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Pandemia
de dictaduras

Publicado el 07 de diciembre de 2021

Se está volviendo común que los presidentes se aferran al poder
y no lo sueltan. Es bueno dar una revisión a lo que ocurre en
el mundo cuando faltan menos de seis meses para elecciones.

Desde 1994, Alexander Lukashenko de Bielorrusia es el primer presidente de esta nación. Veintesiete años y contando. Lo sigue Vladimir Putin al llegar al poder en Rusia en el año 2000. Reformó la Constitución rusa para facilitar su reelección. Se habla que estará en el poder hasta 2033, prácticamente vitalicio. Recep Tayyip Erdogan de Turquía llegó al poder en 2004 como primer ministro y desde 2014 es presidente. En Hungría, Viktor Orban lleva en el poder desde 2010. Xi Jinping, en China, asumió el mandato en 2013 y en 2018 quedaron establecidas las reelecciones indefinidas. El estadounidense Donald Trump ganó en noviembre de 2016 y no reconoce la victoria de Joe Biden en 2020. Es favorito para quedarse con la presidencia en 2024.

Hugo Chávez fue elegido mandatario de Venezuela en 1999 hasta su muerte en 2013. Su sucesor Nicolás Maduro sigue en el poder hasta, por lo menos, 2025. Daniel Ortega, de Nicaragua, encabezó una revolución armada en 1979 y derrotó a Anastasio Somoza. Perdió en 1990 pero en 2007 regresó como mandatario. Acaba de ser reelegido como presidente para el período de 2021-2025. En Bolivia estuvo Evo Morales de 2006 a 2019, 13 años. Fue otro mandatario que reformó la Constitución para no irse. Y obviamente está el que encabeza la lista: el partido único de Cuba que lleva 62 años en el poder. En Colombia Álvaro Uribe intentó una segunda reelección pero fracasó gracias al fallo de la Corte Constitucional de 2010.

Es claro que hay una tendencia mundial por la autocracia, quedarse indefinidamente en el poder con el resultado del ejecutivo omnipotente.

El tema está de moda por la Cumbre de la Democracia que se llevará a cabo esta semana en Estados Unidos y por el ensayo de la periodista Anne Applebaum en la revista The Atlantic. El escrito se titula “Los chicos malos van ganando” y habla del retroceso de las democracias en el mundo. El profesor de Stanford Larry Diamond lo llama la era de la regresión democrática.

Applebaum dice que los autoritarios aprendieron de la Primavera Árabe y de 1989, cuando las dictaduras comunistas cayeron como dominós. A partir de entonces operan bajo la teoría de que las revoluciones demócratas son infecciosas y deben destruirse desde el comienzo.

Ahora en siglo XXI, las autocracias no son manejadas por un solo hombre, sino por una sofisticada red compuesta por estructuras financieras, servicios de seguridad y propagandistas. Son aliadas aunque tienen ideologías diferentes. Pueden ser comunistas, nacionalistas y hasta con teólogos. A diferencia del pasado, dice Applebaum, los miembros de este grupo no operan como un bloque sino como una aglomeración de compañías.

Hoy, a los brutales miembros no les importa ser criticados. Los líderes de Irán descalifican las opiniones de Occidente. Los de Cuba y Venezuela consideran “imperialistas” las de Estados Unidos.

Venezuela es un paría internacional. Desde 2008, los venezolanos son incluidos en sanciones personales que Estados Unidos impone. Desde 2019, ciudadanos y empresas estadounidenses no pueden hacer negocios en Venezuela. Canadá, la Unión Europea y varios países suramericanos, como Colombia, mantienen las sanciones. No importa. El régimen de Nicolás Maduro recibe préstamos e inversiones de Rusia y China. Turquía facilita el comercio ilegal de oro. Cuba provee asesores de seguridad y tecnología a Maduro y sus compinches.

La autocracia actual les ofrece la impunidad. Y eso, no tiene precio.

Es evidente que la democracia está en crisis. Y si bien para algunos la teoría de que “no hay nada mejor” es cuestionable, lo cierto es que en países como Colombia, hay que seguir fortaleciéndola. Este es el único camino para avanzar seriamente hacia la prosperidad


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