Niños que juegan fútbol en la calle, ropa secándose en los balcones de viejos caserones y mujeres que salen a caminar con sus mascotas, es el panorama que hoy se observa en los noches en Barbacoas, centro de Medellín.
Estas actividades demuestran la transformación que ha vivido el sector después de las intervenciones a comienzos de junio de 2013, a siete ollas de vicio que hoy están clausuradas.
Las dos calles que comprende el sector volvieron a ser habitadas por familias, la mayoría de venteros ambulantes y trabajadores informales del centro, que ocupan inquilinatos ubicados en la viejas casas que hasta la década de los año 80 eran propiedad de personas adineradas que querían estar cerca de la Basílica Metropolitana.
Sin embargo, esta cotidianidad hogareña, que parece extractada de una calle de un barrio de la ciudad, contrasta en la noche con la constante circulación de habitantes de calle, consumidores de drogas y miembros de la comunidad Lgtbi dedicados a la prostitución.
Solo sellaron las ollas
El antropólogo, experto en conflicto urbano, Gregorio Henríquez, opinó que después de la intervención quedaron unos edificios que fueron sellados con adobes, los pintaron y les pusieron dibujitos en la fachada, pero el sector quedó como estaba.
“De hecho, no se hizo un trabajo consciente que recuperara verdaderamente Barbacoas. Todo quedó solo en una forma de mostrar efectividad, pero el problema siguió latente”, comentó.
Opinó que es conmovedor ver a los niños que residen en los inquilinatos pateando un balón en medio de la delincuencia, la prostitución y las drogas y poco se ve la presencia del Estado realizando una labor social, porque los pequeños tienen que jugar en la vía, pero no como reflejo de seguridad del sector, sino como falta de un espacio público digno. Ahí cerca hay un parques, pero tomados por consumidores y expendedores de drogas y la delincuencia.
Más tranquilidad
Ana Miranda, quien trabaja en el centro, lleva dos años viviendo en una de las casas de Barbacoas. Manifestó que el sitio está mucho más tranquilo y muy bueno para vivir y a él han llegado numerosas familias, pero sí reconoció que es un corredor de paso de drogadictos, expendedores y continúa la prostitución, por lo que pidió mayor presencia de la Policía que en la noche del pasado viernes se veía en todas las esquinas.
Ferney Loaiza, quien lleva 16 años administrador de una heladería del lugar dijo que la intervención de Barbacoas no debió quedarse solo con las ollas de vicio sino que le debieron haber recobrado el valor que tuvo para en Centro, porque allí hubo casas hermosas, restaurantes y heladerías muy famosas al lado de los teatros.
El secretario de seguridad de Medellín Gustavo Villegas afirmó que en el sector en las noches hay hoy gran presencia de Policía, porque se detectó un incremento en el cobro de vacunas a los comerciantes y vendedores ambulantes y ya hay varias denuncias para las cuales tiene que haber una respuesta oficial.
A esto se añadió el desorden que se está presentando en los alrededores y se notó un incremento en la indigencia, la explotación sexual infantil y el consumo de drogas.
En cuanto a las ollas de vicio cerradas, indicó que seguirán cerradas hasta que el Gobierno Nacional defina que va a pasar con ellas.
Con los niños también se está mirando, con el Icbf, si están escolarizados, la atención que reciben. Además se verifica de dónde vienen las familias si son desplazadas, para analizar bien este nuevo fenómeno de Barbacoas.
Otra problemática que preocupa, y ya se ha detectado en el sector, es la explotación sexual infantil.
Un comerciante, de quien omitimos su nombre por seguridad, dijo que para trabajar allí tienen que pagar extorsión.
Jorge Mario Puerta, director de Corpocentro, recordó que el sector tiene una actividad en el día que ahora se ve normal, pero en la noche cambia de dinámica con mucha presencia de miembros de la comunidad Lgtbi y de consumidores de drogas, pero realmente la sellada de las ollas de vicio sí le dio otro aspecto al lugar.
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