En varios rincones de Antioquia, junto a ríos caudalosos o montañas empinadas, hay unas escuelas diferentes a las demás. Se llaman Ecoescuelas, y tienen las paredes pintadas de colores alegres, que reflejan la riqueza natural del departamento. Un enorme jaguar adorna la de La Unión, en Puerto Nare, Magdalena Medio; también las hay en el Suroeste, Nordeste, Bajo Cauca y en el Norte. Tienen composteras, puntos ecológicos, murales alusivos a la fauna silvestre, huertas o estaciones fotovoltaicas. Son oasis de educación ambiental, pequeños enclaves de transformación.
Las Ecoescuelas son un programa de Corantioquia, la corporación ambiental que cobija a 80 municipios del departamento. Nació en 2020 cuando su directora general, Ana Ligia Mora Martínez, se dio cuenta de que había que aglutinar los proyectos ambientales y llevar a cabo un proceso de educación ambiental de base comunitaria. Es decir, a la ruralidad llegaban programas como los Guardianes de la Naturaleza, y se enseñaban cosas muy importantes, pero debía volverse más eficiente, más integral y sus conceptos más digeribles para aumentar su impacto.
Y no es para menos. No es fácil hablar de pluviómetros, calidad del agua, reforestación o compostaje. Faltaba aplicar esos conocimientos, hacerlos comprensibles, llevarlos a la práctica. Ahí fue que a la directora general de Corantioquia se le ocurrió comenzar con los más pequeños, los dueños del futuro de la Tierra. La idea, en síntesis, era escoger escuelas en los 80 municipios que tiene Corantioquia bajo su jurisdicción, que cumplieran con requisitos como estar ubicadas en zonas aledañas a las áreas protegidas, que tuvieran baja calificación en el componente de educación ambiental y que demostraran corresponsabilidad, para hacer de ellas un santuario del aprendizaje ambiental.
En Valparaíso, uno de los niños es el encargado de revisar el pluviómetro. Después de dos semanas de sequía, se asoma sobre el aparato y se da cuenta que, en una sola noche, en la que el cielo tronó y el viento silbó, cayeron 26 milímetros de agua. En Salgar, en una escuela que está junto a la quebrada La Liboriana, una niña es la contadora de la huerta. Sabe cuánta plata dio la venta de las últimas legumbres, y proyecta cuánto se invertirá en la próxima siembra.
Los profesores son otra cara de la moneda. Están jugados con el proceso desde los territorios. Muchos viven en zonas de difícil acceso por lo que se hospedan en las escuelas. No es una labor fácil, dice la directora, pero se compensa con el deber cumplido, con la semilla sembrada de un futuro mejor, más sostenible y más verde.
Hoy funcionan 68 Ecoescuelas en seis subregiones del departamento, pero hay más en etapa de diagnóstico. La meta es que sean 80 al final de esta administración, que termina su periodo en diciembre de este año. En el proyecto se han invertido 3.000 millones de pesos que se ven reflejados en la evolución de las escuelas y en la capacitación constante que brindan los funcionarios de Corantioquia a la comunidad educativa. Son alrededor de 8.000 las personas beneficiadas en todos los rincones del departamento.
Cada Ecoescuela tiene su particularidad. En Valparaíso, por ejemplo, los niños se convirtieron en pajareros, expertos en diferenciar el trinar de las aves, y pronto se serán guías turísticos. En Caucasia, además de aprender sobre la flora y la fauna de la región, los pequeños tienen acceso a paneles solares que la corporación ha instalado. Al principio los recibieron con extrañeza, pero se alegraron cuando se dieron cuenta de que con ellos podían cargar los celulares. Ya no temen que una tormenta eléctrica deje sin luz sus veredas.
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