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Volviendo a casa: el camino desandado por los migrantes venezolanos

  • Ni la lluvia detiene la marcha de los migrantes venezolanos que buscan regresar a su país por sus propios medios. FOTOS Julio César Herrera
    Ni la lluvia detiene la marcha de los migrantes venezolanos que buscan regresar a su país por sus propios medios. FOTOS Julio César Herrera
  • Al día, los caminantes pueden recorrer hasta entre 30 y 40 kilómetros dependiendo del clima que los acompañe en la travesía.
    Al día, los caminantes pueden recorrer hasta entre 30 y 40 kilómetros dependiendo del clima que los acompañe en la travesía.
Por DIEGO ZAMBRANO BENAVIDES | Publicado el 13 de junio de 2020
90.146

venezolanos residen en Medellín, según las cifras de Migración Colombia.

2.114

caminantes que salieron del Aburrá cruzaron la frontera desde que inició la pandemia

espere mañana

Reportaje sobre la situación de los venezolanos que llegan a la frontera, donde Migración Colombia calcula que hay 15.000 personas represadas que esperan su ingreso al vecino país.

La noche antes de partir Jhony fue amenazado de muerte. A las 9:00 p.m. del martes 9 de junio, tres hombres entraron a la habitación que alquilaba en Bello, acompañados por el casero, y uno de ellos, hundiéndole la pistola en el pecho, le dijo que tenía dos opciones: pagar los meses de arriendo que debía o saldar la deuda con su vida.

La sentencia también sorprendió al dueño de la pensión, pues había llevado a los tres “pelados” para presionar a su inquilino, pero la cosa se salía de control. Entonces decidió darle un plazo de 24 horas, tiempo que le sobró a Jhony para empacar un morral y partir con sigilo la madrugada siguiente. Ese día supo que debía desandar el camino recorrido y regresar a Venezuela.

A la misma hora en que la pistola apuntaba contra el extranjero, un compatriota suyo se acurrucaba con un par de cobijas a la vera de la carretera, luego de recorrer 35 kilómetros desde el barrio El Porvenir, en Itagüí, hasta inmediaciones del peaje El Trapiche, en Girardota. Juan Carlos Flórez dormía en compañía de otros 14 venezolanos que atravesaban Colombia con su mismo propósito, el retorno a la patria.

En su caso, el arreglo con el casero fue amistoso. Partió sin deudas, pero sin un peso en el bolsillo, con la ilusión de conseguir algún aventón en la ruta para acortar el viaje hasta la frontera que, calculó, cuando menos toma un mes. Junto a él viajaba una familia de nueve personas −siete menores de edad− y otros cinco migrantes que se unieron en el trayecto.

Persiguen la suerte que ya lograron, saliendo desde Antioquia, 2.114 caminantes, de acuerdo a las cifras entregadas por Migración Colombia, sin tener en cuenta el subregistro que puede existir debido a los pasos ilegales. La entidad agregó que, junto a los 2.192 que retornaron en buses y 149 en un vuelo desde el aeropuerto José María Córdova de Rionegro, ya son 4.455 venezolanos que han retornado voluntariamente debido a la crisis por la covid-19.

Los viajes hacen parte de un corredor humanitario en el que participan actores como la Gobernación de Antioquia, las alcaldías, la Procuraduría, la Defensoría del Pueblo, las personerías municipales, organizaciones de derechos humanos y la Policía Nacional.

El virus que truncó el sueño

A los 13 años, viviendo en Ciudad Ojeda del estado de Zulia, Jhony aprendió a trabajar con la madera. Un oficio que le gusta y que había aplazado por su deseo de ingresar a la Guardia Nacional Bolivariana. Fue un incidente en su moto lo que frustró su carrera en la fuerza y lo llevó a que en abril de 2018, con 26 años, emprendiera su viaje a Antioquia junto a su esposa y dos hijos por recomendación de unos vecinos colombianos, quienes le aseguraron que en Medellín encontraría empleo y podría retomar su vocación como carpintero.

Juan Carlos, por su parte, vivía y trabajaba como operador de máquinas en una imprenta de la ciudad Barinas. Hace un año y dos meses, producto de la crisis económica del vecino país, la empresa cerró y se quedó desempleado. Así fue que atravesó la frontera para buscar mejor fortuna, incluso a costa de separarse de su esposa y sus cuatro hijos.

Ambos consiguieron mejor suerte, al menos hasta que lo impensable, una pandemia, los llevó al límite. Jhony, incluso antes de la cuarentena, fue despedido del taller de carpintería donde trabajaba hace más de un año. La razón: había cambiado el personal que dirigía el lugar y a los nuevos jefes no les gustaban los “chamos”. A Juan Carlos, luego de trabajar en al menos ocho obras de la ciudad como albañil, se le acabaron las ofertas laborales y terminó encontrando sitio en la Plaza Mayorista, en Itagüí, ganándose el día a día como cotero.

Luego, el virus impidió que los dos siguieran laborando. La cuerda se estiró tanto que al final se rompió, con un día de diferencia, pero con el mismo desenlace. El de emprender una travesía que, como la mañana lluviosa del miércoles 10 de junio, los tiene caminando bajo la garúa que moja el pavimento y sus pasos, a la espera de que algún camionero se detenga y les ahorre algunos kilómetros en ese viaje que, como canta Alejandro Lerner, consiste en volver a empezar.

Por la carretera

A los costados de las rutas, por donde antes se veía a los caminantes entrando a las ciudades, ahora el fenómeno migratorio parece ir en contravía. Toni Vitola, vicepresidente de la Colonia de Venezolanos en Colombia, mencionó que esto se debe a varias razones. Por ejemplo, el rumor de que en el vecino país la situación mejoró por una silenciosa dolarización.

Otro motivo, indicó, es el arraigo familiar. Parte de los migrantes, aunque no la están pasando mal, decidieron regresar porque sienten que son más útiles en sus lugares de origen, o simplemente porque extrañan a los seres queridos que dejaron atrás.

También, explicó Vitola, se debe a los desalojos que sufren los extranjeros en los sitios donde vivían y a que, pese a la voluntad de los gobiernos locales con la estrategia del corredor humanitario, en la frontera el Estado bolivariano limita el ingreso a menos de 300 personas por día y muchos en el interior del país, cansados de esperar un viaje por vía terrestre o aérea, deciden irse caminando.

Así lo hace Jhony, quien encontró la breve compañía de una pareja de venezolanos cuya travesía empezó hace un mes en Ecuador. Se despidieron kilómetros más adelante, porque ellos seguían la ruta que va hacia Cúcuta, mientras que él continuó hacia el norte para llegar a Ciénaga, en Magdalena, donde se reunirá con su esposa e hijos para reaundar el retorno al vecino país cruzando por Maicao, en La Guajira.

Entretanto, en el grupo de Juan Carlos hubo debate entre los ocho adultos que lo componen. La mitad prefería irse por la Costa Atlántica, mientras que los otros argumentaban que el camino es más corto por Puerto Berrío. Sin embargo, esta segunda opción implica un irremediable paso al que los caminantes le tienen terror: el páramo de Berlín, entre Santander y Norte de Santander.

Yohandry, un joven de 17 años, reveló que venían juntado el dinero para pagarle un transporte a sus seis hermanos menores, evitándoles el paso a pie por estas frías tierras situadas entre los 2.800 y 4.290 metros sobre el nivel del mar, y que en febrero, por ejemplo, alcanzaron temperaturas de siete grados celsius bajo cero. En diferentes medios, aunque no es una cifra oficial, se afirma que en 2018 este paso le causó la muerte por hipotermia a 17 venezolanos.

Por la carretera que va hacia el norte de Antioquia, 20 kilómetros más adelante del peaje El Trapiche, también hay tramos complejos como el Alto de Matasanos, sitio en el que a pesar de la rudeza del clima y donde es común que la neblina se trague el paisaje, sorprendió ver algunos migrantes caminando descalzos por la empinada montaña.

La lluvia, señaló Yohandry, es la enemiga del viaje. Antes de arribar a Medellín gracias a un camionero que los recogió cerca a La Pintada, hubo varias noches en las que el único miembro del grupo que se libró de terminar enlodado fue un bebé de casi un año, quien va protegido dentro de un coche.

Y como hay buenos, hay malos, porque si no han faltado la comida y algunos techos amigos en lo que llevan de recorrido, en un par de ocasiones en la ruta se cruzaron con migrantes que no tuvieron reparo en orinarse y dejar sus excrementos cerca a los campamentos donde pasaron la noche.

Aún así, cuando Juan Carlos se unió al grupo solo vio sonrisas. Allí entendió que podrán ser muchos los riesgos en la carretera, pero cuando varios se unen bajo el mismo propósito se hace más liviano el andar. Además está Rocky, un perro criollo con manchas cafés y blancas adoptado por los viajeros y que, en sus ires y venires detrás de un palo, los distrae durante las jornadas de caminata.

Huyendo del vaivén

Jhony había escuchado de los viajes humanitarios y Juan Carlos alcanzó a estar en el Coliseo Carlos Mauro Hoyos, en Belén, uno de los tres albergues en los que la Alcaldía de Medellín recibe migrantes en situación vulnerable que quieren regresar de manera voluntaria a su país.

En estos lugares, según Mónica Alejandra Gómez, secretaria de Inclusión Social, la población de extranjeros es variable. Con corte al 12 de junio había 312 venezolanos. La funcionaria dijo que están atendiendo las necesidades y, contrario al temor que expresan algunos caminantes, no hay ni hacinamiento o riesgo de contagio.

Solo en la capital antioqueña hay 3.200 personas en lista de espera para el retorno a Venezuela. De los albergues y de la ciudad en general ya salieron 26 buses que trasladaron a 1.292 migrantes. Gómez pidió paciencia, pues la labor depende de que todos los papeles estén en regla y ningún viaje se hace sin tener la certeza de que no lo van a devolver en carretera y que está garantizado el ingreso al vecino país.

En Bello, municipio en el cual Migración Colombia estima que hay 14.210 venezolanos, siendo el segundo del Valle de Aburrá por detrás de Medellín (90.146), la alcaldía indicó que han logrado el retorno de 61 personas y hay otras 1.000 inscritas para los viajes humanitarios. Itagüí, en donde esta población se calculó en 8.035, la administración llevó hasta la frontera a 500 migrantes.

No obstante, el temor de Jhony, Juan Carlos y el resto de los caminantes no es tan infundado. El 31 de mayo, 232 venezolanos emprendieron un viaje desde el Aburrá hacia Cúcuta y, hasta el cierre de esta edición, estaban varados en San José del Nus, corregimiento de San Roque, Antioquia.

La secretaria de Gobierno de Copacabana, Jaqueline Zapata, explicó que los trámites se hicieron de manera correcta, pero faltó coordinación con el puesto de control que tiene la Policía en Puerto Berrío, donde les impidieron el paso dos veces.

Los viajeros, que solo quieren llegar a su país, afirmaron que han pasado hambre, pero Zapata reiteró que todas las necesidades estaban siendo atendidas y tramitaban, junto a los alcaldes de Maceo y San Roque, una ruta diferente a Cúcuta, quizás por Arauca, pues estas 232 personas se negaron a regresar al Valle de Aburrá.

Es precisamente ese vaivén al que le huyen los caminantes. Juan Carlos prefirió optar por sus propios medios para llegar a la frontera. Sentado sobre el concreto a un costado de la vía puso sus dedos sobre el pavimento mojado y soltó: “en algún punto este camino que estoy tocando alcanza la puerta de mi casa en Venezuela. Para llegar ahí solo necesito mis dos piernas”.

Contexto de la Noticia

OPINIóN no se termina la ola migratoria

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RONAL RODRÍGUEZ
Investigador del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario
“Este episodio de la salida de venezolanos es un capítulo menor en el fenómeno migratorio. Algunos se fueron engañados por el régimen bolivariano, que afirma recibirlos con las puertas abiertas, pero luego los señalan y los discriminan; otros se marcharon por la presión que generó la pandemia, buscando estar cerca de sus redes de apoyo. Sin embargo, no es cierto que se termine la ola migratoria. La crisis venezolana en materia de salud será peor más adelante y sus ciudadanos tratarán de buscar en Colombia la manera de salvar su vida. Los gobiernos deben prepararse para la reactivación del fenómeno”.
Diego Zambrano Benavides

Periodista de la Universidad de Antioquia interesado en temas políticos y culturales. Mi bandera: escribir siempre y llevar la vida al ritmo de la salsa y el rock.

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