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Rubén, el relojero que le da cuerda al tiempo de Dios

El mecánico de 59 años, residente en el barrio Villa Hermosa, es el encargado de mantener en funcionamiento el centenario reloj de la Basílica Metropolitana. Heredó la tarea de su padre.

  • Rubén, el relojero que le da cuerda al tiempo de Dios
  • Rubén enseña la foto de su padre Leonardo, el precursor de su oficio (izquierda). Al lado, el ascenso al campanario. FOTOS henry agudelo
    Rubén enseña la foto de su padre Leonardo, el precursor de su oficio (izquierda). Al lado, el ascenso al campanario. FOTOS henry agudelo
  • Rubén, el relojero que le da cuerda al tiempo de Dios
Publicado el 01 de febrero de 2015

El año en que el reloj de la Catedral Basílica Metropolitana se detuvo ocho interminables días, la feligresía se emberracó con Rubén Darío González Montoya.

“Las viejitas del Parque de Bolívar comenzaron a hacer reclamos, que por qué no funcionaba, que por qué esto, que por qué aquello... ¡no sé si es que se tomaban las pastillas con la hora del reloj o qué!”, dice el hombre de 59 años, quien lleva a cuestas, pero con mucho orgullo, la responsabilidad de ser el relojero de Dios.

El oficio lo heredó de su padre, el ingeniero mecánico Leonel González Saldarriaga, quien en los años 60 ganó fama nacional al dedicarse a la instalación y el mantenimiento de los complejos medidores de tiempo en los templos católicos.

“Mi papá llegó a trabajar en unos 33 relojes de iglesias de toda Colombia, incluso viajó a San Antonio del Táchira, en Venezuela”, recuerda Guillermo, otro de sus 10 hijos, quien en varias ocasiones lo acompañó a darle manivela al intrincado mecanismo de engranajes, poleas, pesas y péndulos.

Don Leonel los llevaba a él y a su hermano a las correrías, y así los fue impregnando del amor por el tic tac de los recintos sagrados.

Y cuando el reloj de la vida del patriarca se detuvo, a sus 73 años, Rubén, con estudios de Mecánica Industrial en el Sena, preservó su legado.

Ascenso a la cúpula

Rubén nos espera temprano, en el atrio de la principal iglesia de Medellín, para repetir un ritual que ha hecho cada tres días durante 25 años: mimar el reloj.

El tal la confianza que le tienen los párrocos, que maneja las llaves que conducen por los pasadizos secretos del templo neorrománico, declarado Monumento Nacional, cuya construcción inició en 1890.

“Antes había un celador que cargaba las llaves, pero lo mataron cerca de aquí, por robarle. Entonces el secretario de la parroquia me las confió a mí”, narra González.

El acceso a los pasadizos es por una pequeña puerta, aledaña a la escultura del Señor Caído. “La primera vez que vine, esto me pareció tétrico”, comenta, mientras nos introducimos por un corredor que no supera los 80 centímetros de ancho. Menos mal somos flacos.

Nos estrechamos en un antiguo ascensor de marca Otis, para subir el equivalente a unos cinco pisos. En el trayecto, Rubén dice que cada vez que hay un evento con personalidades en la Basílica, su trabajo se obstruye por tantos escoltas. “Pensarán que uno es un francotirador en esa torre, pero a esta edad uno ya ni piedras tira, jajajaja”.

Se abre la compuerta y el ambiente es inundado por la melancólica tonada de un órgano de 22 toneladas y 3.500 tubos, que acompaña los Avemarías que el sacerdote exclama desde el altar.

Las teclas y los pedales son orquestados por el joven rockero Esteban Gira, quien nos cuenta que el monumental instrumento fue construido en Alemania en 1932, luego importado y ensamblado en Medellín. Entonces Rubén se acerca y saca pecho: “Yo le reparé el motor hace ocho años, es un aparato grandísimo y muy bello, de pura fundición, lleno de aire”.

El ascenso a lo más alto de la catedral prosigue por un ático lóbrego, con 84 escalones de madera y delgados rayos de luz que lo invaden por el espacio entre las columnas, iluminando los retratos en pintura de los monseñores que han regido la Basílica. Allí observamos las pesas de 300 kilos que, por un sistema de poleas sincronizado con el reloj, impulsan las campanas.

“Trescientos kilos es como tener un toro colgado ahí”, observa el fotógrafo Henry Agudelo, y Rubén agrega que una vez se partió el cable metálico que la sostenía, y la pesa rompió el suelo de varios pisos en su brutal caída.

Otras 92 escalas, cada vez más angostas, y por fin llegamos al desván. Rubén usa la llave para abrir una compuerta rústica y ante nosotros se revelan, en toda su majestad, las entrañas del reloj. El tic tac tic tac nos abraza.

La cara del relojero se transforma y entusiasmado empieza a señalar cada una de las 40 piezas: “vea el piñón, el trinquete, la rueda de escape, esto es un sistema de leva, vea el minutero, a cada rato hay que aceitarlo...”.

En la base de la máquina hay dos insignias. La primera reseña que este fue el reloj número 1514, elaborado por la compañía Seth Thomas Clock en su fábrica de Thomaston, Connecticut (E.U.), el 8 de abril de 1909.

La otra dice: “Regalado por don Recaredo de Villa y familia”. Rubén afirma que aquel era un señor adinerado, con propiedad vecina a la Catedral, quien mandó a traer el aparato desde el extranjero.

El vidrio de la fachada, sobre el cual están los números romanos que marcan la hora, tiene una rajadura, al parecer porque “algún desocupado le disparó con un rifle de copas hace como 10 años”.

Y el puntero del segundero se quedó pegado, por el polvo, el agua y la corrosiva intemperie. Ambas cosas no se pueden reparar desde adentro. Haría falta una grúa de construcción o un camión de bomberos con una escalera al cielo para alcanzarlo desde la calle.

Son cuestiones que escapan a los recursos de Rubén, quien solo tiene ojos y manos para acicalar las piezas. “Este reloj puede funcionar toda la vida, no es como estos chiquitos, que a los dos años se dañan”, insiste dándole golpecitos a su reloj de muñeca.

Cosas de la fe

El periodista Federico Aguilar, director del periódico La Tuerca, que circula en el barrio Naranjal de Medellín, conoció a Rubén por el taller de torno y soldadura que administra en ese vecindario. Él fue quien lo bautizó en un reportaje como “el relojero de Dios”.

El mote le cae en gracia al mecánico residente en Villa Hermosa, quien opina con humildad que es un católico que le pone mucha fe a las cosas. Y en este oficio, sí que más.

“El padre anterior, monseñor Iván Moreno, era feliz con su reloj. De vez en cuando me llamaba y decía: ‘¡vea, ya se atrasó un minuto!’. Para él, la liturgia tenía que empezar a las siete en punto, y las campanas sonar cuando él iba entrando. Eso era esencial”.

El sacerdote Bernardo Restrepo, actual titular del despacho parroquial, refuerza la importancia que tiene el medidor del tiempo para los rituales de la iglesia. “El reloj y las campanas simbolizan que hay una presencia suprema, una fuerza natural que nos convoca a la Eucaristía”.

Tal es la responsabilidad de Rubén, quien ha reparado 12 relojes en distintas iglesias, y no oculta su preocupación porque quizá no haya en su familia alguien que herede el mandato.

Aunque de ánimo vigoroso, a su edad las rodillas se fatigan más fácil subiendo a la torre. Su hijo Marcelo, de 29 años, se dedicó a las Finanzas, y no hay sobrinos apasionados por las marañas de los cronómetros.

Parece que Rubén será el último de los González que dará cuerda al reloj de la Basílica. Pero mientras todavía le queden minutos al reloj de su vida, seguirá yendo cada tres días a las 6:30 a.m. en punto, a darle 120 vueltas a la manivela de la hora, 120 a la que marca los cuartos y 14 a la del segundero, para que jamás se detengan, pues como dicen, el tiempo de Dios es perfecto.

en definitiva

El oficio de relojero de la Catedral Basílica Metropolitana es una herencia que, después de Rubén, podría no continuar en la familia González.

Contexto de la Noticia

Para saber más Testigo de la transformación

Subiendo a lo más alto de la Catedral Basílica Metropolitana durante 25 años, Rubén González ha sido testigo de la transformación del Parque de Bolívar, en pleno centro de Medellín.

Vio cómo se fueron extinguiendo los cines El Cid, Odeón, Lido y Radio City. La proliferación paulatina de parqueaderos en los alrededores y la manera en que la inseguridad, según él, se ha ido controlando.

“Aquí a veces le tocaba a uno ver cómo atracaban a las personas en el parque. Era una impotencia tremenda, porque yo desde aquí arriba no podía hacer nada”, comenta el relojero.

Para llegar a lo más alto de la iglesia, tras subir los cinco pisos en el ascensor secreto, se debe ascender por 262 escalas, pasando por el campanario y unos escalones en forma de caracol (ver la foto inferior).

Egresado de la U.P.B. Periodista del Área de Investigaciones, especializado en temas de seguridad, crimen organizado y delincuencia local y transnacional.


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