Un manifiesto musical en el cine
Crítico

Diego Londoño

Publicado el 16 de marzo de 2019

Un manifiesto musical en el cine

Qué honor, qué privilegio, qué alegría que en las salas de cine, que en los festivales audiovisuales en el mundo, que en los computadores, televisores, cineclubes y medios de comunicación se replique una historia tan fiel como nuestras calles, como nuestras conversaciones, como nuestra realidad tensa y enamoradora, peligrosa y esperanzadora, armónica, melódica, musical e inspiradora.

Hay una nueva película, de Medellín, guerreada, trabajada a pulso y amor como muchas otras. Una película que tuvo tan en cuenta la imagen como la música y, por suerte, en esta ocasión afortunada para nuestra música, la de Medellín. Una película hecha por aves que vuelan al mismo aleteo, por titanes amantes de la historias, y que gracias a su sueño, pusieron a volar una ballena que ahora nos marca la cotidianidad.

Los días de la Ballena cuenta la historia de Cristina y Simón, dos amigos grafiteros y muralistas que pintan la ciudad donde viven: Medellín. Su espíritu rebelde los lleva a desafiar a una banda criminal cuando sobre una amenaza escrita en una pared deciden pintar el mural de una ballena.

El amor que los une, su amistad con los artistas de La selva –una casa abandonada que utilizan como refugio– y los conflictos familiares que nacen de su diferencia de clase social, se trenzan para contar una historia donde la fuerza poderosa de la juventud se enfrenta al miedo, para dejar una huella entre las montañas de Medellín.

Y es que esta historia, además de generacional y real, es perfecta para narrar este momento en particular en el que aún siguen sucediendo estas cosas y en el que además la banda sonora perfecta es nuestra música. Eso lo entendieron los creadores de esta cinta, Rara Colectivo, quienes vieron la posibilidad de hacer un homenaje no solo a la historia, al arte callejero, sino a la música.

Una apuesta por los sonidos callejeros colombianos. El sonido de Alcolirykoz con su rap literario y callejero, Mañas y Granuja con la oscuridad del beat y la rima precisa, Los Árboles con la claridad de un rock clásico que hizo historia y Siguarajazz con las historias y el corazón salsero de Medellín, están presentes con sus canciones para engalanar una producción que entendió que la música debe estar, para ponerle el moño rojo a una historia que necesitábamos, para ver esa otra Medellín que percibimos en las paredes, pero no dentro de la casa.

Y es que con esta película, Catalina Arroyave y su equipo de trabajo se hicieron del lado de una generación que cree en las historias genuinas, en el trabajo en equipo y en la música que late poderosa desde el asfalto de esta incomprensible urbe.

Para no adelantar más, la invitación es a que la vean y también a que la escuchen, pues en su interior tiene otra historia tatuada, la del sonido de nuestra música.

¡Todos al cine!

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