El fin de los tiempos, de M. Night Shyamalan

Ensayo de apocalipsis

Por: Oswaldo Osorio


El director de El sexto sentido vuelve con una historia con características similares a las de sus otros filmes, aunque sin el mismo impacto y efectismo, y esto es lo que muchos no le perdonan. Gracias a su gran sentido para el suspenso y su habilidad para contar historias, se le ha llamado el nuevo Hitchcock y el nuevo Spielberg, juntos, lo cual no es nada desdeñable si se tiene en cuenta que esta última es apenas su séptima película. Se trata de una cinta con muchas de las cualidades que han definido su obra, aunque menos vistosa y contundente. Aún así, es una pieza más de una de las carreras más interesantes del Hollywood reciente.

Sus historias son protagonizadas por seres comunes y corrientes y generalmente nobles; la presencia de niños y/o la inocencia, al tiempo que aumenta la tensión, suele ser la fuente de la solución del conflicto; además, son relatos cruzados por un gran misterio, en el cual se basa buena parte de la intriga y el suspenso; y por último, siempre hay una moraleja de fondo, una idea de tono humanista, a veces con tintes espirituales, que termina dándole el sabor final a lo que parecía un simple thriller de puro entretenimiento. A todas sus películas se les puede aplicar este esquema: Señales, El protegido, la aldea y La dama en el agua.

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A través del universo, de Julie Taymor

Todo lo que necesitas es amor

Por Oswaldo Osorio 

Ésta es una película para los amantes de The Beatles, pero también para quienes se entusiasman por los idealismos y luchas de los años sesenta, así como para los que gustan de un cine colorido, apasionado y estimulante. No se trata tampoco de una obra maestra del lenguaje cinematográfico, de hecho, más bien es una pieza imperfecta en su elaboración, sobre todo en su guión y construcción de los personajes, pues tanto el uno como los otros están condicionados por las letras de la música del cuarteto de Liverpool. Pero es justamente esta música y la época que la produjo, la razón por la que un cinéfilo, más aún si es melómano, debería ver esta cinta.

 

Con esta descripción, por supuesto, se está hablando de un musical, pero uno realmente singular, porque está precedido por un mito casi tan grande y popular como el cine mismo, la banda más famosa de la historia del rock, tan famosa como Jesucristo, como alcanzaron a afirmar ellos mismos en su momento y, de paso, a escandalizar a susceptibles ciudadanos que corrieron a quemar sus discos.

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4 meses, 3 semanas, 2 días, de Cristian Mungiu

Los límites de la imagen

 
Por: Oswaldo Osorio

Nuestra cartelera de cine ciertamente es sensacionalista. Que una película gane el máximo galardón del cine mundial, la Palma de Oro del Festival de Cannes, no es condición suficiente para que llegue a los circuitos de exhibición del país. Esto es posible si, además del premio, es un filme rumano sobe el aborto y tratado de forma dura y casi descarnada. Podría decirse, entonces, que una película con un tema polémico, así como su tratamiento y perteneciente a una cinematografía exótica para nuestro medio, tiene más posibilidades de ser traída, como efectivamente ocurrió con ésta.

 

Esta introducción es más por el resentimiento con que, inevitablemente, se debe ver la caprichosa distribución de cine en Colombia, que por la falta de virtudes de la película  de Cristian Mungiu. Porque se trata sin duda de una cinta con una propuesta importante, sobre todo por la forma como plantea su tema y por lo que dice del contexto en que se desarrolla su historia. Aunque de hecho, no es una película fácil, incluso se puede antojar tediosa hasta para los espectadores cinéfilos. Seguramente el boca a boca, la más eficaz de la formas de promoción de un filme, no la beneficiará mucho.

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Meteoro, de Andy y Larry Wachowski

O el cine infantilizado

Por: Oswaldo Osorio

Hubo un tiempo en que el cine comercial, en Hollywood especialmente, era el que ahora consideramos como el cine clásico. Los grandes estudios y los directores con talento no diferenciaban mucho entre una película comercial y una con altas cualidades cinematográficas, aunque sí distinguían el cine para adultos del que era hecho pensando en los niños. Tal situación, probablemente desde los primeros éxitos de Lucas y Spielberg, ha cambiado radicalmente, y esta nueva película de los hermanos Wachowski es la mejor prueba de ello.

Los mismos realizadores que se atrevieron a darle un giro al cine negro haciendo que lo protagonizara una pareja de lesbianas (Bound, 1996) y que cambiaron el cine de acción reciente con la saga de Matrix, ahora crean un producto, que si bien parece tener esas mismas intenciones de llevar el cine a un nivel inédito en el aspecto visual y cinemático, en su argumento y concepción de fondo es una película que hunde aún más a la industria del cine en un desconcertante proceso de infantilización.

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Sin lugar para los débiles, de Joel Coen

No Country for old men

Toda violencia pasada fue mejor

Por: Oswaldo Osorio

La lista de películas que empiezan con una maleta llena de dinero es larguísima. Pero en las buenas películas, lo que menos importa es esa maleta, pues ésta resulta ser lo que se conoce como Mcguffin, que no es otra cosa que una excusa argumental en función del desarrollo de la historia y los personajes. Los hermanos Coen son expertos en usar este recurso en sus filmes, aunque por su pericia narrativa y el vistosismo de sus imágenes, muchos se quedan apreciando sólo la trama de acción, atentos al Mcguffin, pero lo que subyace en estas historias, aparentemente formalistas, es mucho más profundo y poderoso.

Quienes empezaron como realizadores un poco marginales y con una concepción del cine ciertamente fuera de lo común, ahora resulta que, aún sin cambiar su estilo, son bien recibidos por el gran público y la Academia de Hollywood. Aunque Joel siempre firma como director y Ethan como productor, lo cierto es que lo suyo es una sociedad creativa que ya ajusta una docena de películas y que da cuenta de una concepción del cine como pocos realizadores la tienen en la actualidad.

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El sabor de la noche, de Won-Kar Wai

El Sabor de la noche (My blueberry nightsDe amor, desamor y soledades

Por: Oswaldo Osorio

Esta película es la historia de lo que tarda una mujer en cruzar una calle. No es cualquier calle, por supuesto, es la calle que la separa de la casa de su novio, con quien debe arreglar los problemas que tiene su relación afectiva. Pero si bien la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos, eso no descarta la posibilidad de dar un largo rodeo para llegar al mismo sitio. Y efectivamente, Elizabeth cruza el país para llegar al otro lado de la calle, entre tanto, piensa en lo que va a hacer con su relación y con su vida, pero también experimenta y es testigo de desamores y soledades.

Esta película, además, es un acontecimiento. Tanto como lo puede ser la primera película norteamericana de uno de los más originales y fascinantes autores cinematográficos de nuestro tiempo: el director hongkonés Won-Kar Wai. Esa visita al reino de la industria del cine ha significado en demasiadas ocasiones un bache en la carrera de importantes directores del mundo, pero con Won-Kar Wai esto no ocurrió. Su cine intimista y su narrativa no convencional mantienen el mismo tono y los mismos universos visuales y emocionales, aún con personajes y paisajes norteamericanos.

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