David Mesa y Jeimy Montoya llevan si acaso cinco meses de haberse conocido pero decidieron sellar su amor con un símbolo que para ellos promete que nada ni nadie podrá disolver el vínculo que han creado. Viajaron a Santa Fe de Antioquia, tomaron un candado, lo guindaron de la baranda del Puente de Occidente y arrojaron las llaves al río Cauca.
El día en que los periodistas de EL COLOMBIANO presenciamos la escena, el primero de mayo pasadas las diez de la mañana, ambos caminaban por uno de los dos carriles peatonales de la estructura que tiene un carácter patrimonial, como tratando de no llamar la atención; mientras él le hacía cortina, ella efectuaba la operación a hurtadillas, por si alguien pudiera prohibirlo. Y culminaron el rito con un beso profundo y prolongado en medio de un sol inclemente.
El ceremonial del candado es una costumbre muy extendida en varias ciudades europeas y no se sabe muy bien cómo llegó a Colombia pero es claro que va tomando fuerza.
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En el año 2023, cuando la Gobernación dirigió la restauración del Puente de Occidente, desmontaron tantos candados que se llevaron a botar un costalado. No obstante, la medida a todas luces tuvo un efecto efímero, pues el día de la visita de este medio contó por lo menos 520 candados en las barandas de seguridad del carril peatonal derecho —en sentido Santa Fe de Antioquia-Olaya— mientras que en el costado izquierdo había 378 y hasta en el central, por donde circulan solo bicicletas y automotores de dos, tres y cuatro ruedas, se divisaban una que otra aseguranza de ese tipo.
“No los contamos ni pesamos, pero eran una cantidad impresionante”, recuerda el ingeniero de la Secretaría de Infraestructura Juan Fernando Franco, quien supervisó aquellos trabajos realizados por una firma contratista.
No era ni la primera vez que reparaban esta emblemática obra que fue declarada monumento nacional en 1978 ni tampoco la primera en que quitaban candados. De hecho, en el año 2000 hubo un mantenimiento a fondo en el que incluso cambiaron algunas partes de la madera que estaba destrozada y, como solo estaba la calzada para vehículos livianos, le anexaron los dos pasos peatonales. Después de eso, ya sin la amenaza de los carros al pasar por la misma calzada, fue que muchos comenzaron a enamorarse en el Puente de Occidente, llamado oficialmente José María Villa.
En 2008, en la siguiente restauración, había candados ensartados; los descolgaron y ahí volvieron a estar para 2012, cuando hicieron otra intervención conservacionista.
Lo que tiene claro el ingeniero Franco es que si hubiera una prohibición expresa de colgar los candados, tampoco sería sencillo hacerla cumplir porque después de que se instaura un comportamiento social como estos no hay fuerza que lo detenga, máxime si en la web hacen eco de ellos.
David y Jeimy, por ejemplo, son dos gomosos de las redes sociales. Se “encontraron” gracias a una página de Facebook llamada “parejas”, que como su nombre lo indica, se ocupa de unir gente.
Luego pactaron una cita presencial para el seis de febrero pasado y desde eso vienen saliendo, compartiendo, enamorándose al punto de querer desarrollar un proyecto de convivencia.
Él es un moreno alto, algo callado, que lleva aretes en ambas orejas, vive en el barrio Doce de Octubre y ejerce como operador de mantenimiento en una empresa de tanques; ella, alta, robusta, de piel clara y cabello ensortijado, también es operaria, pero en una empresa de alimentos y reside en Aranjuez.
Su viaje a Santa Fe de Antioquia tenía el atractivo de vivir un día de sol, pero lo hicieron expresamente para dejar testimonio del sentimiento que ha crecido entre ellos, según el ritual que vieron en TikTok.
—¿Para ustedes qué simboliza lo que hicieron?
—La unión –responde parco él.
—El hecho de tirar las llaves es como no romper ese lazo; porque si usted tiene las llaves, no queda cerrado.
—¿Seguro que no dejaron copia de las llaves, por si algún día se arrepienten?
Ambos ríen y recalcan que tiraron las tres copias de las llaves con las que les vendieron el candado.
El candado va marcado con la J y la D, por las iniciales de sus nombres. El sitio para ubicarlo lo escogió ella, guiada por una intuición y con la intención de que este se convierta en un lugar de encuentro al que esperan regresar cada que deseen renovar su compromiso. Jeimy asevera que aunque le pongan más candados alrededor, sería capaz de recordar dónde quedó el suyo y ubicarlo después.
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Algunos dirán que eso de colgar candados en una parte visible de una ciudad o un pueblo y botar las llaves es un embeleco o un acto de esnobismo; para otros probablemente pese más como un gesto válido en cuanto más se deprecia el romanticismo en las sociedades contemporáneas, y no falta quien lo critique como muestra de amor posesivo.
Hay varias teorías sobre cómo empezó a hacer carrera esta expresión en el Viejo Continente. Una la ubica en Serbia y habla de un romance entre una maestra y un soldado que se encontraban siempre en un puente. Añade el relato que al estallar la Primera Guerra Mundial el militar fue destacado en Grecia, que allí se enredó con otra mujer y que la antigua novia murió al enterarse (no dice de qué manera). Desde entonces, las jóvenes serbias habrían comenzado a colocar candados en el puente para encadenar simbólicamente a sus parejas y el hábito se extendió a toda Europa.
Así se han creado más derivaciones del primer cuento. De acuerdo con el medio virtual La Voz de Galicia, se generó un boom mayor en la década del 2000 y un detonante habría sido la novela Ho voglia di te, del italiano Federico Moccia, en la que dos personajes principales rubrican su amor con un candado en el puente Milvio de Roma y echan al agua las llaves.
Posteriormente el hábito se contagió a enamorados en París, las demás capitales del Viejo Mundo, Asia y América.
El común denominador en varios casos ha sido el temor de que el peso del metal o el óxido atenten contra la firmeza de las estructuras, como habría ocurrido en Italia con el río Tiber en 2007; luego, en 2015, fueron retirados más de 700.000 candados que pesaban más de 18 toneladas de la pasarela de Solferino.
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Giancarlos Bran y su pareja, Rosa Angélica Peña, hicieron el mismo ritual de Jeimy y David hace tres años; hoy siguen juntos, aunque él ya no distingue cuál es su candado.
-¡Hombre tenía que ser! -tal vez dirá ella.
Él es uno de los guardias de seguridad que está pendiente en el puente para que desde su lado –el lado que une con el municipio de Olaya- solo pase una moto a la vez por el carril central y que no se encuentre de frente con otra que eventualmente haya iniciado el recorrido desde el extremo contrario. Para ello, se comunican a través de un pequeño radio.
El joven de 28 años cuenta que el ritual lo hicieron en noviembre de 2023, como imitación de una costumbre que ya se había instaurado en la localidad. Ese día compró su candado, pequeño y barato –como de tres mil pesos según recuerda– y en un gesto improvisado lo pusieron, sin siquiera grabarle sus iniciales, en un sector despoblado de la reja en la parte media del puente peatonal.
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Para entonces llevaban como año y medio en su relación. Se habían conocido en una salida de gallada en la que una amiga mutua los presentó; se gustaron, intercambiaron números telefónicos, siguieron pactando citas ya a solas, pero el momento culmen fue cuando él se fracturó en el pómulo y la mano en un accidente de moto y ella lo acompañó en la recuperación.
Poco a poco se fueron uniendo sus destinos hasta que terminaron viviendo juntos, en San Jerónimo.
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Algunos más osados que David, Jeimy, Jeancarlo y Rosa Angélica se empeñaron en la misión casi suicida de saltar la barrera metálica que da seguridad dentro del puente, para ubicar su respectivo candado en el cable metálico que amarra la estructura, retando su fuerza, su equilibrio o tal vez la suerte, pues las posibilidades de caer desde la altura es grande, sin contar la profundidad del río Cauca que espera abajo; solo alguien con las habilidades de un hombre araña los podría desmontar.
En las barandas hay candados de varias formas y colores. Uno, mediano, muestra a la pareja que le madrugó al 2026 para sellar su amor. Tiene fecha del primero de enero y las iniciales JDM.
La mayoría son pequeños, baratos y seguramente comprados en negocios locales y de afán, pero también los hay grandes, como si trataran de asegurar una unión más fuerte.
En uno de los cables metálicos, mirando al vacío, hay puesto un candado que debe tener cerca de dos años, pues ya el óxido tapó las iniciales que habían grabado; en varios, en cambio, el tono café que se produjo por la corrosión del metal con la lluvia resalta más las letras en una suerte de bajo rrelieve; unos más lucen brillantes, prueba de que alguna pareja decidió dejar testimonio de su sentimiento en la última semana.
Se ven también dos candados gemelos, quién sabe por qué, y les hicieron la misma inscripción. Dos intentaron proteger su unión del imperio del tiempo con un recubrimiento de plástico al candado.
Del lado de Olaya, a unos pasos del Puente de Occidente, está el almacén La Mulera, donde muy posiblemente compraron buena parte de los candados que yacen en la estructura vial que tiene el carácter de joya histórica y arquitectónica.
Los precios oscilan entre $8.000, $15.000 y $20.000. Aparecen exhibidos junto a imágenes y figuras alegóricas al puente de Occidente, a las chivas o carros de escalera antioqueños tradicionales. En un fin de semana, acota la administradora, se pueden vender en promedio diez. Esta explica que no siempre los adquieren parejas, porque algunos hacen de la amistad o del amor filial un motivo de conmemoración.
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Santiago y Karin, él un muchacho trigueño de barba, ella una rubia de sonrisa blanquecina, representan una historia que parece de una novela que podría llamarse “El amor en los tiempos de las redes”, parodiando la obra del Nobel caribeño. Ambos miran los candados, les llaman la atención.
“Sabemos que simbólicamente es algo romántico y bonito entre las parejas, pero también tengo el sentido de que puede contaminar. Pero, como quedan ubicados ahí y no se mueven, no le veo tanta problemática”, dice él.
Al preguntarle si sabe de dónde viene esta costumbre, Santiago responde con suficiencia que conoce que la tradición tiene su origen en Europa. De su propia historia de amor, relata que se conocieron hace quince días en una speed date, que es el anglicismo para una forma de fiesta en la que desconocidos interesados en sexo o en entablar relaciones afectivas serias se encuentran y en entrevistas cortas identifican intereses comunes.
Ese encuentro fue el 18 de abril y aunque el primero de mayo, cuando los entrevistó EL COLOMBIANO mientras ellos miraban atentos el fenómeno sucedido en el Puente de Occidente, todavía no le habían puesto nombre a la relación –si era noviazgo o qué– lo claro es que esta iba en perfecto proceso de consolidación, al punto de que no descartaron volver en otro paseo a poner su candado.