En la vereda El Paso, de Cañasgordas, a pocos metros de la vía antigua hacia el Urabá, hay una piedra enorme que los pobladores de la zona dicen haber visto crecer con los años. Algunos afirman que ellos mismos han visto el prodigio –es el caso de los hermanos Mario y Guillermo Cifuentes, cuyas vidas comenzaron y transcurren en una finca cercana de la “pedrona”– mientras otros dicen que sus padres o vecinos estaban convencidos que la dimensión de la piedra aumentó con el paso de los calendarios.
Sentados en el patio de la casa, los hermanos Cifuentes sueltan el relato de las vivencias mágicas que han tenido alrededor de la piedra. Muy pronto la conversación se llena de chistes y anécdotas sobre las brujas, las guacas, las bolas de fuego que surcaban los cielos antes de que la electricidad llegara a la región. En ese mundo encantado, la piedra que “crece” es el sitio en el que las brujas celebraban sus aquelarres, protegidas por la noche y por su capacidad de convertirse en pájaro o desaparecer.
–Una vez, un hermano mío iba con mi hija por allá–, señala Guillermo en una dirección contraría a la de la piedra. -Vieron sentadas en la piedra a tres mujeres que no eran de por acá, muy blancas. Mi hija les preguntó si no les daba miedo sentarse ahí. Ellas se rieron.
–Don Guillermo, ¿la piedra no queda por allá?– pregunto, tratando de ubicarme en el mapa mental del relato.
–Sí, pero esta era otra piedra. Bueno, entonces ellos caminaron unos metros, se dieron la vuelta y las mujeres ya no estaban...
En este punto de la entrevista recuerdo la conversación con John Jairo Sánchez, profesor titular de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Fue a la primera persona que le hablé después de haber visto en TeleAntioquia el reportaje sobre la piedra de Cañasgordas. Autoridad nacional en volcanes y geología, el profesor John Jairo tuvo la sutileza de decir que este tipo de historias tiene dos formas de entenderlas, Por un lado está el dato duro de la ciencia y por el otro el universo de la tradición oral y de la antropología.
–Desde el punto de vista geológico, las piedras no tienen mecanismos para crecer. Por el contrario, las piedras de todos los tipos tienden a disminuir de tamaño con el tiempo. Están expuestas a los efectos de la lluvia, el viento, la acción de la gravedad. Ese proceso de disminución de tamaña se llama meteorización-, dijo el profesor al otro lado del teléfono. Siendo esto así, se abre el espectro de la tradición oral, esa forma en que los habitantes de una geografía dotan de sentido a los espacios.
Volvamos al patio de los hermanos Cifuentes. La charla toma rumbos distintos a los de la piedra. Guillermo se aleja del sitio en el que nos protegemos de sol para mostrarme un potrero en el que las brujas montaban los caballos o les hacían trenzas en las crines. Luego, Mario habla de las lucecitas que aparecían en la noche, daban vueltas en el campo, señalando un entierro.
–Las brujas se desesperan cuando dejan enterrado un machete, una azadón, cualquier cosa–, dice Mario.
Con una población cercana a los dieciséis mil habitantes, Cañasgordas fue fundada el 1 de diciembre de 1776, en una zona de influencia de los indígenas catíos. Durante buena parte de su historia, fue uno de los últimos enclaves de la cultura paisa en el occidente de Antioquia. Para el antropólogo Julián Castañeda, las tradiciones orales del municipio son el resultado de esa relación entre los colonos mestizos y los indígenas, en la que las visiones religiosas y espirituales de estos últimos entraron al universo de los primeros con las formas del ocultismo.
Pongamos esto en palabras francas. En este caso, las tradiciones orales son el resultado de interpretaciones de la historia y del entorno a partir del pensamiento mágico religioso. Aunque no hay estudios concluyentes, sí existe una tendencia en la proliferación de leyendas de brujería, duendes y encantos en los territorios con pasado indígena y presente campesino. Según Castañeda, dichas creencias revelan más sobre el presente del campesino que sobre la realidad histórica de las comunidades indígenas del pasado.
Pensemos en las piedras con valor tradicional de C0lombia y las regiones en las que están ubicadas. Para eso me valgo de la relación hecha telefónicamente por el profesor John Jairo Sánchez. En el sur de Colombia, en Cumbal, Nariño, hay dos piedras que son visitadas por expertos y amantes del turismo geológico. La primera es la piedra del Guacamullo, una roca volcánica sagrada en la cosmogonía de los pastos. “Estas creencias hablan de que Los primeros seres humanos nacieron de la unión entre el volcán Cumbal y la laguna de La Bolsa”, dice el profesor. También en Cumbal está la piedra de los machines, que tiene tallado un petroglifo (imágenes o caracteres grabados en las rocas por los ancestros).
La enumeración continua con la piedra del cóndor (Cauca). En Antioquia está la piedra de los sacrificios o del indio, en la base del cerro Tusa. Los expertos creen que fue un lugar de culto de los Cenufanáes, los indígenas que habitaron los territorios del actual municipio de Venecia.
Estos son apenas la punta del iceberg de las conexiones entre las comunidades indígenas y los elementos de la naturaleza. Por ese motico, al principio de este texto, se habló de la variante de la antropología para entender la existencia de la piedra que “crece” en Cañasgordas.
Volvamos al patio de los Cifuentes. Aquí, con nosotros, está Humberto Roldán, un antiguo trabajador de banco que regresó a su pueblo natal una vez se pensionó. Cofundador del Centro de historia Y antropología de Cañagordas, él es el responsable que los medios noticiosos se interesaran por una piedra en medio del campo. Por su trabajo de voluntario en el Centro de historia, Humberto convenció a Nelson Adrián Chica Arango –el funcionario de la alcaldía de la promoción turística– de hacer un video sobre la piedra para publicar en las redes sociales del municipio. En principio, la idea consistió en hacer que los mismos habitantes del pueblo visitaran la piedra. El asunto fue más allá: alguien de TeleAntioquia se enteró del tema y lo consideró material de un reportaje del programa No es cuento.
Próximo a cumplir 250 años de fundación, Cañasgordas vive un hito en su historia. El sistema vial de Mar 1 y 2 y el Túnel del Toyo pondrá al pueblo en uno de los corredores más importantes de la región. Este hecho marca una antítesis con su pasado, en el que su enclave lo alejó de las corrientes migratorias que a finales del siglo XIX fundaron pueblos en Caldas, Risaralda, Valle, siguiendo las oscilaciones de las guerras y propiciando la bonanza del café. En palabras del antropólogo Julián Castañeda, Cañasgordas asume su pasado con la mirada en el futuro. En ese orden de ideas, la pregunta que palpita es qué se hará para que el flujo de los carros -y de la historia- no pase de largo.
En compañía de Guillermo y de Humberto, visitamos por segunda vez la piedra. No es diferente a otras piedras descomunales. Humberto habla que se siente una atmósfera distinta a su alrededor. No es mi caso. No percibo vibraciones ni nada particular mientras Guillermo y el fotógrafo Julio César Herrera se trepan en ella, provistos de una escalera. Las rocas –con su aparente eternidad a cuestas– le recuerdan al caminante su brevedad en el mundo. Pensándolo mejor, sí, me estremezco ante ella. Da vértigo pensar que las piedras que construyeron a todos los imperios los sobrevivieron, sin excepción.
Guillermo se baja, dice que Julio César es el primer visitante que se sube a la piedra. Le pregunto si la ve más grande. Da la espalda, mira un árbol de naranjas y dice que sí. ¿Por qué la gente la ve crecer? Curiosamente, la geología tiene una hipótesis.
Dice el budismo que todo está sometido a las leyes del cambio. También el paisaje. En palabras del profesor John Jairo Sánchez, las piedras no crecen, pero las transformaciones en el paisaje y en el terreno que las rodean pueden inducir la idea de crecimiento. Hay circunstancias que crearían esa ilusión. Una tiene que ver con la erosión y escorrentía (la acción del agua en la base de la piedra puede erosionar el suelo, exponiendo partes que antes estaban enterradas). Otra involucra el movimiento de las rocas, que hace que la gente las vea desde ángulos distintos. Y una más parte de la acción de los humanos en el ambiente, que produce cambios sustanciales en el paisaje. En síntesis, la piedra de Cañasgordas no crece en sí misma, pero su relación con el paisaje cambia, por lo que pareciera que su tamaño aumenta de una generación de campesinos a otra.
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Al final de la visita a la piedra, ya de regreso en Medellín, descubro que a unos cientos de metros del sitio de las entrevistas está abierto al público una construcción funeraria indígena, encontrada en 2001 mientras se construía un barrio de vivienda de interés social. Construida con piedras enormes, el hipogeo –ese es su nombre técnico– es uno de los vestigios indígenas más relevantes de Antioquia.
A pesar de esa relevancia arqueológica e histórica, la tumba está sin protección efectiva. Los expertos dicen que la falta de cuidado ha hecho que el interior del hipogeo esté lleno de basuras. ¿Hace falta hacer caer en la cuenta de la ironía del énfasis puesto en la piedra que “crece” y el descuido al hipogeo?
Consultado respecto al estado del hipogeo, Nelson Adrián Chica Arango dijo que la alcaldía de Cañasgordas tiene un proyecto para recuperar la construcción, pero todavía no cuenta con la plata suficiente para hacerlo.
Tal vez, más que un reportaje, la piedra de Cañasgordas merezca un poema. Y el hipogeo, una intervención rápida del Estado.