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¿Por qué nos sentimos tan cansados y agotados?

La sensación es histórica, sin embargo, en los últimos años se ha hecho más evidente. Le explicamos.

  • Aunque el cansancio no es una sensación nuevo, en las últimas décadas se intensificado. FOTO Edwin Bustamante
    Aunque el cansancio no es una sensación nuevo, en las últimas décadas se intensificado. FOTO Edwin Bustamante
Laura Franco Salazar | Publicado el 02 de mayo de 2022

La carrera Junín, en Medellín, es un sendero de hormigas humanas que se mueven a toda prisa entre las casetas y los edificios. Cada día son menos los transeúntes que juninean a paso lento. Esa es la imagen que utiliza el escritor y antropólogo Gregorio Henríquez para ilustrar el ritmo vertiginoso con el que se mueve la época actual. “¿Cuál es el acelere? ¿Hacia dónde estamos corriendo?”, se pregunta.

Quizá lo haya conversado ya con sus conocidos: parece haber un cansancio inocultable en todos. De acuerdo con Henríquez, esa sensación es mucho más antigua de lo que parece, solo que hasta ahora no había sido tan evidente. “Desde hace siglos la sociedad dispone de ritmos desgastantes, de hecho era imposible percibirlos porque no había tiempo”, dice. Fue con la llegada de la pandemia y el frenón que implicó en el andar, que resultó posible verlo: la fatiga es crónica y colectiva.

El famoso filósofo surcoreano, Byung-Chul Han, ya lo señalaba en un artículo publicado en marzo de 2021 en El País de España: la emergencia causada por el SARS-CoV-2 resaltó los síntomas de una enfermedad que la sociedad padecía hace mucho: el cansancio. “De un modo u otro, todos nos sentimos hoy muy fatigados y extenuados. Se trata de un cansancio fundamental, que permanentemente y en todas partes acompaña nuestra vida como si fuera nuestra propia sombra”.

La autoexplotación

La imagen de Junín podría ser fácilmente otra: usted parado en la plataforma del metro mientras observa cómo pasan a toda velocidad los trenes, uno tras otro, sin que le dé tiempo de subirse en ellos. El ejemplo es del sociólogo Zygmunt Bauman que, hace 23 años (en 1999), estableció el concepto de modernidad líquida, con el que hizo referencia a la rapidez con que sucedían los cambios en la sociedad de entonces y la fragilidad de los vínculos humanos.

Ese panorama no es muy distinto al de hoy, de hecho, comenta el psicólogo clínico Juan Carlos Posada, podría estar agudizado teniendo en cuenta que las nuevas generaciones requieren de estímulos cada vez más rápidos y cambiantes, “por eso cambian fácilmente de pareja, de trabajo, de labor”, de ahí que, agrega, pueda hablarse de un cansancio contemporáneo consecuencia de la realización de tareas que no son coherentes con esos requerimientos: repetitivas, sin novedad, sin desafíos o retos, “además, cuando las metas no se alcanzan de la manera esperada, hay una baja tolerancia a la frustración”, puntualiza Posada.

Ahora bien, ¿qué tan alcanzables son esas metas establecidas? La sociedad exige un ritmo y unos objetivos más ambiciosos de lo que es realmente posible. Once años después de Bauman, en 2010, el filósofo Han definió en su libro La sociedad del cansancio la fatiga “como una enfermedad de la sociedad neoliberal del rendimiento”, producto de mantener un ritmo desenfrenado, una tendencia al individualismo y una “voluntaria y apasionante autoexplotación”. De acuerdo con él, todo se conjuga para que exista una obligación en torno a tener que rendir cada vez más, realizarse y optimizarse, de manera que las condiciones globales de producción (en las industrias) se trasladan a la vida cotidiana.

La pandemia ayudó a ver

A raíz de la pandemia el cansancio se hizo más evidente. Pasar largos períodos en casa, vivir a una velocidad distinta, modificó no solo las rutinas, sino también las formas de concebir la temporalidad. Luego “tratamos de ajustarnos a la ‘nueva normalidad’, pero ella nos fatiga aún más que antes. Caímos en un contexto con una economía desastrosa, precios elevados, panoramas políticos inciertos, muertes de amigos y conocidos”, complementa Henríquez. De ahí que la fatiga pueda catalogarse como física, mental y emocional.

Añadido a esto, parece que los estándares de evaluación aumentaron su rigor: tras mitigar el covid hay que ser mucho más productivo y recuperar el tiempo perdido a como dé lugar, todo pese a que vayan quedando en el camino individuos reventados.

Un sujeto forzado a rendir puede fracasar, dice Han, no porque no tenga capacidades, sino a raíz de las exigencias de rendimiento que se impone a sí mismo. “La posibilidad de no poder más le lleva a hacerse autorreproches destructivos y a autoagredirse. El sujeto forzado a rendir pelea contra sí mismo y sucumbe por ello”.

Sentirse cansado no es en sí un problema médico, explica Julián Ramírez, jefe de Medicina Interna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, no obstante, si se trata de un cansancio prolongado, que no mejora con las medidas de descanso normales (mantenerse en reposo o dormir), debe descartarse una enfermedad, que no solo podría ser causa de la sensación de fatiga sino también consecuencia, “porque se sabe que asuntos como el estrés crónico pueden estar implicados en el desarrollo de patologías cardiovasculares, neurológicas, metabólicas (como la diabetes) e incluso el cáncer”.

¿Hay alguna solución?

Citando a Han, Ramírez apunta que el cansancio de la sociedad contemporánea se debe a que la misma mete a los individuos en unos ritmos de productividad extremos que no le dejan tiempo para descansar ni pensar. Por eso, entre las estrategias médicas que recomienda para hacerle frente a este contexto se encuentra mejorar la calidad del sueño (dormir de 7 a 9 horas cada noche), la calidad de la alimentación, practicar actividad física con el fin de que el cuerpo se mantenga fuerte y vital, además de tener tiempo para el descanso y el ocio, sin convertir esto último en tiempo para trabajos o tareas. Así mismo, referencia prácticas como la meditación y actividades basadas en la consciencia plena.

Por otro lado, el psicólogo Posada recuerda que es importante también comprender que la vida actual implica llevar a cabo actividades repetitivas que pueden producir cansancio, “pero aquí viene la estrategia mágica: ser creativos, buscar encontrarle novedad a lo que no la tiene”.

Tomar un café, encontrarse con la familia, compartir con los amigos, “visitarse” a usted mismo también son diligencias valiosas que ayudan a romper con los ritmos acelerados “que nos han alejado de esa posibilidad de acercarnos al otro. Lo ideal es no llegar al cansancio vital generalizado para poder construir una mejor sociedad”, añade Henríquez.

Bauman, a sus 88 años (los suficientes para concluir que no hay un tiempo mejor que otro), señaló que las comparaciones entre épocas no son posibles porque cada sociedad en cada tiempo tiene sus problemas. “Lo más inquietante de la sociedad contemporánea, y la idea es del filósofo francogriego Cornelius Castoriadis, es que ha dejado de hacerse preguntas a sí misma”, dijo en una entrevista para El País de España.

Observar Junín o los trenes imparables sin cuestionarse lo que ocurre sería el verdadero único problema y causa de una sociedad eternamente cansada. La búsqueda de un mundo más agradable no hallará un desenlace absoluto, concluye Bauman y añade que, por suerte, la intención de mejorar es uno de los rasgos más destacables de la condición humana.

Contexto de la Noticia

PARA SABER MÁS CIUDADES DE RITMO LENTO

Distintas ciudades alrededor del mundo, como Hersbruck (Alemania), Bigastro (España) y Kristinestad (Finlandia), denominadas ciudades lentas, han buscado responder desde políticas públicas a la sensación de cansancio generalizado que se experimenta en la época actual. Estos territorios suelen tener menos de 50.000 habitantes, sus centros históricos son 100 % peatonales, con poco ruido y con disposición –desde la arquitectura– para los paseos tranquilos. “Muchas ciudades han entrado en esa modalidad para bajarle el ritmo a la vida, para que el ciudadano pueda estar tranquilo. Hace unos años, por ejemplo, se hablaba también de ciudades felices, en las que ya no había afán por mostrar un PIB, y una producción económica desbordada, sino por procurar que las personas fueran felices”, complementa el antropólogo Henríquez. Las ciudades lentas se caracterizan por tener elementos verdes –naturales– en su desarrollo urbanístico, por promover actividades culturales y corredores para caminantes.

Laura Franco Salazar

Periodista convencida de la función social de su profesión, de la importancia del apoyo mutuo, la educación y el arte.


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