El anuncio de la eutanasia o caza de control de 80 hipopótamos este año desató un revuelo nacional. Sin embargo, ejecutar la medida enfrenta obstáculos críticos: la falta de coordinación entre el Ministerio de Ambiente y las corporaciones regionales, el alto costo del plan y las dificultades técnicas de intervenir en las llanuras donde habitan cerca de 200 ejemplares. Mientras el proceso se estanca, estos animales siguen representando un peligro para los habitantes y la biodiversidad en Antioquia, Boyacá, Santander y Bolívar, que cada rato se los cruzan en calles, parques y lagunas.
El primer obstáculo es la falta de coordinación. Los directores de Cornare y Corantioquia declararon esta semana en un debate de control político sobre los hipopótamos en la Asamblea de Antioquia que la decisión del Ministerio los tomó por sorpresa.
Liliana Taborda, directora de Corantioquia, contó que fueron citados a una mesa técnica esperando un diálogo, pero se encontraron con que el protocolo de eutanasia ya se había divulgado al país.
Para Javier Valencia, director de Cornare, ese anuncio, sin socialización técnica previa, vulnera los postulados del Acuerdo de Escazú, el tratado internacional sobre participación ciudadana en asuntos ambientales que el actual Gobierno ratificó como una de sus banderas.
La descoordinación, sin embargo, viene de atrás. Las cifras sobre el tamaño de la población no coinciden: mientras el Ministerio habla de 169 individuos, Cornare estima que podrían ser cerca de 200. Esa brecha entre ambas entidades sobre el censo poblacional tiene consecuencias prácticas. Valencia explicó que no se logró un marcaje efectivo de los animales ya intervenidos con esterilizaciones o inmunocastraciones — se intentó con pistolas de paintball cuya pintura se caía fácilmente y con rastreadores GPS que los movimientos del animal desprendían—. Sin ese registro, una eutanasia podría terminar sacrificando individuos que ya habían sido esterilizados, desperdiciando cerca de $40 a $60 millones que cuesta uno u otro procedimiento.
A esto se suma la queja de las comunidades del Magdalena Medio, que denuncian ser convocadas solo para visitas de campo o monitoreo participativo, pero excluidas de las mesas donde se toman las decisiones que afectan su territorio, su identidad cultural y su economía turística.
El presupuesto es otra de las grandes preocupaciones. Aunque se anunció que $7.200 millones del Fondo para la Vida serían destinados para el plan de manejo y control de hipopótamos, expertos como el biólogo Germán Jiménez, profesor de la Universidad Javeriana, advierten que esa cifra es insuficiente incluso para el ejercicio de la eutanasia asistida.
Además existen cuestionamientos sobre la procedencia del recurso. El Fondo para la Vida donde se guardan los aportes anuales que las mismas corporaciones autónomas entregan al nivel central, y estos serían los recursos que retornarían al territorio condicionados exclusivamente para las medidas letales contra los hipopótamos. No obstante, el Ministerio defiende esta inversión como un recurso forzoso y una acción de responsabilidad estatal para mitigar la amenaza que representa esta especie invasora para el equilibrio ecosistémico y la seguridad de la población.
Un estudio de 2023 en la revista Scientific Reports, liderado por investigadores colombianos y estadounidenses expertos en el Magdalena, como David Echeverri (Cornare) y Jiménez, estima que se requiere una inversión inmediata de al menos uno o dos millones de dólares para reducir efectivamente el crecimiento de la población.
Aunque esta cifra coincide con el presupuesto propuesto por el Ministerio de Ambiente, los científicos la califican como conservadora. El cálculo no contempla que, a medida que la población disminuye, los animales remanentes se dispersan más, lo que eleva progresivamente los costos de búsqueda y captura por cada ejemplar.
No existe tampoco un cronograma claro. Desde Cornare advierten que la planificación requerida desborda sus capacidades actuales y que “esta problemática no se soluciona chasqueando los dedos. Esto necesita una planificación, un trabajo año a año y un presupuesto sostenido que desborda nuestras capacidades financieras, técnicas y operativas”, como dice Echeverri.
Él ha insistido en que no se ha definido una planificación para abordar la eutanasia, y que es un proceso complejo, que necesita de la participación de fundaciones, de universidades y de respaldo técnico. Teniendo en cuenta estas dificultades, Echeverri duda sobre la posibilidad de realizar el proceso de eutanasia a los 80 individuos que plantea el Ministerio de Ambiente.
Valencia, director de la entidad, también cuestiona quién realizará la caza. En Colombia no hay personal capacitado para cazar de forma letal a un animal de tres toneladas en entornos silvestres. El escueto cronograma del Ministerio indica que tras la firma de convenios con las corporaciones el 15 de junio, las primeras eutanasias deberían comenzar en el segundo semestre del año.
Todos los intentos previos
Nada con los hipopótamos ha sido sencillo desde el principio. En 1980, Pablo Escobar introdujo ilegalmente al país un macho y tres hembras para su Hacienda Nápoles, junto con elefantes, jirafas, cebras, rinocerontes y avestruces, buscando crear un zoológico privado. Tras su muerte en 1993, los animales quedaron sin vigilancia, mantenimiento adecuado y en un limbo legal.
Muchos de los animales que trajo fueron trasladados a zoológicos de diferentes ciudades del país, sin embargo, los hipopótamos lograron escapar, lo que les permitió expandirse sin control: sin depredadores naturales y con un hábitat ideal, pasaron de cuatro a cerca de 200 ejemplares con una tasa de crecimiento anual superior al 9%. Una de las hipótesis entre científicos es que los hipopótamos colombianos tienen incluso más probabilidades de supervivencia que los africanos, precisamente porque allá sí existen depredadores naturales.
Ese crecimiento descontrolado en un ecosistema que no estaba preparado para recibirlos trae consecuencias graves. Los llaman “especies ingenieras”, porque sus pisadas en manada han desnudado suelos boscosos y trazado caminos, cicatrices que son visibles en el paisaje desde drones, como por ejemplo la Isla del Silencio, en Puerto Boyacá, donde podrían vivir cerca de 22 animales.
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Estas cicatrices eventualmente transforman ecosistemas boscosos en humedales. También preocupa la eutrofización del agua, esto ocurre cuando las heces de los hipopótamos enriquecen los cuerpos hídricos con carbono y amoníaco, lo que reduce el oxígeno disuelto y amenaza la vida de peces y otras especies acuáticas. Entre ellas, el fitoplancton, cuya pérdida tendría consecuencias que van mucho más allá del río: diferentes científicos coinciden en que estos microorganismos producen entre el 50% y el 85% del oxígeno atmosférico.
Las alarmas por los riesgos que generaban los hipopótamos comenzaron en 2009. El Ministerio autorizó entonces la primera caza de control tras reiteradas quejas por los daños ocasionados por estos animales. El primero objetivo era un hipopótamo adulto al que llamaron Pepe, y del cual se temía que, por la agresividad de la especie, agrediera a algún habitante del sector. La operación fue ejecutada por el Ejército y cazadores extranjeros, pero las fotografías de que se tomaron junto al cuerpo del animal generaron tal repudio nacional e internacional que la caza quedó prohibida.
Desde entonces se probaron otras medidas: confinamiento desde 2011, esterilizaciones quirúrgicas desde 2012, traslado a zoológicos locales desde 2013, gestiones de translocación internacional desde 2018 e inmunocastraciones desde 2022.
El resultado, tras décadas de esfuerzos y miles de millones invertidos, es desalentador: apenas 35 animales esterilizados, 40 inmunocastrados y ninguno translocado. Solo se ha logrado la intervención de 75 animales. Mientras tanto, siguieron reproduciéndose y expandiendo sus fronteras.
En este momento se teme que están cerca de llegar a la Depresión Momposina, un ecosistema rico en humedales y ciénagas que podría ser el hábitat perfecto para su reproducción descontrolada, afectando un ecosistema de un valor ecológico incalculable para la región y el río madre de Colombia, el Magdalena.
El mencionado estudio de Scientific Reports afirma que, dependiendo de la estrategia seleccionada, podría haber hipopótamos en el territorio por entre 50 y 100 años más.
Es en este escenario que se tomó la decisión final de optar por la eutanasia. El nuevo plan es una medida de última instancia para evitar que la población llegue a 1.000 individuos en 2035.
El protocolo exige atraer y contener al animal en un punto seguro, aplicarle anestesia para evitar el estrés, administrar los fármacos definitivos y ejecutar el enterramiento de un cadáver que puede pesar hasta 3.000 kilos.
En casos extremos, el plan también contempla la intervención física directa.
Desde sectores científicos disidentes también hay voces que advierten que la medida se adelanta a la evidencia: sostienen que, mientras las consecuencias ambientales no sean claramente observables, intervenir con esta contundencia resulta prematuro.
La vida con los hipopótamos
Para el alcalde de Puerto Triunfo, Franklin Portillo, la situación es una olla a presión que está que explota. Su municipio comparte territorio con el 65% de la población de hipopótamos, afectando, principalmente, a sus cinco corregimientos.
Ante esto, Portillo se siente maniatado: enfrenta demandas por responsabilidad civil extracontractual tras ataques documentados y no tiene los recursos para responderlas. Los casos son concretos. En 2020, el campesino Luis Enrique Díaz fue tomado entre las fauces de un hipopótamo, estrujado, sacudido y soltado con los huesos rotos; no pudo volver a trabajar.
En 2021, John Saldarriaga protagonizó un caso similar que fue noticia nacional. Portillo registró un ataque en 2023 y uno más el año pasado, cuando dos jóvenes que transitaban de noche por una zona rural chocaron contra un hipopótamo.
La joven implicada tuvo una larga hospitalización. “Tengo que pensar en una responsabilidad y hablar desde la razón, más no desde el sentimiento” asegura.
El alcalde reconoce su responsabilidad de garantizar la vida de sus habitantes, pero confiesa que poco puede hacer un municipio de categoría sexta, sin las arcas para enfrentar una problemática que ni el Ministerio ha podido resolver, con tutelas y acciones populares que le exigen medidas costosas como el confinamiento o el cerramiento de escuelas.
¿Ahora es identidad?
Mientras el nivel central dicta directrices y los entes locales exigen recursos, las comunidades defienden un símbolo.
En el debate de la Asamblea de Antioquia se señaló que el hipopótamo ya hace parte de la identidad territorial: hay souvenirs, rutas turísticas y más de 300 emprendimientos locales que dependen del avistamiento, según Tania Galindo, de la Comisión Protectora, quien calificó el plan de eutanasia como un “atropello social”. Sin embargo, es el Parque Temático Hacienda Nápoles el centro de turismo que más beneficios ha recibido por los hipopótamos. Cientos de turistas llegan allá directamente a conocerlos, incluso una hembra bautizada Vanessa, que murió en 2024, era considerada la “mascota” insignia del parque.
Pero también hay otras economías alrededor de los hipopótamos, como la venta de crías, actividad que es ilegal pero que se conoce desde hace años.
Mientras el debate sobre la eutanasia se extiende por redes sociales y asambleas políticas debatiendo sobre el carácter moral de la decisión, en Puerto Triunfo los hipopótamos siguen marcando su poderío sobre el territorio y expandiendo sus fronteras.
Otros bebés nacen y crecen. La autopista Medellín-Bogotá sigue siendo un peligro para los viajeros y las escuelas cercanas que siguen cerrando ante la presencia de estos animales.
La última traba para ejecutar el plan es una cascada de tutelas que piden frenar la eutanasia alegando vulneración a los derechos de los hipopótamos como “seres sintientes”. Un juez de Antioquia ya admitió una de ellas, interpuesta por organizaciones de protección animal.
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Sin embargo, el fundamento jurídico de esa posición es debatido. Juan Pablo Sarmiento, profesor de Derecho Ambiental de la Universidad de La Sabana, advierte que la Corte Constitucional ha establecido en casos previos que las acciones judiciales para la protección de la vida y la libertad individual son para seres humanos.
Que un animal sea reconocido como ser sintiente, aclara Sarmiento, no le otorga un derecho a la vida; implica, únicamente, evitar que sufra de forma innecesaria.
Estos esfuerzos legales para salvar a los hipopótamos, ya presentó su primer revés. Resulta que en una sentencia del 24 de abril de 2026, el Juzgado Tercero Administrativo del Circuito de Bogotá negó ocho tutelas en contra de las eutanasias anunciadas por el Gobierno Nacional.
En su conclusión, el juzgado exhortó a las autoridades a ejecutar la estrategia de control de manera oportuna, teniendo en cuenta las implicaciones ambientales que vienen generando hace casi 45 años, aunque desplegando campañas de información a la ciudadanía para explicar el origen del problema y la determinación.
Puerto Triunfo, en medio del barullo de voces que opina y exige lo que se debe hacer, continúa viviendo en un estado de incertidumbre donde el riesgo biológico y social crece sin que nadie, por ahora, logre coordinar una respuesta efectiva y contundente contra esos gigantes animales que llegaron con plata del narcotráfico hace 40 años.
Las huellas físicas de la endogamia en los hipopótamos
El principal obstáculo para la translocación de los hipopótamos a otros países ha sido su baja diversidad genética. Todos los individuos que habitan hoy en el Magdalena Medio descienden de los cuatro ejemplares introducidos por Pablo Escobar en los 80, un macho y tres hembras, lo que ha implicado procesos reproductivos marcados por la endogamia.
Esta consanguinidad, como ocurre en otras especies, incrementa la probabilidad de enfermedades y malformaciones. Aunque muchas de estas no son visibles, ya comienzan a evidenciarse manifestaciones físicas de esta pobreza genética.
Según David Echeverri, biólogo y jefe de biodiversidad de Cornare, se han identificado al menos dos individuos con malformaciones evidentes. Uno de ellos fue fotografiado por el propio Echeverri y la foto se ha difundido y vuelto viral en redes sociales.
El animal retratado presenta una deformación en la trompa, con un crecimiento del tejido excesivo que no es común de ver en la especie; además, tiene una joroba que podría estar asociada a una curvatura en la columna vertebral, lo que también reduce el tamaño de su cuerpo, quitándole el característico cuerpo de barril de los hipopótamos.
En su piel, además, se observan manchas más claras, en las axilas, cola y otras partes, sobre el tono grisáceo o marrón particular de la especie, un rasgo que podría estar relacionado con el vitiligo.