El barrio desde la ventana

Sara Montoya García
Universidad Pontificia Bolivariana

Algunas veces necesitamos que pase alguien por nuestras vidas para recordarnos aquellas memorias que tenemos enmarcadas para siempre, pero que a veces duermen. En esta ocasión quiero agradecer a una de mis estudiantes de El Taller de Prensa Escuela por haberme hecho recordar mi primer barrio, el de toda la vida -o al menos la primera parte de ella, la parte más emocionante e inocente-, a través de su texto Y empaqué mi barrio.

Hace algunos meses atrás pasé en autobús por la que fue mi primera cuadra: la 111, en el barrio Florencia, de Bello. Viví allí durante los primeros diez años de mi vida. Así que ella me vio nacer, llorar, crecer, me entregó mis primeras amistades y las primeras imágenes que llevo de la vida. Mientras el bus bajaba por esa cuadra empinada no pude evitar pensar en todos los momentos que pasé allí. Sentía que el bus iba rodando divertida y lentamente como cuando todos los vecinos extendíamos una bolsa negra desde la parte más alta de la calle hasta la punta de abajo, con agua y jabón y nos deslizábamos repetidas veces hasta que alguno resultaba con dolor de cadera, o un niño caía encima de otro y teníamos que envolver la bolsa para que no fuera una bola de niños, uno encima del otro, con otro y otro, rodando sin cesar.

Aunque el viaje en bus venía desde el Doce de Octubre hasta el barrio Gran Avenida, solo mantengo presente ese instante en el que crucé mi cuadra, o la que era mi cuadra. Algunos decían que era la más empinada de Bello. Asomada por la ventanilla recorrí con la mirada uno a uno los lugares más destacados de ella. En la parte superior, vi la tienda de doña Ángela, la señora de risa eterna, porque cuando algo le causaba gracia, o incluso dolor, reía tanto, y tan fuerte, que las personas tenían que acercarse a ofrecerle agua y decirle “Doña Ángela, tranquila, respire, usted puede”. Y ella agarraba un abanico colorido que tenía siempre encima de un balde de cervezas. Y decía: “Yo creo que me voy a morir de la risa un día de estos. Ventéeme, ventéeme”. La tienda ya no está, y por comentarios que le llegaron a mi abuela, doña Ángela murió de un cáncer de estómago. En el barrio dicen que fue de tanto reírse.

Más abajo, se encontraba la casa de una de mis mejores amigas de la infancia. Carolina, “La Negra”. La casa era la admiración de toda la cuadra: grande, sin grietas, y con un vasto jardín en donde había árboles de naranjas y conejos. Lo interesante es que, aunque el jardín era de la casa de Carolina, toda la cuadra se dedicaba a cuidarlo. Era normal encontrar al vecino de la primera casa podando el jardín, mientras doña Ángela tomaba las regaderas, se limpiaba el sudor, y se ponía a mojar todas las plantas. Cuenta mi mamá que, eso sí, toda la vida la gente se ha peleado por coger las naranjas de ese jardín. A veces el árbol amanecía desnudo, y al otro día, todos se miraban de reojo tratando de adivinar quién fue.

En la mitad de la cuadra, vi la casa del celador. Seguía teniendo en la entrada una silla, la silla en la que él solía sentarse y dormirse cuando estaba cansado de tanto trabajar. Don Aníbal cuidaba todo el barrio, y se recorría todas las cuadras cercanas con su silbato y su boquitoqui de mentiras. Cuando se hacía tarde, lo veíamos desde los balcones, le voleábamos la mano, y le decíamos: “Qué descanse, don Aníbal, hasta mañana”. Y entonces levantaba la ceja y decía: “¿Qué descanse? Si yo soy el celador”. Él se conocía todos los recovecos del barrio, los amoríos, los ñeros, los ricachones, y con todos conversaba y se reía y se inventaba historias de leyendas nocturnas, y de monstruos que cobraban ‘vacunas’. Así lo creía yo. Don Aníbal murió sentado en la silla donde descansaba. Un día no amaneció, y supimos que había tenido un descanso eterno, como se lo merecía.

Y cuando el bus ya estaba a punto de girar, reconocí lo último que esperaba ver.  La casa de las rumberas: Eugenia, Estella, Vicky y la Chiquis. Las más bullosas, las más conflictivas, las que habitaban la casa a la que le retumbaban los vidrios, y la que los vecinos decían que se estaba cayendo, que porque ese ruido alguna vez iba a tumbar las paredes. Me acuerdo que una vez mi abuela les dijo: “El equipo de sonido de ustedes es más grande que la nevera”. Y una vez entré a esa casa y descubrí que no era sarcasmo. Doña Eugenia y doña Estella ya murieron, y Vicky y la Chiquis se fueron a vivir a otro barrio más alto, y parece que siguen siendo conocidas por sus fiestas estrambóticas. Las recuerdo de buena manera porque, aunque eran siempre el motivo de rabietas y conflictos en el barrio, y las que hacían llamar a los policías y luego se quedaban charlando con ellos, siempre que hacían comida, la hacían para toda la cuadra y llevaban los platos puerta a puerta. Nos compartían la música a todos, y también la comida.

Sé que la 111 sigue siendo una cuadra particular. Estoy segura de que se siguen escuchando los coros de la mazamorra, el Q’Hubo, la tierra de capote y musgo, y el medio litro de helado. Solo que con otras voces. Ya hay una señora nueva de la tienda, un nuevo celador, y una nueva familia rumbera, porque pareciera que las cuadras siempre están y lo que cambian son las historias. Y las historias son las que tejen las personalidades de los barrios. Me quedo con el barrio que veo desde la ventana, porque es el que yo recuerdo aunque realmente ya sea uno totalmente distinto.

 

Una comedia en la ciudad

Sofía Pérez Quinchía
Colegio Colombo Británico
Grado Noveno
Talleristas: Paola Cañas y Ana Isabel Giraldo

Este video es un relato sobre la fuerza de los recuerdos, construidos a partir de momentos cotidianos, los cuales consolidan una amistad potente y atemporal.

 

La pasión en la piel Verdolaga

Juan José Mosquera López
Colegio Cooperativo Simón Bolívar
Grado Décimo
Talleristas: Paola Cañas y Ana Isabel Giraldo

De la pasión de un hincha por su equipo hasta las cábalas por una camiseta, Juan José nos cuenta de sus gambetas para ir al estadio a apoyar al verdolaga. 

Pijibá

Amalia Trujillo Zapata
Colegio Colombo Británico
Grado Décimo
Talleristas: Paola Cañas y Ana Isabel Giraldo

El origen del hotel Pijibá en Nuqui desde la perspectiva de su creador y una de sus visitantes.

Trabajo destacado

 

De un recuerdo empolvado al frío de los árboles: llegar al ArvÍ

Ana Sofía Balvin Herrera
ENS de Medellín
Décimo
Talleristas: Lina Argüello, Valeria Trujillo

Una mañana fría toca a la puerta, sin duda ya había llegado el día que estaba esperando con tantas ansias. Al abrir mis ojos y activar mis sentidos pude percibir que había gente corriendo de aquí para allá, ollas pitando, algunas luces prendidas, dos personas discutiendo y un fuerte llamado que provenía de  mi mamá con una voz firme que decía: – Mija, ¡levántese ya! –. Generalmente me disgusta madrugar a menos de que haya algo que me motive, por lo que entonces decidí sentarme en mi espaciosa cama y echar un vistazo a lo que había a mi alrededor, inmediatamente recordé que mi bolso aún se encontraba vacío; pero no me vi preocupada.

Siempre que me levanto muy rápido, experimento mareos que me tiran al piso; por lo que traté de asegurarme que ya me encontraba lo suficientemente despierta para poder levantarme. En esa misma mañana, mientras me encontraba desayunando, rodeada de maletas, volvió a mi mente un nostálgico recuerdo de cuando tenía, al menos, unos siete u ocho años y vivía en Enciso junto con mis dos padres, mis 3 hermanas y mi hermano. En ese entonces, por algún motivo publicaban mapas del parque Arví en los periódicos; yo los recortaba, los pegaba en pedazos de cartón, los guardaba bajo un colchón empolvado e inmediatamente salía corriendo hacia mi padre, quien concentrado en los programas que veía en el televisor, mientras estaba aplastado en su mueble; solo me respondía: “en estos días vamos”, palabras que usaba para posponer planes o nunca hacerlos (como en mi caso), nunca pudo llevarme, pero a veces siento que lo entiendo.

Tras haber pasado la mañana buscando mi sudadera negra y ayudando a empacar fiambres, la mañana fue todo un caos… Las cosas volaban por todas partes, mi perrito Plinky nos ensordecía a punta de ladridos y el estrés aumentó hasta que por fin pudimos organizarnos. Mi hermano Nelson quien suele ser muy puntual y madrugador pasó por mí en un taxi con su suegra Doña Sonia, mi cuñada Cristina y mi sobrino David, me embutí en ese taxi y cogimos rumbo a la estación Hospital del metro, recuerdo haber apretado muy fuerte mi celular y haber bajado el volumen de la música, no sé ustedes, pero a mí me resulta muy fácil sentirme atraída por gente que te encuentras en el Metro; la gente de allá maneja la propia facha. 

Cuando ya llegaron las demás, con tantas maletas que podría suponerse que se quedarían a vivir allá, procedimos a subir al metro, cometimos el error de no haber avanzado mucho, por lo que tuvimos un viaje muy incómodo hasta que llegamos a la estación Acevedo, en esta estación se encuentra el Metrocable que te sube hasta Santo Domingo y de allí debes pagar más para subir la montaña hasta llegar a Arví.

Todos subieron al Metrocable, menos mi hermana Yuliana quien estaba esperando a su novio Daniel, un joven de unos veintitantos años con quien me llevo muy bien, y a su suegra doña Gloria, a quien íbamos a conocer ese día. Como aún no llegaban a la estación, decidí acompañarla a esperarlos mientras el resto subía, pero después de un tiempo ya todo se estaba tornando muy desesperante, tardaron demasiado en llegar, pero llegaron, que es lo importante… Subimos rápido, llegamos a la última estación y nos encontramos con la hermosa sorpresa que la entrada en Metrocable al Parque Arví valía $10.000 por persona.

Claramente esto no fue un problema, pero sí hubo un gran disgusto por la alta tarifa y más teniendo en cuenta que éramos casi 20, ¡tremendo negocio!, recuerdo haberlo advertido al haber visto algo relacionado en algunas publicaciones en Facebook, pero mi familia hizo caso omiso. Las sátiras no faltaron, subimos al Metrocable renegando, pero subimos, a pesar de la tarifa, disfruté mucho el viaje, ver una que otra casa en lo alto, los pequeños cultivos, el camino de árboles que nos rodeaban, con tan solo imaginar la cantidad de especies y de animales que se esconden detrás de todo ese matorral y pantano me generaba pavor.

Cuando pisamos tierra firme nos encontramos con unas silletas que adornaban el lugar, algunos puestos de venta con artesanías y un camino que podría asimilarlo a un túnel de rejas negras que estaban siendo abrazadas por enredaderas las cuales cubrían el camino con sus preciosos colores vivos y complementaban la humedad que yacía allí. 

Sin duda fue un panorama nuevo para mí, aún más cuando al finalizar mi recorrido por aquel túnel de enredaderas me topé con algunos de los hallazgos arqueológicos que se encontraban en la zona como una choza indígena con flores que acompañaban su camino y un fósil humano, ambos me sorprendieron bastante, desde ese momento supe que no solo Arví era un lugar turístico y armonioso por su naturaleza, sino que también era un lugar que estaba muy cargado históricamente. Me quedé al menos unos 5 minutos asimilando el fósil humano puesto que nunca había presenciado uno en mi vida, me hizo imaginar cómo pudo haber sido la forma de vida en aquel entonces, cuando solo eran ellos y el frío que acechaba el bosque. Nos situamos en la zona de comidas para comer la media mañana, pero como buen colombiano que se respete no íbamos a comprar comida para 20 personas ¡Qué tal! Por eso mi mamá, Margarita, y mi hermana, Marcela, antes de irnos prepararon sánduches de jamón, queso, jalapeño dulce y piña, los cuales estuvieron deliciosos, estar con toda mi familia mientras nos servíamos, comíamos y disfrutábamos fue el inicio de toda una aventura que nunca olvidaré.

Después de terminar de comer, nos levantamos y comenzamos a caminar hasta que llegamos a una calle y ahí fue cuando me dije, en medio de mi ignorancia, “¿Será que  el Parque Arví era solo eso”, pues no; o al menos esa fue la respuesta que obtuve cuando tuvimos que caminar alrededor de media hora por una carretera en subida, que, podría decirse, era algo peligrosa por los buses que pasaban muy cerca a nosotros. Nunca había tenido una caminata tan larga y, más aún, cuando llevaba una olla a presión en mi maleta y dos o tres litros de gaseosa.

Tras una larga caminata llegamos a un lugar que transmitía un ambiente bastante familiar, de convivencia y de buen gozo, este lugar contaba con una quebradita que atravesaba el lugar, muchas familias situadas en espacios que contenían comedores y un olor a sancocho en leña que me hizo agua la boca.

Cruzamos un puentecito de madera donde muchas personas se estaban tomando fotos, buscamos un lugar seco e hicimos nuestro montaje con sábanas y sombrillas por el solazo que hacía.

Mis hermanos habían llevado semillas para sembrar allí, con mis sobrinos buscamos un lugar espacioso, y no tan húmedo, para sembrarlas con la expectativa de que si algún día, dentro de muchos años, cuando volviéramos allí al ver aquellos árboles, sabríamos que aquel día quedaron sembrados para siempre.

Pasamos al menos una hora mecateando y chismoseando, el ambiente era muy bueno y yo me la pasé tomándome fotos y algunas me las tomé con mi hermana Yuliana, luego tras una larga espera destapamos los fiambres, de tan solo recordar lo ricos que estaban, me hace desearlos.

La posible idea de que venía la lluvia nos conturbaba, debido a la poca disponibilidad de lugares para escampar, en caso de que pasara, pero menos mal esto no ocurrió (o al menos no en ese momento), mi hermano Nelson, quien tiende a ser muy inquieto, se perdió por unos minutos, lo cual fue preocupante, pero maravillosamente este volvió, y ahora con mejores noticias. Más arriba del lugar donde nos habíamos situado había mucho más para recorrer, de hecho, los charcos eran mucho más grandes, había rocas grandes que interferían con la circulación del agua, más puentes de madera que atravesaban el arroyo y personas que se tiraban desde una roca gigante para saltar desde ahí a las partes más profundas. Luego de caminar un poco más por ese sector y tomarnos algunas fotos encontramos un pasto seco que estaba al frente de la carretera por donde pasaban los buses, extendimos nuestras sábanas y nos parchamos ahí confiándonos en que, si llovía, ya no sería tan complicado puesto que los buses pasaban por ahí.

Tal vez nos confiamos demasiado, o tal vez el clima en Medellín suele ser muy cambiante como pan de cada día, y sin que lo esperáramos las gotas comenzaron a derramarse sobre nosotros, y lo que hasta ese momento fue pura felicidad se convirtió en angustia y desesperación. Inmediatamente recogimos nuestras cosas, sacamos por ahí las 10 sombrillas que teníamos y corrimos hacia la carretera para parar los buses, pasaron varios minutos; podría decirse que una hora, pero ninguno de los buses que pasaban pararon.

Con la ropa húmeda y los zapatos encharcados nos resignamos a que ningún bus iba a parar porque pasaban llenos, por lo que decidimos devolvernos hasta el Metrocable, debido a que ya habíamos recargado las cívicas con los pasajes para todos. Entonces así fue, después de cierto tiempo ya la lluvia, los charcos y el pantano dejó de molestarnos, volvimos a pasar por el lugar donde nos ubicamos inicialmente, pasamos por caminos lisos y rocosos, nos sumergimos en la humedad del bosque hasta llegar a la carretera donde nuevamente tuvimos que volver a pasar. Por lo general uno siente el viaje de llegada más largo que el de ida, por eso mientras bajaba el camino con mis auriculares puestos y mis medias emparamadas, no sentí casi la caminada.

Finalmente llegamos al lugar de arranque, donde todo había iniciado, llegamos derrotados, pero con la frente en alto y las ganas de dormir que nos gritaban en el oído. Y en un abrir y cerrar de ojos, ya estábamos en Santo Domingo. Por ser hora pico y por el desaliento decidimos ir en taxi de Santo Domingo hasta Villa Hermosa, que es donde vivimos, nos despedimos de Daniel y Doña Gloria, quienes continuaron su transcurso en el Metro hasta Robledo. Nos dividimos en los taxis, me fui con mi Mamá, Yuliana, Marcela y mi sobrino Emmanuel, tomamos una ruta que yo no conocía en absoluto, nos fuimos por encima, ese taxi se metió por unos caminos todos raros y resultamos bajando de Manrique a Villa Hermosa, llegamos más rápido de lo esperado. Finalmente, estábamos en nuestra casa, nos quitamos la ropa, la echamos en la lavadora y nos dimos un duchazo con agua caliente. Me puse mi pijama, me recosté y comencé a ver Reels en Instagram hasta quedarme dormida; no hay nada como estar en la propia casa después de una travesía como esa. 

El valor del parque Arví no está solo en su carga histórica, las zonas verdes y los diversos espacios que hay para disfrutar en familia, sino también en lo que puedes hacer en él. Algunos días después me di cuenta de que existen actividades y guías turísticas para realizar en el lugar, lo cual me pareció chévere. Sin embargo, el compartir con tu familia, hacer tus propios planes, tu comida y tu propia aventura es lo que realmente te deja huella y lo que le pone sazón al viaje; como la vez que conocí el Arví por primera vez…