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Cuarentena, extraña visitante en los municipios de Antioquia

En 93 de las 125 poblaciones no hay casos activos de coronavirus. Así va su reapertura.

  • Bello . FOTO Edwin Bustamante
    Bello . FOTO Edwin Bustamante
15 de junio de 2020
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El coronavirus logró lo que ni la guerrilla ni los paramilitares pudieron en varias décadas: que Ramiro López se quedara encerrado en su casa en el corregimiento El Doce, de Tarazá. Él, campesino, nació hace 61 años en Córdoba y apenas aprendió a negociar decidió que quería andar el mundo. La travesía le duró hasta que, hace 31 años, conoció el amor en los ojos de una muchacha morena que vivía a orillas del río Cauca: se casaron y tuvieron hijos, compraron una casa cerca del río y “echaron raíces”, como dice él.

Pero Ramiro no nació para quedarse quieto. Por eso escogió una parcela al otro lado del río para sembrar, así podía seguir caminando y sintiéndose aventurero, sin tener que alejarse del amor y de la familia que había formado.

En marzo el mundo que conocía cambió. La música de las cantinas vecinas se silenció, ya no por las balas y la sangre sino por un decreto de cuarentena expedido en Bogotá y anunciado por televisión; y la fuerza pública que antes solo venía a llevarse a los muertos o hacer capturas, instaló puntos de control permanente en el puente que a diario cruza. Sus nietos dejaron de salir a jugar, sus hijos no pudieron volver a visitarlo y la cédula, que antes usaba solo para ir al médico o salir a votar cada cuatro años, se volvió su compañera inseparable.

“Aquí hemos vivido cosas duras. La zozobra por Hidroituango hace dos años fue muy brava, las masacres el año pasado nos asustaron mucho. Pero nunca, nunca, había visto el corregimiento solo”, dice por teléfono mientras recibe el sol en una mecedora. Eso y las salidas a la parcela son los únicos hábitos que le quedan. A las 5:00 p.m. todo el pueblo se tiene que encerrar.

A 200 kilómetros de Ramiro, en Ituango, el profesor Juan Carlos Posada también habla de esa sensación de soledad, a pesar de que nadie se ha ido del pueblo en el que nació. Él, acostumbrado a los salones abarrotados de niños, ahora dedica sus días a responder por whatsapp las dudas que alumnos y padres tienen sobre los talleres que cada semana les envía el colegio.

La situación es dura, dice, porque apenas el 20 % de las casas en el pueblo tiene internet y en el campo el panorama es más crítico. Además muchos de los padres no completaron sus estudios y por eso, aunque quieren, no pueden ayudarle a sus hijos con las tareas.

“Aquí estábamos acostumbrados a la calidez, a la cercanía. Hoy no se puede y es difícil. El comercio está muy golpeado. Muchos locales cerraron y entregaron llaves porque los arriendos son caros. Y hay restaurantes que abrieron pero solo para domicilios. El problema es que la gente en la casa prefiere cocinar”, dice con un tono firme que se debilita cuando habla de la obra vecina, Hidroituango, donde hay un foco de contagio con 178 casos activos.

El temor de que el virus salga de las fronteras de los campamentos de la hidroeléctrica es hoy la preocupación del pueblo, reconoce.

A 323 kilómetros, en Jardín, José Pérez dice que el cambio solo lo siente los fines de semana: de lunes a viernes sigue viviendo entre plantaciones frutales, pero los fines de semana no puede tomar un chivero, ir hasta el pueblo y sentarse a tomar un café en el parque.

Su vida ha cambiado como la de Juan Carlos y Ramiro, aunque a su pueblo ni siquiera ha llegado el virus.

Para todos por igual

Maritza López, secretaria de Productividad de Antioquia, habla con propiedad sobre el impacto del virus en la economía de Antioquia. Dice que aunque las cifras se mantienen estables y hay una tasa de contagio de entre 1 y 1,2 (cada contagiado contagia a una persona) con 30 a 40 casos nuevos diarios, el panorama de la región es más alentador que en Bogotá, donde los contagios diarios se suman en cientos.

Y aunque han sido días duros, reconoce que los empresarios y ciudadanos han entendido la responsabilidad que tienen para evitar que la covid-19 acabe con el bien más preciado: la vida. “Hemos logrado pilotos como la apertura de centros comerciales que ya se implementan en otras ciudades, y un modelo de apertura para municipios no covid, que empezó hace tres semanas con 95 municipios”, dijo.

Hasta esta semana 32 municipios de Antioquia tenían casos de coronavirus activos (incluyendo tres brotes en Ituango, Urabá y el barrio Santa Cruz de Medellín) y los 93 municipios restantes se consideran no covid. En ellos, dijo López, hay una mayor flexibilidad para la apertura del comercio aunque se mantienen las restricciones a los negocios relacionados con la vida social (bares, discotecas, clubes, etc.).

Luis Fernando Suárez, gobernador (e) de Antioquia señaló que la mayor preocupación del sector público y privado en Antioquia hoy es la recuperación económica, a pesar de que el final de la pandemia no es una posibilidad en el corto plazo. “No tenemos duda de que el virus llegó para quedarse y por eso tenemos que reactivar la economía con prudencia, no podemos permitir que se siga destruyendo empleo. Vamos a quedar en una situación casi de posguerra y los indicadores sociales van a retroceder”, dijo.

López da cifras más precisas: estudios hechos por la Gobernación y el G8 (grupo de principales universidades de Antioquia) calculan que el impacto económico de la pandemia será de entre el 5 y el 7 % del PIB y que la pérdida de empleos se estima en 120.000; eso es 10 veces más empleos que los que se perdieron el año pasado.

“El tejido empresarial en Antioquia es predominantemente de microempresas que aunque frágiles también son versátiles. Por eso damos un parte de optimismo, porque podemos reconvertirnos”, dijo López.

Una encuesta de Fenalco Antioquia parece darle la razón: por fuera del Valle de Aburrá -región que concentra la mayoría de los contagios- el 89 % de las empresas dedicadas a industria y manufactura, y el 80 % de las dedicadas al comercio están funcionando.

El 24 % de ellas manifestó haber producido bienes o servicios diferentes a los que tradicionalmente realizaba. “Esto significa que la gran mayoría de las empresas que se ‘reinventaron’, acudieron a prácticas alternativas para lograr su sostenibilidad”, se lee en el estudio. El ejemplo más claro de eso son las textileras que ahora producen tapabocas.

Ramiro, que poco conoce de cifras y que nunca estudió, también le da la razón a los funcionarios: “Todo lo que vaya contra la salud es duro, por eso mejor es quedarse en la casa. Uno tiene que aprender de todo en la vida, hasta vivir distinto” .

Infográfico
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