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La Bastilla no quiere escribir su última página

  • Los libreros de La Bastilla han sufrido los efectos de la cuarentena, pues ya muy poca gente les dan prioridad a los libros. FOTO Manuel Saldarriaga
    Los libreros de La Bastilla han sufrido los efectos de la cuarentena, pues ya muy poca gente les dan prioridad a los libros. FOTO Manuel Saldarriaga
  • El temor al contagio por covid ha alejado los clientes del centro comercial La Bastilla, pero los libreros invitan a los ciudadanos a visitarlos sin temores. FOTO Manuel Saldarriaga
    El temor al contagio por covid ha alejado los clientes del centro comercial La Bastilla, pero los libreros invitan a los ciudadanos a visitarlos sin temores. FOTO Manuel Saldarriaga
Por miguel osorio montoya | Publicado el 26 de octubre de 2020

Los libreros la han pasado mal durante la pandemia. Tratan de salvar sus negocios con domicilios.

Los días se hicieron más largos para los libreros de La Bastilla. Las horas se miden por la cantidad de libros vendidos: a veces son cuatro, o tres, incluso uno. O ninguno. De boca de los venteros salen palabras aciagas, que anuncian tiempos de crisis: pandemia, cierre, contagios. Y la pesadilla, dicen, está todavía lejos de terminar.

La historia comenzó en marzo, dice Germán Galvis, librero y presidente de Avelan, la asociación de librerías del Centro Comercial del Libro y la Cultura. En ese momento, como a todos, los cogió por sorpresa la cuarentena decretada por el Gobierno Nacional.

Cerraron las persianas metálicas de sus negocios y el edificio, ubicado en el Pasaje La Bastilla, adquirió el aspecto sombrío de un hospital abandonado. Sin poder vender un solo título, rememora Galvis, tuvieron que sacar corriendo, luchando contra el tiempo y el virus, cajas repletas de libros para llevar a sus casas.

Una vez encerrados, lejos de sus negocios, comenzó otro karma: venderlos por internet. Como Galvis, casi ninguno de los 58 libreros sabía manejar redes sociales.

“A mí me ayudaron mis hijos a montar una página en Instagram. Nos los pedían y los mandábamos a domicilio. No fue fácil, en un día nos podíamos ir en blanco”, rememora Galvis, con tristeza.

El Centro Comercial del Libro y la Cultura abrió sus puertas en 1991 para acoger a los libreros informales que, contra el sol y la lluvia, ofrecían sus productos en el Parque Berrío y la Plazuela Uribe Uribe. Fue el primer lugar de trabajo bajo techo para muchos.

El edificio, ubicado en el Pasaje La Bastilla, es el último resquicio de lo que alguna vez fue el epicentro cultural e intelectual de la ciudad. A comienzos del siglo pasado, cuando Medellín era todavía una villa apacible, personajes de la talla de Porfirio Barba Jacob y Tomás Carrasquilla solían frecuentar el lugar.

Pero las dinámicas de la ciudad cambiaron muy pronto. El sitio dejó de ser el “refugio de novelistas y poetas”, como lo llamó el periodista Ernesto González, para convertirse en un bullicioso centro de comercio.

Aunque el Pasaje se intervino en 2018 (ver paréntesis) para convertirlo de nuevo en lo que era antes, el Centro Comercial sigue siendo lo más parecido a esa vieja Medellín.

La crisis no ha terminado

Cuando las medidas restrictivas se flexibilizaron, en julio pasado, los libreros abrieron sus puertas de nuevo.

Pero la desolación era total. “Antes vendíamos $200.000 en un día. Hoy, si mucho, llegamos a $100.000”, dice María Elena Mora, una joven que atiende una de las librerías. Y, a paso seguido, añade, con voz entrecortada: “Cuando reabrimos, en julio, no se veía a nadie por acá. La gente tenía miedo de venir al centro”.

Pero justo cuando se daba una nueva oportunidad, llegó otra medida inesperada. La reapertura de julio solo duró 12 días. El 13 de ese mes, ante el alza de los contagios de Coronavirus, el alcalde de Medellín, Daniel Quintero, decretó una cuarentena de 13 días para la comuna 10, La Candelaria, en donde está el Pasaje.

Entonces, las cortinas metálicas de los 58 negocios volvieron a cerrar. Los goznes de las puertas emitieron un sonido triste, como lo recuerda Galvis; en el edificio volvió a reinar la soledad. Fueron 13 días duros, en los que reactivaron las ventas por internet. Pero la situación no estaba para tal. Con una tasa de desempleo de 21, 4 %, según cifras de Medellín Cómo Vamos, los libros se convirtieron en objetos de lujo, prescindibles.

Otro que la pasó mal, y sigue sufriendo hasta hoy, es Fernando Valdez, uno de los venteros del segundo piso. Entre un cerro de libros de medicina, en el que resaltan los de anatomía con sus elegantes dibujos, dice que pasó semanas enteras sin vender un solo ejemplar.

Como su especialidad son los textos de salud, antes de la pandemia recorría calles, libros al hombro, para ofrecerlos a médicos y estudiantes. Entraba a consultorios y hospitales y allí negociaba su mercancía. “Pero cerraron acá, el centro comercial, y tampoco me dejaron entrar a los hospitales. Ahora hago uno que otro domicilio a los médicos, pero por aquí no se pasa nadie”, acepta el librero.

Una vaca virtual

Ante el inminente cierre de la comuna 10, un amigo de Galvis le propuso que hicieran una colecta por internet.

No muy convencido de la idea, el librero aceptó. Entonces movieron el tema por las redes. En Facebook publicaron un enlace en el que la gente podía donar. En total se recogieron $ 7 millones que sirvieron para comprar 60 lámparas de tubo para los dos pisos. “Al final nos tocaron de 100.000 pesos para cada uno. Sirvió la vaca virtual”, dice Galvis.

Ahora, con la reapertura total, comenta Hernán Salamanca, dueño la librería La Mina, las cosas no han mejorado demasiado.

Salamanca es un librero culto, de esos que lo ha leído todo. Mientras saca un libro de Miguel de Unamuno y comenta otro título de Mujica Lainez, explica que la gente no está yendo al centro por miedo a contagiarse de Covid 19.

“Ya no se ve la misma afluencia. Antes podíamos vender 10 libros, hoy solo se vende uno. Algunos no venden ni uno en todo el día. Pero hacemos un llamado: estamos respetando todos los protocolos de bioseguridad”, dice el dueño de La Mina.

Jaime Gómez, presidente de Asobastilla, una agremiación de comerciantes del sector, vaticina, en palabras coloquiales: “con otro cierre nos lleva el verraco”. Añade: “Ahora la gente no viene por miedo, pero los comerciantes de La Bastilla estamos tomando todas las precauciones”.

Y es tanto así que, como los locales son pequeños, ninguno de más de dos metros por dos, los libreros tienen que salirse cuando alguien entra a mirar los títulos.

Pero el miedo a un contagio es más fuerte. Si bien en el centro comercial no se ha detectado ningún foco, algunos son reacios y prefieren comprar libros por internet en grandes plataformas.

Es el caso de Mateo García, quien era un asiduo comprador de los libreros de La Bastilla. “No estoy yendo allá por el simple hecho de que está en el centro y este es un alto punto de contagio. Las veces que he ido al centro desde que empezó la pandemia he notado que es desordenado y hay aglomeraciones”, anota García.

Reinaldo Spitaletta, escritor y conocedor de las dinámicas del centro, advierte que hace falta que en el sector, incluso antes de la pandemia, se fomenten más las actividades artísticas como conversatorios, exposiciones y tertulias. “Yo fui una vez a preguntar por un texto, pero todo estaba muy vacío. El problema de fondo es que no somos una ciudad lectora. Eso da es tristeza”, dice el escritor.

Salamanca, desde la librería La Mina, con un aire despreocupado, se queja porque la gente ha dejado de leer. Según dice, se ha mantenido porque sus clientes son coleccionistas, aficionados a los libros o compradores compulsivos. Mientras tanto, en el primer piso, Galvis sube por una escalera para tomar uno de los libros que atiborran su local.

Sabe que no la están pasando bien, pero conserva un atisbo de optimismo: “Ya vamos a instalar todas las medidas de bioseguridad. Pondremos lavamanos y jabón. Vamos a salir de esta”.

Contexto de la Noticia

Paréntesis remodelación le dio un nuevo aire

En 2018, con una inversión de $ 2.236 millones, la Alcaldía dio un cambio radical al sector. La idea era recuperar el lugar, que había sido tomado por habitantes de calle. Se buscó que La Bastilla volviera a ser el centro cultural e intelectual que fue durante los primeros años del siglo XX. Para eso se capacitó a los comerciantes: ampliaron sus cartas y ofrecieron cafés de mayor calidad. Además, se hizo un convenio con Nutresa para ubicar mesas y carpas al aire libre. Sin embargo, dice Jaime Gómez, presidente de Asobastilla, la pandemia redujo la llegada de clientes y ralentizó el proceso de transformación.


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