es hacer trabajo de campo en ambientes extremos del mismo planeta Tierra”.

Laura Molares y James Bradley en la Antártida tomando muestras de aire. FOTO cortesía James Bradley
Laura Molares y James Bradley en la Antártida tomando muestras de aire. FOTO cortesía James Bradley

Esa conclusión la condujo a los glaciares polares. Superficies donde la biomasa es mínima y donde encontrar una señal bacteriana ya es, en sí mismo, un resultado. Allí se concentra hoy su doctorado. Su pregunta no es si hay vida —eso ya se sabe— sino cómo funciona: ¿Cómo interactúan esas bacterias con la atmósfera, cómo sobreviven inviernos interminables, qué metabolismo utilizan cuando casi todo parece detenido?

El trabajo de campo en el Ártico dista de cualquier imagen romántica. Para recolectar muestras de aire, Laura utiliza un dispositivo que funciona como una aspiradora portátil con filtros microscópicos. A eso se suman muestras de nieve, hielo, sedimentos y agua de mar. Todo bajo protocolos de esterilidad extrema.

“La complicación más grande de todo el muestreo es la esterilidad”, explica. “La biomasa es tan baja que si tú contaminas la muestra con bacterias de tu propia piel, puedes pasar meses procesando algo que al final no dice nada del ambiente original”.

En invierno, el acceso a los glaciares se hace en motos de nieve, a temperaturas que pueden descender por debajo de los quince grados bajo cero, y el equipo no solo carga instrumentos científicos, carga rifles y pistolas de bengala como parte de un protocolo de seguridad frente a osos polares. Además, siempre trabajan en grupos: dos muestrean, una persona vigila.

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En una de esas expediciones, un oso polar se acercó sin que el equipo lo supiera. Desde el centro de investigación los observaban con telescopios. La advertencia fue directa: “No corran, el oso está a cien metros”, es decir, muy cerca. Laura sacó el rifle por primera vez pese a que nunca llegó a verlo. Una lancha los evacuó minutos después.

“Ese día fue un wake up call”, recuerda. “Uno sabe que hay osos, pero cuando nunca pasa nada, se le olvida. Ahí entendí que hay que estar alerta todo el tiempo, porque una mala decisión te puede poner en gran riesgo”.

Y es curioso, porque ese riesgo constante rara vez aparece en los artículos científicos. Tampoco aparecen las horas caminando con 30 kilos a la espalda, ni las semanas de trabajo que terminan en apenas tres muestras útiles. No obstante, es allí donde ocurre la ciencia que le interesa: en los márgenes, en lo que no se ve.

Aire, trópico y cuerpo

Como parte de su tesis doctoral, Laura está involucrada en un proyecto global que busca entender el papel biológico de la atmósfera.

La pregunta es si la atmósfera puede considerarse un ecosistema real”, explica. “No sabemos si las bacterias solo viajan o si están activas: si consumen gases, producen gases, interactúan entre ellas, o incluso si hay bacterias que viven solo en el aire”.

Cuando revisó el mapa del muestreo global, Laura notó una ausencia evidente: las latitudes tropicales y el sur global. Un sesgo común en proyectos que se anuncian como globales. Propuso entonces ampliar el estudio a Colombia, no por un gesto simbólico, por razones científicas: la diversidad de ecosistemas en una misma latitud, los gradientes altitudinales, el Amazonas, los páramos.

Laura Molares sobre el glaciar Austre Brøggerbreen. FOTO cortesía James Bradley
Laura Molares sobre el glaciar Austre Brøggerbreen. FOTO cortesía James Bradley

“Colombia tiene ambientes representativos súper importantes. El páramo, por ejemplo, es un ecosistema tropical específico, casi exclusivo de los Andes, con excepciones muy puntuales. La sabana, en cambio, es un ecosistema que se repite en distintas partes del mundo, sobre todo en regiones tropicales y subtropicales. Desde lo académico, tenía todo el sentido incluir esos lugares”, comenta.

Por eso, luego de su aprobación, durante meses organizó el trabajo de campo y articuló colaboraciones con científicos colombianos. Viajó a los Llanos, a Bogotá, al Páramo de Iguaque y al Amazonas, y en cada lugar, sostuvo el mismo protocolo de muestreo, la misma obsesión por la limpieza, la misma pregunta de fondo.

Ese tránsito entre polos y trópicos le permitió ver con claridad algo que ya intuía: todo está conectado. La humedad que exhalan los bosques amazónicos alimenta las lluvias que sostienen los páramos y los glaciares andinos. Y una relación aún más distante: lo que ocurre en los polos afecta los ecosistemas ecuatoriales.

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“Estudiando estos ecosistemas me doy cuenta de que todo interactúa con todo”, dice. “Desde moléculas y segundos, hasta kilómetros y millones de años. A veces los humanos tenemos una mirada muy antropocéntrica, y no, la biología muestra que todo está profundamente conectado”.

Hoy, mientras avanza en un doctorado cuyos resultados aún no se han publicado, Laura ya tiene indicios que la entusiasman: ha encontrado señales de que las bacterias en los glaciares polares utilizan metabolismos que no se habían considerado antes para sobrevivir. Un hallazgo que amplía el marco de lo posible y vuelve a plantear, desde lo microscópico, la pregunta que la acompaña desde la infancia.

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